La cultura de los conciertos ha cambiado de forma radical en las últimas tres décadas. Quienes asistieron a espectáculos en vivo en los años 90 recuerdan una experiencia física, apasionada y peligrosa. En contraste, los eventos actuales del año 2026 destacan por la hiperconectividad, las vallas VIP y la monetización absoluta. El crítico de música Marcelo Contreras analiza esta profunda metamorfosis en su columna de Palabras Sacan Palabras. Su diagnóstico revela cómo la industria y el público han redefinido las reglas del juego.
Del salvajismo de los noventa al control absoluto
Durante los años 90, ir a un concierto en Chile se definía por la crudeza y la falta de seguridad. Marcelo Contreras recuerda esta compleja época y marca la diferencia con el comportamiento controlado de hoy en día: «Pasar de esta asistencia chilena que era conocida en el extranjero tristemente por agredir a escupitajos los artistas a ver cómo eran los conciertos antiguamente era una experiencia dura, entre las pocas restricciones que habían en los propios conciertos para la seguridad de los espectadores y el propio comportamiento del público que era bien salvaje. Es una diferencia lo que tú ves hoy en día. Es bastante más controlado.»
Por consiguiente, tragedias del pasado como colapsos estructurales o avalanchas son hoy casi inexistentes. Sin embargo, este control de seguridad coincide con un cambio desfavorable en la conducta colectiva de la audiencia.
El público como protagonista y la agresión de las pantallas
La irrupción de teléfonos inteligentes y redes sociales alteró la atención del público. En consecuencia, la gente ya no asiste únicamente a contemplar el escenario. Contreras detectó este quiebre de paradigma en un festival de música como Fauna Primavera: «Yo me acuerdo que ese fue el primer festival que me di cuenta que ya el público no iba precisamente a ver a los artistas, sino que iban a conversar y a ser ellos protagonistas del evento.»
Este afán de figurar genera una barrera de pantallas encendidas que interrumpe la visión general. Para el crítico musical, esta costumbre representa una agresión a la experiencia de todos. Al respecto, Contreras es tajante: «Yo la verdad que creo que la onda de grabar en los conciertos es una agresión tremenda. A mí me agrede, a mí me jode, de hecho, me carga.»
Además, agrega cómo la obsesión del registro constante arruina la visual común: «Pedirle a la gente que no se subiera a la silla porque hay mucha gente que no se puede subir a la silla y no te permiten ver. Y después qué decir cuando vino todo ya la época de la selfie, donde ya todos somos camarógrafos, todos somos editores, todos somos protagonistas del concierto.»
La privatización de la experiencia: De la cancha única al VIP
Otro cambio sustancial es la segmentación de la audiencia y el alza de precios. En los 90, estar frente al escenario dependía del esfuerzo individual. Hoy, la cercanía se compra como un costoso producto de lujo exclusivo.
Contreras compara las realidades económicas de ambas épocas usando ejemplos chilenos icónicos: «Si analizamos en términos numéricos de cómo ha sido la el alza de las entradas de los años 90… yo me estaba acordando recién, cuando vinieron los Rolling Stones, me acuerdo haber pagado una entrada 10 lucas. Eso costaba.»
El contraste se vuelve evidente con la visita de Michael Jackson: «En el caso nuestro chileno para ver a Michael Jackson en el 93, las entradas de 7,000 a 35,000 pesos. Si tú actualizas este dinero más o menos por el IPC a través del INE, equivale a una franja cercana a los 28,000 y 140,000 pesos. Hoy día sería imposible ver a Michael por 28,000 pesos. Descartado totalmente.»
Por lo tanto, la industria ha monetizado la exclusividad y la comodidad de manera implacable: «Básicamente hoy en día tú pagas por estar en estos lugar, localidades VIP. Tú puedes acceder hoy en día a la cancha VIP, al pit. Puedes ver la prueba de sonido, por ejemplo, sacarte la foto con el artista. Todo eso hoy en día, por supuesto, se ha ido monetizando. Antiguamente no tenías ninguna posibilidad de disfrutar.»
¿Una industria insaciable o una necesidad de los artistas?
Ante el encarecimiento generalizado, surge la duda de si las alzas exorbitantes responden únicamente a la ambición de las productoras. Contreras aclara que los músicos ya no perciben ingresos por venta de discos. Aunque el streaming genera utilidades globales, beneficia a unos pocos.
«Los artistas hoy en día ya no ven la diferencia de los 90, que sí ganaban lucas con la venta de discos. Hoy en día eso ya no sucede. El segmento de artistas que se ve beneficiado por el streaming es mucho menor, muy escaso.»
Por lo tanto, aunque el modelo actual es comprensible comercialmente, Contreras advierte que existen excesos preocupantes: «Todo esto tiene que ver con un ánimo de la industria, de la industria de los espectáculos, que me parece legítimo, pero donde creo que eventualmente se les pasa la mano, de poder conseguir las mayores ganancias posibles dentro de lo que significa el espectáculo de la música en vivo.»
En definitiva, según deja en claro en su columna de Palabras Sacan Palabras, ir a un concierto en el año 2026 ya no representa la comunión colectiva de antaño, sino un espectáculo híper segmentado donde el público compite por registrar su presencia antes que por vivir la música.
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