Hoy, 6 de junio, se cumplen exactamente 26 años desde que Alice Cooper decidió dejar de lado las fantasías góticas y los monstruos de ultratumba. Luego, decidió enfrentarnos a un horror mucho más escalofriante: la humanidad misma.
Lanzado en el año 2000, Brutal Planet representó una sacudida sísmica para los seguidores del padrino del shock rock. Tras seis años de silencio discográfico, regresó abrazando un sonido denso, oscuro y profundamente arraigado en el metal industrial.
Curiosamente, este salto al vacío jugó a su favor. Mientras discípulos suyos como Marilyn Manson dominaban las listas, y bandas como Nine Inch Nails y Korn marcaban la pauta de lo siniestro, Alice Cooper supo tomar esos códigos y hacerlos propios. El resultado es, sin lugar a dudas, uno de los discos solistas más sólidos y contundentes de toda su carrera.
La banda sonora del apocalipsis televisado
Lejos de los excesos teatrales al estilo Broadway o las películas de terror clase Z, la imaginería de Brutal Planet se nutre del pesimismo futurista de Mad Max. De manera más perturbadora, se nutre de las crudas imágenes de los noticieros de CNN. Aquí no hay sutilezas. El horror es real.
Gran parte del mérito de este renacimiento sónico recae en el productor Bob Marlette. Como coautor y arquitecto detrás de la consola, Marlette dotó al álbum de un sonido limpio, pero asfixiante e intenso. Así, elaboró murallas de guitarras que respaldan a un Alice Cooper cantando con una convicción y sobriedad abrumadoras. Como el propio artista ha declarado, a lo único que le teme es a la realidad y al demonio. En este LP, ambos miedos colisionan de manera magistral.
Un viaje sin pausas hacia la decadencia humana
El recorrido a través de Brutal Planet es un descenso directo hacia los rincones más oscuros de la sociedad moderna. Además, evidencia un mundo en el que todas las instituciones han fracasado. El álbum abre fuego con el tema homónimo, avanzando con la pesadez de un tanque militar sobre un paisaje bíblico corrompido. Esto ayuda a establecer el tono aplastante que dominará la obra. A partir de ahí, Cooper escarba sin piedad en la psique fracturada del ser humano con cortes como «Wicked Young Man». Es una inmersión retorcida en la mente de un tirador masivo impulsado por el supremacismo. También está «Sanctuary», que funciona como el refugio desesperado de una clase trabajadora ahogada por una rutina zombi y alienante.
A medida que el disco avanza, la crudeza lírica alcanza niveles escalofriantes al exponer la indolencia global. Mientras «Eat Some More» y «Blow Me A Kiss» critican ferozmente la gula de los poderosos ante la hambruna mundial y el odio nacido de nuestras diferencias, «Pick Up the Bones» se alza como posiblemente la composición más perturbadora en la historia de Cooper. Nacida en un contexto de constantes conflictos bélicos, la canción relata la pesadilla de un sobreviviente que recolecta los restos de su familia tras un genocidio.
Afortunadamente, para equilibrar esta asfixiante realidad terrenal, el disco nos entrega «Gimme», su joya indiscutida. Impulsada por un pulso electrónico, aquí vemos al artista encarnar a un diablo sofisticado que ofrece un trato fáustico moderno. Así, corona la cima musical de un álbum implacable.
Brutal Planet y la valentía de una reinvención
A 26 años de su estreno, Brutal Planet se mantiene como una obra monumental. Es el testamento de un artista de la vieja guardia que, desprovisto de pretensiones, demostró que su personaje es inmortal y que aún podía entregar placas capaces de mirar de tú a tú a las obras maestras de su juventud. Un disco absolutamente esencial.
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