Que los creadores terminen enemistados con sus mayores éxitos comerciales no es una anomalía en la historia de la música popular. En su momento, Kurt Cobain aprendió a repudiar la omnipresencia de «Smells Like Teen Spirit» en Nirvana. Mientras tanto, Robert Plant bromeaba con que le saldría urticaria si se viera obligado a cantar «Stairway to Heaven» cada noche.
Sin embargo, en el caso de Radiohead, el fenómeno en torno a «Creep» no solo generó fastidio. Además, estuvo a punto de disolver al conjunto antes de que pudieran demostrar su verdadera identidad sonora.
Un 19 de septiembre de 1992, el quinteto británico liderado por Thom Yorke se paró frente a las cámaras para rodar el videoclip promocional del tema. No sospechaban que estaban firmando la condena artística que los perseguiría por años. Concebida originalmente como un descarte menor, la banda nunca contempló la pista como su carta de presentación definitiva. Así, se vieron atrapados en una vorágine mediática que chocaba frontalmente con sus pretensiones de vanguardia.
Nacida en la ebriedad y la vergüenza
El origen de la composición distaba mucho de un elaborado manifiesto musical. Yorke escribió la base en 1987, en medio de un estado de embriaguez mientras cursaba estudios en la Universidad de Exeter. La letra fue el reflejo directo de un amor no correspondido hacia una joven a quien solía seguir con torpeza y distancia por la ciudad.
Esa ineptitud social mutó rápidamente en una profunda autohumillación. Se cristalizó en el coro que definió el sentimiento marginal de los noventa: «I’m a creep, I’m a weirdo / What the hell am I doing here? / I don’t belong here».
La anécdota cobró ribetes aún más incómodos con el paso del tiempo. En 1993, el guitarrista Jonny Greenwood relató al Chicago Sun-Times la mortificación que experimentó el cantante. Eso sucedió cuando la mujer que inspiró los versos apareció sorpresivamente en uno de sus primeros conciertos:
«Él quedó profundamente afectado después del show; ella no tenía idea del estatus especial que se le había otorgado en la canción», desclasificó Greenwood.
El sabotaje que se convirtió en estandarte
Incluso dentro de la sala de ensayo, la banda mostraba reticencia hacia la inocencia pop de la progresión de acordes. El emblemático estallido metálico que anticipa cada coro —ese violento «chug-chug» de guitarra distorsionada— no fue diseñado como un gancho comercial. En cambio, fue el intento deliberado de Jonny Greenwood por «estropear» una balada que encontraba demasiado blanda. Paradójicamente, ese arrebato de frustración se convirtió en la marca registrada de la composición.
Pese a que el sencillo vio la luz a fines de septiembre de 1992 como adelanto de su álbum debut Pablo Honey (1993), el despegue estuvo lejos de ser fulgurante:
- Frialdad británica: Debutó con una venta discreta de apenas 6.000 copias en Inglaterra, estancándose en el puesto 78 del ranking local.
- Censura por melancolía: La influyente BBC Radio 1 retiró el tema de su programación inicial tras catalogarlo de “demasiado deprimente” para la audiencia juvenil.
El hastío que casi desintegra a Radiohead
El posterior estallido viral a escala global —impulsado por las radios universitarias estadounidenses y la rotación incesante en MTV— terminó transformándose en una prisión creativa para sus integrantes. Las presiones de los sellos discográficos por exprimir el tema al límite durante las giras internacionales provocaron roces de convivencia insostenibles.
En 1995, en conversación con el Denver Post, Thom Yorke puso en palabras la asfixia que el grupo experimentó en la carretera:
«Era profundamente frustrante que nos juzgaran únicamente por esa canción cuando sentíamos que debíamos seguir adelante. Nos obligaron a promocionarla durante toda la gira, y la verdad es que nos daba asco. Estuvimos a punto de separarnos por eso. Fue una dura lección».
Con el tiempo, Radiohead tomó distancia de la pista, excluyéndola sistemáticamente de sus presentaciones en vivo durante décadas enteras. «Creep» quedó archivada en la memoria colectiva como el himno noventero por excelencia: la pieza que catapultó a la banda a la élite mundial, pero a costa de un trauma que empujó a Thom Yorke a reinventar para siempre el sonido del rock contemporáneo.
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