En un contexto donde la educación básica y media en Chile enfrenta crisis de convivencia, bullying y el desafío de las nuevas tecnologías, surge una alternativa que rompe con el esquema tradicional de control. Mientras el debate público se centra en medidas de seguridad y sanciones, la Fundación Origen propone un camino distinto. Roberto Miranda, director académico de la institución, lidera un proyecto que cumple 35 años basándose en la agroecología y la convivencia humana.
El aprendizaje de la convivencia
Para Miranda, la raíz del problema no reside en la naturaleza de los estudiantes, sino en los hábitos que el entorno les inculca. Al ser consultado en Palabra Que Es Noticia sobre cómo abordan las distintas violencias en el aula, el académico es enfático en que la paz es una conducta que requiere instrucción constante.
«La violencia se aprende; se aprende y se enseña, así como la paz, así como otros hábitos; también como el bullying, el bullying se aprende». Según explica, la estrategia principal consiste en «intensificar las interacciones entre los alumnos, tener una apertura siempre al diálogo con los apoderados, entendiendo que escuela y familia tienen que trabajar juntos para que sus hijos se desarrollen».
Espacios acogedores y puertas abiertas
Una de las características más disruptivas de la Escuela Agroecológica de Pirque y el colegio Virginia Subercaseaux es la infraestructura emocional y física. El modelo de Educación para la Paz comienza con la percepción del entorno escolar, alejándose de la estética carcelaria que a veces prima en establecimientos vulnerables.
Miranda sostiene que «el colegio, la escuela, su espacio tiene que ser un lugar acogedor». Esta filosofía se traduce en acciones concretas que eliminan las barreras físicas entre los estamentos de la comunidad educativa. «Uno de los elementos simbólicos es mantener las puertas abiertas, no solamente la puerta de entrada, sino que todas las puertas: las de los casilleros de los alumnos sin candado, las de la dirección están siempre abiertas, donde el alumno y el apoderado puedan entrar y relacionarse con otros dentro del colegio», detalla el director.
Herramientas para la contención emocional
Más allá de la infraestructura, el currículum de estos establecimientos integra actividades específicas para el desarrollo integral. En lugar de delegar la resolución de conflictos a inspectores, se crean espacios de reflexión grupal donde el estudiante es el protagonista de su propio bienestar.
«Los alumnos de todos los cursos tienen un taller de ecología interior», explica Miranda. En este espacio, guiado por profesores preparados, los jóvenes encuentran «un lugar muy contenedor donde se expresan sus sentimientos, las angustias que están teniendo y el propio grupo los va conteniendo junto con los profesores, los escuchan y ellos van reflexionando en torno a lo que les pasa». Además, cuentan con asignaturas como religiones comparadas para fomentar el respeto por la diversidad cultural y espiritual.
La ritualidad como sello cultural
La formación de una cultura escolar sólida requiere de símbolos y ritos que involucren a toda la comunidad. Uno de los momentos más significativos es la «demarcación del espacio sagrado», donde los alumnos se apropian de su escuela para protegerla simbólicamente.
«Es un rito donde los alumnos recorren toda la escuela e indican en cintas de colores sus buenos deseos para ese espacio», relata Miranda. En este acto, los mismos estudiantes declaran el lugar como «libre de violencia, libre de bullying, libre de maltratos». Esta cultura se refuerza mediante el apadrinamiento, donde alumnos de curso superior reciben a los nuevos integrantes para facilitar su integración.
El diálogo frente a lo punitivo
Ante situaciones de conflicto grave, la Fundación Origen mantiene su postura de no recurrir a la expulsión como primera respuesta. La clave reside en la importancia que se le otorga al individuo y en la persistencia del intercambio verbal.
Miranda cita a la directora ejecutiva Mary Anne Müller al decir que «nadie se resiste al amor». El académico asegura que «cuando surgen estos problemas de tensiones o de violencia, se conversa con ellos hasta agotar el diálogo; y el diálogo técnicamente nunca se agota». Para el director, es fundamental preguntarles a los jóvenes qué esperan de la institución, instalando rápidamente la idea de que los profesores están ahí para «ayudarlos y protegerlos».
Una crítica a las leyes actuales
Finalmente, Roberto Miranda cuestiona las políticas públicas actuales que se enfocan en la sanción, como la Ley de Aula Segura o Escuelas Protegidas. Para él, estas normativas ignoran la complejidad humana del proceso educativo.
«Es una mirada muy reduccionista y técnica para enfrentar un problema como la violencia, que es bastante más complejo que estar expulsando alumnos», critica Miranda. El director concluye que la verdadera transformación no depende del financiamiento, sino de la determinación de quienes educan: «No es una cuestión de lucas, es una cuestión de voluntad y de visión sobre qué es lo que se quiere entregar en términos educativos a las nuevas generaciones».
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