Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, una fecha orientada a concientizar y reducir el estigma sobre la salud mental. En Chile, el suicidio representa la primera causa de muerte violenta desde 2018. No obstante, las estadísticas muestran una leve disminución comparada con la década anterior.
Sobre este panorama, la psicóloga y coautora del libro Prevenir el suicidio: Por qué hablar salva vidas, Daniela Ibacache, señala en Palabra Que Es Noticia: «Mirando transversalmente, la verdad es que la tasa de suicidio en el país ha disminuido un poco en relación a lo que teníamos hace 10 años atrás. Por lo tanto, es efectivamente una buena noticia. Hay harto trabajo detrás, pero estamos lejos de poder cantar victoria».
Por otra parte, los eventos han adquirido mayor notoriedad debido a su presencia en lugares altamente concurridos. En consecuencia, el fenómeno se ha vuelto imposible de ignorar en la esfera pública.
Ibacache explica este fenómeno con claridad: «Se ha producido un fenómeno bien interesante de pensar, que tiene que ver con que los suicidios han invadido el espacio público. Antes era una cosa muy oculta, muy dentro de cuatro paredes, nadie decía nada y ahora hemos visto muchos más suicidios en espacios que son visibles para todo el mundo, como el Costanera, como el Metro, como las escuelas. Entonces es un tema que ya no podemos ignorar».
Un cambio de mirada respecto al sufrimiento humano
A raíz de esta visibilidad, la sociedad se ha visto obligada a enfrentar la realidad del dolor psicológico sin evasivas. Por esta razón, el debate público ha comenzado a abrirse progresivamente.
La especialista reflexiona sobre este cambio cultural: «Las personas que sufren nos han puesto el suicidio delante de la cara y ya no podemos hacernos los lesos. En ese sentido se ha abierto una conversación que todavía le queda mucho por avanzar en términos de prevención, pero al menos el tema ya está puesto acá».
Asimismo, la profesional enfatiza la urgencia de normalizar el uso de la palabra para prevenir a largo plazo: «Ya hablamos mucho más, podemos decir la palabra, aunque en ciertos espacios todavía cuando llegamos a trabajar y decimos suicidio, la gente se espanta, como si hubiéramos dicho una mala palabra. Un poco el objetivo del libro tiene que ver con eso, con poder abrir la conversación, naturalizar, porque es lo que nos va a ayudar a prevenir a largo plazo».
Grupos etarios y la población de mayor riesgo
Existe la creencia común de que los adultos mayores o los jóvenes encabezan las cifras de muertes por suicidio. Sin embargo, la evidencia científica reciente muestra un perfil distinto en los casos consumados.
Al respecto, la psicóloga precisa los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS): «Lo que observábamos hace algunos años atrás es que los adultos mayores eran una población que tenía una muy alta tasa de suicidio. Sin embargo, lo que vimos en los últimos estudios oficiales de la OMS es que el grupo que tiene mayor tasa de suicidio es la población entre 45 y 59 años».
En relación con los adolescentes, Ibacache diferencia la ideación del acto consumado: «Los adolescentes tienen más conducta suicida, no necesariamente más suicidio consumado. Y eso lo hemos visto en la clínica también, no solo en los estudios. Pero sin duda que cuando se suicida un adolescente o un niño tiene un impacto que es doble. Están empezando su historia vital. Un nivel de sufrimiento tan alto que los lleva al suicidio es doblemente preocupante. Sin duda que los adultos tenemos una responsabilidad mucho más importante en el bienestar de los niños, niñas y adolescentes».
Por qué hablar sobre el suicidio ayuda a salvar vidas
Históricamente, la muerte por mano propia ha sido tratada como un doble tabú cultural. En consecuencia, quienes padecen un dolor profundo suelen aislarse en el silencio.
Frente a esta barrera, la autora explica la importancia de conversar abiertamente: «Hablar salva vidas porque como la muerte es un tabú en la mayoría de las culturas y el suicidio es doblemente tabú en términos de que es alguien que voluntariamente elige ‘morir’, entonces se habla poco de suicidio y las personas tienen que llevar su sufrimiento en silencio, en secreto».
Por lo tanto, la palabra se transforma en una herramienta terapéutica directa: «Cuando nosotros abrimos la conversación respecto del suicidio, lo que sucede es que las personas encuentran un espacio donde poder hablar de su sufrimiento y eso genera de por sí alivio, pero además abre la puerta para recibir ayuda. Hablar acerca de suicidio, de las señales de alerta, de las herramientas para pedir ayuda es algo que sin duda ayuda a salvar vidas».
Desmitificando los prejuicios sobre la conducta suicida
Por mucho tiempo han circulado falsas creencias sobre el tema. Entre ellas destaca la idea errónea de que hablar sobre el suicidio incita a cometerlo o que constituye una manipulación.
La profesional desmiente categóricamente esta hipótesis: «Si hablamos de suicidio, al contrario de lo que se cree, no vamos a poner la idea en la mente. No tenemos tanto poder sobre los demás, pero además genera alivio, abre esa puerta para conversar».
Del mismo modo, aclara el significado real de las señales de alerta: «Hablamos de llamar la atención como que fuera algo negativo, pero en verdad los seres humanos necesitamos la atención de otros para poder sobrevivir. Somos seres ultrasociales, solo que en ese sentido de llamar la atención como una suerte de manipulación es absolutamente incorrecto. Las personas no quieren morir, quieren dejar de sufrir y para eso necesitan ayuda. Por eso es que dan ciertas señales como una suerte de última esperanza de que alguien pueda venir a acompañarlos en su dolor».
Los mitos sobre la genética y el juicio moral
Por un lado, se suele asumir falsamente que el suicidio se transmite de manera hereditaria. Por otro lado, existe la tendencia a calificar el acto desde un prisma moral.
En cuanto a la genética, Ibacache sostiene: «No existe el gen del suicidio, no se hereda. Lo que podemos heredar es la vulnerabilidad para poder desarrollar alguna condición de salud mental, pero eso también es en un porcentaje muy bajo. Lo que sucede es que hay familias que tienen historias de suicidio y como es un tabú, como implica sufrimiento para el resto, eso aumenta la probabilidad de los sobrevivientes de hacer un intento de suicidio, pero no es que se herede, sino que es la historia familiar y cómo llevamos este tipo de situaciones lo que nos hace más vulnerables a eso».
Asimismo, aborda la relación con los diagnósticos psiquiátricos: «Hay diagnósticos que están más asociados con la frecuencia de conducta suicida. No todas las personas que tienen un diagnóstico de salud mental presentan conducta suicida, así como no todas las personas que presentan conducta suicida tienen un diagnóstico de salud mental».
Finalmente, sobre el juzgamiento moral entre cobardía o valentía, sentencia: «Lo que nosotros creemos y lo que la literatura dice es que en verdad las personas no quieren morir. Lo que pasa es que sufren tan intensamente que ya vivir se vuelve insoportable. Eso es lo primero que hay que entender. En esos términos, la discusión moral de si el suicidio es de valientes, es de cobardes, si es una decisión libre o no, es una discusión que no tiene mucho sentido, porque cuando uno entiende que el sufrimiento es una experiencia humana profunda que inunda todas las esferas de la vida, uno comprende que esas categorías son peligrosas. La persona que está con conducta suicida solo quiere dejar de sufrir. Y cuando a ti te tratan de cobarde, menos vas a pedir ayuda».
Cómo abordar el tema en la familia y solicitar ayuda
Para los padres, abordar este tema con sus hijos suele ser motivo de angustia e incertidumbre. No obstante, la recomendación experta es hablar siempre con transparencia, ajustando el lenguaje a la edad.
La especialista aconseja al entorno familiar: «Siempre hay que hablar de suicidio. Lo que pasa es que cómo lo vas a hacer va a depender de la edad que tengan los hijos. Yo le puedo decir a un niño pequeño que a veces las personas están tan tristes que ya no quieren seguir viviendo, y que cuando eso pasa hay que pedir ayuda. La clave es primero no temerle al tema, porque los niños igual ven lo que pasa en el colegio, en las noticias, lo que se dice en redes sociales. Hay que poner el tema sobre la mesa. Y lo segundo es que hay que promover que cuando uno se siente mal y se siente agobiado, hay que pedir ayuda».
Además, la prevención es una responsabilidad colectiva que cuenta con canales institucionales de apoyo. Por esta razón, el Ministerio de Salud dispone de una línea telefónica gratuita y confidencial de orientación.
Al respecto, Daniela Ibacache destaca en Palabra Que Es Noticia: «Todos tenemos una misión en relación a prevenir el suicidio, a contribuir a que alguien pueda quedarse en este mundo. El avance más significativo en términos de prevención para el país es precisamente la línea de prevención del suicidio, que es el *4141. Es una línea segura, confidencial, atiende 24/7, colegas que están preparados para esto y hacen la primera acogida».
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