Cuando Metallica estreno su primer álbum, un 25 de julio de 1983, el mundo del rock pesado sufrió una sacudida tectónica. Aquel LP no solo dio inicio al debut del legendario grupo, sino que sentó las bases operativas del thrash metal, abriendo el camino para gigantes posteriores como Anthrax, Testament, Sodom e incluso la vertiente más extrema del género.
Hoy, al conmemorar 43 años de su lanzamiento, resulta fascinante mirar hacia atrás y recordar que los futuros líderes absolutos de los Big Four eran apenas unos desconocidos viviendo al día en las salas de ensayo de la Bay Area de San Francisco.
Sin pelo en la lengua: «No hay relleno»
Corría abril de 1983 y el grupo, con su habitual osadía, ya anticipaba lo que se venía. El baterista Lars Ulrich declaró en su momento a la revista Wiplash que ya tenían productor y material seleccionado, soltando sin que se le moviera un pelo:
«Todas las canciones que tenemos poseen calidad para estar en el álbum, no hay relleno». Aunque solía despachar declaraciones grandilocuentes, esta vez la profecía era totalmente certera.
Pero el camino a la gloria no tuvo nada de glamoroso. En sus inicios, Metallica durmió en pisos ajenos y contó cada peso mientras se hospedaban en clubes de mala muerte en Los Ángeles. En una escena dominada por el glam, la propuesta violenta y veloz de la banda chocaba de frente.
Era, además, una formación de personalidades tan dispares como complejas: un timido James Hetfield que apenas miraba al público; un guitarrista megalómano y volcánico llamado Dave Mustaine; un bajista sin mayores ambiciones musicales como Ron McGovney; y un Lars Ulrich que, si bien adolecía de un sentido del ritmo depurado en sus comienzos, desbordaba iniciativa y ambición.
El efecto «Burton», la llegada del genio de las cuatro cuerdas
Buscando un público que de verdad entendiera su propuesta radical, el grupo probó suerte en San Francisco, donde la cultura de chaquetas de cuero con parches de Iron Maiden y Motörhead dominaba la escena. Fue allí donde Hetfield y Ulrich presenciaron un solo salvaje que cambió su historia.
«Oímos un solo salvaje y pensé: ‘No veo ningún guitarra’. Y es que era el bajista el que tocaba… con un pedal wah-wah», recordaría Hetfield. Ese loco del pedal era Cliff Burton, el virtuoso que terminaría por afianzar el sonido de la banda. Para hacerle espacio a Burton, Mustaine no dudó en volcar cerveza sobre las pastillas del bajo de McGovney para provocar su salida, dándole vía libre al nuevo bajista a fines de 1982.
La purga en el camino a Nueva Jersey: Adiós Mustaine, hola Hammett
Con la atención de Johnny Zazula (dueño de una tienda de discos underground que se convirtió en su mecenas tras alucinar con la maqueta Live Metal Up Your Ass), la banda viajó a Nueva Jersey para grabar su primer trabajo profesional.
Aunque el talento compositor de Dave Mustaine había sido clave en temas como «Jump in the Fire» o «The Four Horsemen» (originalmente «The Mechanix»), su alcoholismo agresivo terminó por colmar la paciencia de sus compañeros. La mañana del 11 de abril de 1983, cerca de Chicago, Hetfield y Ulrich lo despertaron para comunicarle su despido sin segunda oportunidad, despachándolo de vuelta a San Francisco en un tortuoso viaje en bus de cuatro días.
Sin perder un segundo, llamaron a Kirk Hammett, un joven guitarrista de la banda Exodus cuyos acelerados licks habían fascinado a Lars y James. Hammett voló de inmediato a Nueva Jersey para sumarse a las filas del grupo y cambiar su vida para siempre.
El nacimiento de un clásico atemporal
Tras un intenso mes de ensayos con Hammett, Metallica ingresó el 10 de mayo a los Music America Studios bajo la tutela del productor Paul Curcio. A pesar de las fricciones creativas con la producción sobre la crudeza del sonido, el 27 de mayo la grabación concluyó.
El listado de temas recuperó la furia de sus demos iniciales, sumando explosiones como «Whiplash», «No Remorse» y la memorable demostración solista de Burton rebautizada como «(Anesthesia) Pulling Teeth».
Ante la negativa de las grandes discográficas de publicar un álbum originalmente titulado «Metal Up Your Ass», Johnny Zazula fundó su propio sello, Megaforce Records, para lanzar el disco bajo el definitivo y desafiante nombre de Kill ‘Em All el 26 de julio de 1983.
Lo demás es historia conocida. A más de cuatro décadas de su irrupción, el debut de Metallica sigue sonando como una ráfaga de distorsión pura, el testimonio imborrable de cuatro jóvenes que estaban dispuestos a devorarse el mundo a pura velocidad.
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