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Por Equipo Futuro.cl
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Por Francisca Pino Poblete. Auditora, melómana y entusiasta de la música chilena. Hincha de Deportes Temuco. Psicóloga comunitaria de profesión.
Asia Menor nació en Temuco el año 2018, bajo el nombre de Enola Gay. En 2023 lanzaron su álbum debut, homónimo a esa primera etapa. Rápidamente transformado en uno de los debuts más comentados del rock alternativo reciente.
La banda, Jorge Scheuermann en voz y guitarra, Diego Seguel en guitarra, Aníbal Vergara en bajo y Cristóbal Mora en batería, construyó desde el inicio un sonido técnico bajo un prisma noise rock, art punk, hecho de deconstrucción y de ensamblaje entre canciones propias y ajenas.
De «Enola Gay» a «Vaho»: La consagración de una banda fundamental de la Nueva Escena del rock chileno
Tres años después llega Vaho, su segundo álbum de estudio, publicado en septiembre de 2026 bajo el sello Fisura. Víctor Muñoz en la grabación y mezcla y Chalo González en la masterización. Con eso, la dupla detrás del debut vuelve a encargarse de la ingeniería. En el caso de la composición, esta vez fue distinto. La banda lo ha descrito como menos racional y más intuitivo, apoyado en la improvisación, la asociación libre y el collage. El resultado es un disco donde predominan la transformación, la incertidumbre y una búsqueda que nunca termina de cerrarse.
Es un disco pesado, y no de manera prolija: hay tramos donde la niebla se pone tan espesa que cuesta seguir el contorno de las canciones. Escucharlo una sola vez, de pasada, no alcanza. Hay que dejarlo actuar como actúa la niebla: quedarse adentro un rato, incómoda, hasta que empieza a tener sentido.
Hay un poema de Jorge Teillier, Muerte y Resurrección, que se me vino a la mente cuando hice el esfuerzo de reseñar el álbum. Un pueblo que le debe algo al mar. Que vuelve una y otra vez al principio solo el frío. Solo el chillido de un pájaro, solo las olas contra un esqueleto en el roquerío para después resucitar con la misma lluvia de siempre.
Vaho tiene ese mismo pulso cíclico, no solo en las imágenes que evoca sino en su propio método: un disco armado a partir de retazos, de piezas que se deconstruyen y se vuelven a armar distintas.
«Vaho»: Lo nuevo de Asia Menor canción por canción
“Lo bueno que tiene, lo malo que ignoro” abre el álbum con una energía nerviosa, guitarras que se acumulan y una estructura que cambia de dirección varias veces antes de asentarse. Funciona como una declaración de principios: este disco no va a quedarse quieto.
“Seis lagunas” profundiza el costado math rock de la banda, con cambios rítmicos abruptos y una letra esquiva que parece hablar de un reencuentro pasado sin nombrarlo del todo. Es de las piezas más difíciles de fijar del álbum, y también de las que más recompensan volver a escuchar.
“Metal” baja la intensidad sin bajar la tensión: un sintetizador de aire onírico sostiene la canción hasta que la voz de Scheuermann se quiebra hacia el final, como si el disco necesitara ese respiro antes de seguir cargando peso.
“Cartas” usa un reconocible sample de un videojuego de estrategia (Age of Empires II) como base rítmica. Desde ahí, construye una canción con influencias de post-rock y post-punk que no deja de cambiar de forma hasta encontrar su propio caos.
“Luego, también” es la más contenida del tramo medio, cargada de acordes inciertos y fragmentos de diálogo difíciles de situar. Tiene un aire enigmático que contrasta con lo directo de las canciones que la rodean.
“Vi al diablo”, el único adelanto promocional del álbum, fue de las primeras canciones que escuché de este disco, en una tocata en Temuco antes de que saliera publicado. Entre el sintetizador que arma Diego y la letra de Jorge encuentro ahí una imagen muy concreta: la de observar el propio cuerpo desde afuera, como espectadora de una misma.
“Mehuín” trae al frente la voz de Diego Seguel, algo poco habitual dentro del disco, narrando un paisaje costero de la Araucanía con una intensidad casi ritual. Es una de las piezas más evocadoras del álbum. Narval Orquesta suma cuerdas y vientos que terminan de construir esa atmósfera de mar y niebla que atraviesa todo Vaho.
“Calor” cierra el disco con casi doce minutos, la pieza más ambiciosa de la placa: guitarras que se repiten, el bajo de Aníbal Vergara trazando el rumbo, y de nuevo Narval Orquesta empujando el tramo final hacia algo casi orquestal.
Escuchar este disco no fue solo escuchar uno más: fue reconocer un territorio que también es mío.
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