El reconocido periodista y escritor chileno Cristián Alarcón regresa a su país natal para presentar Testosterona, una obra que desafía los límites entre la biografía y la investigación. Esta propuesta, que se presentará en el Teatro Nescafé de las Artes del 9 al 11 de julio, no es solo una pieza teatral; es el exorcismo de un trauma infantil. Durante su infancia en la Patagonia argentina, Alarcón fue sometido a un tratamiento hormonal destinado a «corregir» su sensibilidad. Sobre esto, conversó con Andrea Moletto y Álvaro Paci en Palabras Sacan Palabras.
Un trauma silenciado por la crónica
A pesar de ser uno de los cronistas más importantes de América Latina y fundador de la revista Anfibia, Alarcón tardó años en abordar su propia historia. Según relata, su proceso de introspección fue paulatino. “Yo me hice el huevoncito durante mucho tiempo con mi propia historia. Hice 11 performances antes de la mía sobre otros temas con otros protagonistas hasta que mi productora ejecutiva me dijo: ‘¿Che, no es hora de que hagamos algo nuestro?’”.
Esa sugerencia lo enfrentó a un pasado que había intentado procesar sin éxito a través de otros formatos. “Mis editores querían que yo escribiera el libro sobre mi experiencia con la testosterona, pero yo no me atrevía porque es un trauma bastante heavy y difícil de desarmar”, confiesa el autor. En consecuencia, el escenario se convirtió en el espacio necesario para desarticular ese dolor que la página en blanco no permitía.
El engaño médico y la clandestinidad
La historia se remonta a 1977, en plena dictadura argentina. Sus padres, movidos por el pavor social de la época ante la homosexualidad, buscaron una «salida» médica para su hijo. Alarcón recuerda con nitidez la manipulación que sufrió por parte de los profesionales de la salud. “Los médicos me mintieron. Yo creo que a todos los niños que nos lo hacían nos lo mentían. Entonces, ellos me dijeron a mí que yo iba a ser estéril, que tenían que inyectarme estas cosas porque si no no iba a poder ser papá”.
El entorno donde se realizaban estos procedimientos reforzaba la sensación de que algo andaba mal. Alarcón describe las sesiones como encuentros furtivos: “buscaron un médico y en un pueblo perdido… en una sala de primeros auxilios mugrienta a la orilla del río… como algo totalmente clandestino. Y eso yo me daba cuenta de que lo que me estaban haciendo era clandestino, que no estaba bien”. Además, las citas ocurrían en horarios inusuales para evitar testigos. “No era de madrugada y nunca había nadie. Ah, ese eso clandestino que tú dices”, señala sobre la soledad de aquellas consultas.
El efecto paradójico de las inyecciones
A pesar de que el objetivo del tratamiento era moldear una masculinidad hegemónica y «apaciguar» su sensibilidad, el resultado biológico fue totalmente opuesto. El escritor detalla con ironía el efecto que tuvieron en él las dosis de hormonas. “Lo más paradójico del todo es que lo único que a mí me produjo la inyección fue una calentura formidable… yo estaba caliente con todos los obreros de la fábrica de mi papá”.
Esta situación generó una contradicción profunda entre la intención de sus padres y la realidad de su cuerpo. Ante la pregunta de si buscaban tranquilizarlo, Alarcón responde enfáticamente: “querían apaciguarte y me pusieron hecho una fiera”. Sin embargo, más allá de la anécdota, el autor subraya la gravedad ética de estos actos: “es una experiencia de tortura y de abuso… cómo puede a un niño ofrecer el cuerpo pasivo de un niño que no puede defenderse con una mentira orquestada con médicos profesionales”.
El nacimiento del periodismo performático
Para procesar esta vivencia, Alarcón no recurrió a la crónica tradicional, sino que «inventó» un nuevo género. Él define su obra como un híbrido innovador. “Yo diría que es una obra de periodismo performático… descubrí que no es un formato, es un género y diría que es un género híbrido entre el periodismo y el arte”.
En este espacio, la investigación periodística de rigor se mezcla con la expresión corporal y archivos personales. “Es decir, lo que nosotros hacemos hace 10 años es convocar artistas y periodistas que con un tema de investigación se pasan entre 6 meses y un año investigando un tema… en lugar de convertirse en un texto para ser publicado en una web… se convierten en una obra escénica”.
Una realidad persistente en Chile
Aunque su experiencia ocurrió hace décadas, Alarcón advierte que las terapias de conversión, ahora bajo otras formas, siguen vigentes en la región. “Lo que más me asusta de investigarlo ahora en Santiago y en Chile es que esto ocurre hoy en Chile… hoy no es con testosterona, hoy es con exorcismos, con consejerías espirituales en iglesias evangélicas muy conservadoras”.
Estas prácticas actuales, según sus investigaciones, buscan inocular sentimientos de rechazo propio en los jóvenes. “Psicólogos evangélicos que lo que hacen es inocular en los niños ya no testosterona, sino una profunda sensación de asco a lo que sienten. Deben experimentar asco por sus propias identidades”. El autor alerta que esto deriva frecuentemente en situaciones críticas de salud mental, señalando que “la ideación suicida, la idea de querer terminar con tu vida, es lo más común en las víctimas de este tipo de tratamientos”.
Testosterona se presenta como una invitación a reflexionar sobre las imposiciones sociales y la identidad. Como concluye Alarcón: “la obra no es una obra solo sobre el trauma de un niño, sino que es una obra sobre qué hacemos los varones con nuestra masculinidad… señor heterosexual que me está escuchando, venga a verla. También hay para usted”.
