ENTREVISTAS

Nona Fernández y el fuego que no se apaga: «En la revuelta social algo se encendió en la gente y eso es real»

La escritora reflexiona sobre su obra "La dimensión desconocida", la figura del "monstruo arrepentido" y la vigencia del espíritu colectivo tras la revuelta social.

Hector Muñoz Tapia |

Nona Fernandez Psp Web

Nona Fernandez Psp Web

En una profunda conversación con Andrea Moletto y Álvaro Paci en Palabras Sacan Palabras, la destacada escritora y dramaturga chilena, Nona Fernández, abordó las capas de memoria y actualidad que componen su más reciente trabajo teatral. La autora presentó detalles de la obra «La dimensión desconocida», dirigida por Marcelo Leonart, la cual se exhibe en el Centro GAM. Esta pieza, basada en su premiada novela homónima, utiliza la estética de la mítica serie de Rod Serling para narrar uno de los episodios más oscuros de la dictadura chilena.

El Chile de la dimensión desconocida

La obra se sumerge en el imaginario de los años 80, una época donde, según Fernández, la televisión y la realidad nacional se cruzaban de formas siniestras. Para la autora, la referencia a la serie de ciencia ficción no es casual, sino una metáfora de la vida bajo el régimen militar.

Al respecto, la escritora explicó que en aquel tiempo: «nosotros acá en Chile teníamos nuestra propia dimensión desconocida. Teníamos ahí todo parecía una postal de normalidad, pero tú entrabas por una grieta y pasaban las cosas más terribles». Esta «grieta» se materializa en la historia real de Andrés Valenzuela Morales, conocido como «el Papudo», un agente de inteligencia que en 1984 decidió romper el silencio.

Fernández relató sobre este personaje clave: «un agente de inteligencia que trabajaba para la policía secreta de Pinochet, después de 10 años de trabajo, decide que ya no puede más, que se levanta y se acuesta con olor a muerto, que no puede seguir haciendo ese trabajo y decide desertar». El agente buscó a la periodista Mónica González y le confesó directamente: «Yo torturé. Quiero hablarle de desapariciones de personas».

La monstruosidad y su normalización

Uno de los ejes centrales que la obra pone en tensión es la figura del «monstruo» y cómo la sociedad contemporánea procesa la brutalidad. La autora cuestiona la indolencia actual frente a horrores similares.

«¿Hasta qué punto podemos en la actualidad seguir normalizando la monstruosidad? Vivimos un momento histórico en el mundo donde los monstruos están desatadísimos y hemos normalizado la brutalidad», reflexionó Fernández. En este sentido, la obra utiliza un coro de voces para representar al agente, evitando una caracterización única para mantener una distancia crítica con el espectador.

Sobre la naturaleza del mal, la dramaturga planteó una tesis inquietante: «tus acciones son las que te hacen un monstruo, tus decisiones. Si pensamos que todas nosotras contenemos maldad y bondad, porque el ser humano contiene ángeles y demonios, ¿qué es lo que nos transforma en un monstruo cuando nuestras éticas no son claras, cuando dejamos de sentir empatía por el resto?».

El contraste con la lucha armada

La entrevista también transitó hacia la figura de Mauricio Hernández Norambuena, el «Comandante Ramiro», sobre quien Fernández escribió el libro Marciano. Para la autora, existe una diferencia fundamental entre el agente de inteligencia y el exlíder del FPMR.

«Mauricio no es un monstruo. Me encontré con una persona que encarna a ratos un personaje importantísimo que ha filtrado su vida completa, que es el comandante Ramiro», afirmó. Además, destacó el compromiso político de esa generación: «Me parecen interesantísimas de él y de su generación las ganas de poder establecer un proyecto común y de sacrificarse por un proyecto común. Me parece muy marciano ese gesto en la actualidad cuando a lo menos podemos poner un ‘like’ en Instagram diciendo este es mi gran gesto para con la humanidad».

La esperanza en el colectivo

Al analizar el presente político de Chile, Fernández no ocultó su desazón. Calificó el panorama actual como «desesperanzador» y criticó la gestión gubernamental por lo que percibe como una falta de conexión con la ciudadanía.

«Siento que acá no somos ciudadanía, no somos personas, somos como una carta Gantt y hay que arreglar números. En pos de arreglar esos números, todo lo que ocurre con la gente importa absolutamente nada», sentenció la escritora. A pesar de este diagnóstico, Fernández encuentra refugio en la memoria de la movilización social y en el trabajo comunitario.

En sus palabras finales, rescató el espíritu que, a su juicio, permanece latente: «yo siempre pienso en la revuelta social. Me dirán lo que me digan, pero hay algo que se encendió y eso es real. Se disparó para cualquier parte, pero algo se encendió en la ciudadanía, en la gente, ganas de colectivo hubo, ganas de encender, ganas de conversación, ganas de reflexionar».

Para la autora, este «fuego» es lo que permite resistir la inercia política: «A mí me enciende pensar que también tenemos cierta responsabilidad con el día a día. Siempre nos hacen creer que no tenemos nada que ver, que votamos una vez al año y con eso basta, y yo creo que no».

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