El próximo 3 de septiembre se estrena en los cines nacionales El Deshielo, la nueva película de la directora Manuela Martelli. Ambientada en el Chile de principios de la década de 1990, esta producción de suspenso invita a mirar los fantasmas de una época de cambios políticos y sociales. Una de sus figuras más destacadas es la experimentada actriz y exministra Paulina Urrutia, quien regresa a la gran pantalla con un rol secundario que remueve la memoria colectiva del país.
Urrutia, quien enfrentó un complejo diagnóstico de cáncer durante el proceso de este filme, describe el gran honor que significó participar en este proyecto. Aunque recalca que el protagonismo recae en los actores más jóvenes, su personaje dota de una inmensa profundidad ética a una historia que analiza los cimientos de la postdictadura chilena.
El cine como espejo de los silencios familiares
La trama de El Deshielo rescata un hito simbólico de la época: el traslado de un iceberg a la Exposición Universal de Sevilla de 1992. No obstante, la cinta utiliza este elemento histórico para indagar en dinámicas mucho más profundas. Según explica Urrutia en Palabras Sacan Palabras, la película es una obra de autor orientada a revelar «los pactos de silencio sobre los cuales se escribió y se realizó la transición en nuestro país».
En esta ficción, la actriz interpreta a un personaje que encarna precisamente esa complicidad pasiva de la sociedad civil de aquellos años. Respecto a las características de su papel, Urrutia detalla con precisión: «Soy la abuela de la protagonista y soy parte de un pacto de silencio familiar, una abuela que quiere mantener todo como está, como tranquilo, el negocio, las cosas que no se muevan mucho, quiere que calladito, calladita, más bonita, porque somos parte, somos cómplices de aquello que ocurrió». De este modo, la película expone cómo muchas familias chilenas prefirieron callar y resguardar la aparente normalidad.
La crítica generacional y el estancamiento político
La actriz reflexiona sobre el peso de pertenecer a la generación que votó «No» en el plebiscito de 1988 y que posteriormente ayudó a levantar la primera institucionalidad cultural en democracia. A pesar del optimismo inicial de los años 90, hoy observa una profunda deuda en el sistema político actual. Urrutia es especialmente crítica con la alternancia repetitiva de mandatarios en el poder durante décadas. Para la exministra, la constante repetición de los gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera representó «un error político de proporciones».
Este estancamiento generacional impidió que los nuevos liderazgos asumieran responsabilidades de manera gradual. En consecuencia, el país enfrenta hoy un escenario de alta fragilidad política. Asimismo, la actriz vincula este panorama con el dolor que provoca la falta de resolución en materia de derechos humanos. Tras participar en un comité por la conmemoración de Orlando Letelier, se cuestiona con pesar: «¿cuán pocas cosas logramos en términos de verdad y justicia, pero que son luces para lo que todos esperábamos que pudiera ocurrir con tantos detenidos, desaparecidos, ajusticiados y todo lo que ocurrió en dictadura?».
El desamparo social y el abandono de las artes
La crítica de Paulina Urrutia no se limita a las deudas del pasado. También analiza con severidad el presente de la gestión cultural en Chile. Frente al recorte del 9% en el presupuesto del sector, advierte sobre las inmediatas consecuencias que traerá la falta de incentivos estatales. Según sus palabras, reducir los fondos para el arte, la ciencia y las humanidades provocará «un deterioro que vamos a ver en muy poco tiempo».
Adicionalmente, la exministra lamenta que la ciudadanía no valore el verdadero impacto colectivo de las políticas culturales. Urrutia señala que la desconexión del ministerio ha permitido que se instalen discursos simplistas en la opinión pública. En este sentido, denuncia que hoy en día «la gente tiene la tupe para poder decir: ‘Oye, no, el ministerio de la cultura lo único que es plata para que los artistas hagan lo que quieran'».
Superar el miedo para reconstruir el diálogo
Finalmente, la intérprete diagnostica un estado de parálisis colectiva provocado por la delincuencia, el desempleo y la crisis de seguridad. Esta falta de certezas ha sumergido a la población en una preocupante inacción. Ante esta alarmante realidad, la actriz sentencia con preocupación: «Estamos aturdidos, yo creo, estamos asustados y eso es lo peor que nos puede pasar».
Para Urrutia, el estreno de El Deshielo es una invitación a descongelar esos temores y asumir la responsabilidad histórica de edificar un futuro con mayor verdad. Ella concluye que el arte es la única herramienta capaz de brindarnos un espacio de diálogo profundo para sanar las heridas y reconocernos de forma colectiva.
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