Un 18 de julio de 1995, el reloj del punk rock marcó su hora final. Aquel día, The Ramones publicaba «¡Adiós Amigos!», su decimocuarto y último álbum de estudio.
No era un lanzamiento cualquiera; era la crónica de una despedida anunciada. Era el punto final para una de las maquinarias más influyentes en la historia del rock ‘n’ roll. A más de tres décadas de su llegada a las disquerías, el disco se sostiene como un emocionante y digno canto de cisne.
Sin embargo, detrás de esa energía aparentemente intacta, la realidad interna de la banda distaba mucho de los cuatro delincuentes juveniles que en 1975 se subían al tren F desde Forest Hills rumbo al legendario CBGB.
Un mapa de fracturas internas y herencias
Para la mitad de los noventa, la alineación era un mapa de cicatrices. El baterista original Tommy Ramone ya había dejado su puesto décadas atrás. Eso abrió una puerta por la que pasaron Richie y Elvis. Luego regresó un Marky Ramone para el tramo final. En el bajo, el histórico y caótico Dee Dee Ramone había cedido su lugar al joven C.J. Ramone para intentar una bizarra aventura en el rap. A pesar de su salida física, Dee Dee siguió operando como el principal motor creativo a la distancia. Él enviaba composiciones que usualmente terminaban bajo la voz de C.J.
Pero la grieta más profunda y dolorosa estaba al frente del escenario. El vocalista Joey Ramone y el guitarrista Johnny Ramone compartieron metros de distancia durante dos décadas. Sin embargo, personalmente estaban en galaxias distintas.
Más allá de sus personalidades opuestas (Joey, un espíritu libre y liberal; Johnny, un adicto al trabajo ultraconservador), el quiebre definitivo ocurrió a inicios de los ochenta, cuando Linda, la novia de Joey, lo dejó por Johnny.
Se casaron en 1984 y permanecieron juntos hasta los últimos días del guitarrista. Así, sellaron una ley del hielo interna que duró hasta el final de la banda. Creativa y humanamente, The Ramones grabó su último disco siendo el cascarón de un mito.
El último arsenal de himnos de The Ramones
Pese a que la interna sangraba, el cuarteto se las arregló para empaquetar un puñado de tracks irresistibles. Los fantasmas de Dee Dee se hicieron presentes en misiles como «Makin’ Monsters for My Friends», «The Crusher», «It’s Not for Me to Know» y la lúgubre «Born to Die in Berlin» (donde Joey comparte el micrófono). El disco también supo equilibrar la balanza con la luminosa pero melancólica «Life’s a Gas» y la ganchera «Have a Nice Day». Además, agregó las valiosas e inyecciones de sangre nueva de C.J. en «Scattergun» y «Got a Lot to Say».
El álbum se completó con la crudeza habitual de «Cretin Family» y una vibrante relectura de «I Love You» de Johnny Thunders. También incluyó una gema oculta y psicodélica firmada por Joey: «She Talks to Rainbows». (Incluso el mercado japonés sumó como regalo el cover a «R.A.M.O.N.E.S.», el tributo que Motörhead les había rendido en vida).
El epílogo y la tragedia
Para una fanaticada global que se resistía a aceptar el fin, la gira de Lollapalooza en el verano de 1996 funcionó como un indulto y, finalmente, como un tardío acto de justicia y reconocimiento masivo para una banda que dio todo a cambio de dividendos económicos y personales bastante modestos.
Lo que vino después fue el golpe de gracia de la biología. El destino post-Ramones fue trágico: Joey falleció en 2001 debido a un linfoma; Dee Dee partió un año después por una sobredosis; Johnny perdió su batalla contra el cáncer de próstata en 2004, y Tommy, el último bastión fundador, nos dejó en 2014.
Hoy, con Marky Ramone girando por el mundo custodiando los parches y el legado, ¡Adiós Amigos! se lee en perspectiva como el cierre perfecto para una historia única. No fue un disco perfecto, pero sí un testamento honesto, ruidoso y acelerado. La forma exacta en que los reyes de Queens tenían que decir adiós.
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