ENTREVISTAS

Lucho Hernández revela el lado más rockero de Zalo Reyes: «Tenía un estudio propio y admiraba a Queen y Pink Floyd»

El periodista detalla en su nuevo libro la faceta desconocida del ídolo popular, su pasión por el rock y su espíritu independiente.

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A cuatro años del fallecimiento de Boris González Reyes, el periodista y locutor Luis «Lucho» Hernández publicó la biografía Una lágrima y un recuerdo: La biografía de Zalo Reyes, bajo el sello del Colectivo Abejorros. A lo largo de sus 415 páginas, la obra rescata en detalle la vida y trayectoria artística del célebre intérprete de la música popular chilena. Sin embargo, uno de los hallazgos más fascinantes de esta profunda investigación periodística es la apasionada relación que mantenía el artista con el rock and roll y la cultura de la autogestión.

Hernández, quien compartió el mismo vecindario con el músico durante su infancia y juventud, conoció muy de cerca la cotidianidad del ídolo de la canción cebolla. Por esta razón, el autor relata en Palabras Sacan Paanras que su vínculo con el artista siempre estuvo marcado por la fascinación musical y la convivencia comunitaria. «Yo nunca vi a Zalo como un tío. Lo veía como un hermano mayor que te hablaba de música. Que estaba muy pendiente de todo. Y era muy ocurrente», recuerda el periodista sobre aquellos años compartidos. Además, el comunicador afirma categóricamente que su legado trasciende el tiempo en la cultura popular. «Zalo Reyes no solo fue, es un fenómeno social», enfatiza.

Un home studio con espíritu solidario e independiente

Con el avance de la tecnología digital cruzando la barrera del nuevo milenio, el músico decidió construir su propio estudio de grabación en su residencia de Conchalí. De este modo, el intérprete no solo registró sus propias creaciones e ideas musicales. Sino que también abrió las puertas a emergentes talentos locales que no disponían de recursos financieros. En consecuencia, su figura se transformó en un referente de generosidad e independencia para las nuevas generaciones del barrio.

Respecto a esta importante etapa de producción propia, Hernández recuerda con emoción el llamado público que realizaba el cantante a los jóvenes músicos del sector. El comunicador rememora la generosa oferta que el ídolo difundía abiertamente en la comunidad. «Les decía a todos los cabros que sean de Conchalí o de otros lados que quieran grabar, ‘acérquense, yo no les voy a cobrar, les voy a ayudar para que puedan registrar'», señala. De igual manera, esta actitud independiente y libre se reflejaba en su movilidad durante las giras. Adquirió y manejó él mismo un bus acondicionado con literas para sus músicos.

La estrecha conexión de Zalo Reyes con el rock and roll

Aunque el gran público lo asocia habitualmente a la balada romántica y los escenarios populares, la personalidad del cantante compartía la verdadera mística del rock clásico. Durante las décadas de 1970 y 1980, entabló una cercana amistad con destacadas agrupaciones de la escena nacional como Tumulto, Arena Movediza, Banda Metro y Frutos del País. Por lo tanto, el intérprete compartía habitualmente extensas jornadas y conversaciones con los principales referentes del género en Chile.

Al analizar la actitud de vida y la potencia escénica del cantante chileno, el investigador encuentra grandes similitudes con figuras legendarias de la música internacional. De hecho, el propio entorno familiar del artista coincidía plenamente en esta apreciación sobre su convulsionado estilo de vida. Al respecto, el autor del libro comenta: «Tiene mucho de rock and roll. De hecho, su hijo me decía que tiene mucho de Ozzy Osbourne.»

El fanatismo secreto por Queen, Pink Floyd y los grandes estadios

El gusto musical de Zalo Reyes era sumamente amplio y abarcaba las grandes producciones del rock internacional. Durante un célebre encuentro con el reconocido locutor Pirincho Cárcamo, el cantante confesó su entusiasmo por los programas de televisión dedicados al rock progresivo. En aquella oportunidad, el intérprete le manifestó al comunicador su sincera fascinación por las bandas británicas: «Por fin pude ver un video de Pink Floyd en tu programa.»

Asimismo, el artista guardaba ambiciosos sueños conceptuales vinculados a los grandes espectáculos musicales masivos. A finales de los 80, el cantante confiaba en privado sus anhelos de presenciar a las mayores leyendas mundiales en suelo nacional. Según evoca Lucho Hernández en Palabras Sacan Palabras, el artista solía reflexionar apasionadamente sobre sus sueños musicales: «¿Sabes que yo sueño con un Estadio Nacional y Queen cantando Bohemian Rhapsody?». Finalmente, este profundo amor por la música en vivo lo llevó en 1993 a asistir al histórico concierto de Paul McCartney en el Estadio Nacional, consolidando su perfil como un auténtico melómano sin prejuicios.


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