Editorial

«Una historia única e irrepetible: Candelabro se consagra en La Cúpula y marca un hito para la Nueva Escena chilena

Candelabro deslumbró con un lleno total en La Cúpula en un evento que marcará los años a seguir de la Nueva Escena del rock chileno.

Candelabro Reseña Cúpula
@alebesoain
  • Por Equipo Futuro.cl
  • |

Por Sebastián Silva

Hay situaciones que, por su propia naturaleza, tienden a ser únicas e irrepetibles. Desde su planificación hasta su estructura, son consideradas como un hito para un momento. Eso fue la presentación de “Deseo, Carne y Voluntad” de Candelabro, el miércoles 20 de mayo de 2026. Una historia que queda enmarcada en su época.

La primera vez que escuché el nombre de Matías Ávila fue en un afiche junto a Niños del Cerro, por allá por el Chile que salía de la pandemia. Este joven rozaba los 20 años. Al poco andar, ya se hablaba de él. Lo conocí en una fecha (un ciclo, en verdad) que armamos en Balmaceda Arte Joven y el desplante que mostraba junto a su banda ya se lucía genial. Sus ritmos, esas melodías y la puesta en escena mostraban un proyecto que se cocinaba a fuego lento.

Luego vinieron las tertulias en el Manduca, una tocata en Navidad y el día en que me dice: “Seba, ya tenemos nombre para la banda”. En una época de nombres largos, escucho por primera vez, desde su boca y en medio del frío otoño de 2023: Candelabro. Así, más o menos, comenzaba esta historia.

Candelabro en La Cúpula: Un hito histórico de la Nueva Escena del rock chileno

Volviendo a 2026 y a la reseña que nos convoca, es difícil poner un inicio a la historia. Pero claro, ese día el equipo estaba citado a las 7:30 a. m. Eran más de 25 personas entre técnicos, artistas, producción, cámaras, tramoyas, etc. Casi 12 horas después, a las 19:00, la fila era de casi un kilómetro dentro del parque. Antes de que todo comenzara, el merchandising: poleras, totes, polerones, discos y vinilos, todo del disco en cuestión, volaba en dos puestos instalados por Quemasucabeza. En la Cúpula del Parque O’Higgins la mesa estaba servida y el ritual, pronto a comenzar.

El disco interpretado de principio a fin, en orden y dividido en cuatro actos. Celebración, Confesión, Juicio y Asunción. Estos fueron los cuatro actos que dividieron el show, un espectáculo que no tuvo peak. Fue más bien una marea de colores y emociones que, ordenadamente, invitaban a soltarse y disfrutar. Sin esperar nada más que aquello que se proponía. No faltaron ni palabras ni invitados para que la propuesta se desarrollara en sí misma. Estar ahí era ser parte de una historia única e irrepetible, de un caudal interminable de música chilena, conocida y épica, para los 2.000 asistentes ahí presentes.

Tiempo atrás, una de las primeras cosas que me impresionó de Matías Ávila fue su capacidad de tomar decisiones con justicia, firmeza y sin errar en una búsqueda grande. Su visión siempre ha lucido clara y no teme verse confundido ni confiar en la gente. A mi entender, muestra de eso es el acto de justicia y realidad que lo invita a pasar de un proyecto con su nombre propio a una banda compuesta por siete músicos. Javiera Donoso, Franco Arriagada, Carlos Muñoz, Nahuel Arriagada, Luis Ayala y María Lobos componen este monstruo de siete cabezas junto a Mati. Un equipo de trabajo con el cual recorrimos desde Monterrey a Valdivia, pasando por Buenos Aires y CDMX.

Uno de los recuerdos más lindos de todo este viaje, fue cuando lo llamé personalmente para invitarlo a participar de esa megatocata que mostraba indicios de lo que la nueva escena chilena podía proponer, sumándolos al cartel que componían Asia Menor, Estoy Bien, Confío en Tus Amigos y, ahora, ellos: unos jóvenes aún más chicos. Candelabro ya estaba entre los nombres grandes del rock alternativo y emergente en Chile, hace dos años.

La historia seguiría creciendo y el miércoles 20 avanzaba. Los siete chicos, más Thom en el bajo cuando Carlos pasaba al piano blanco de cola que estaba en el escenario, estaban listos para comenzar.

Recorrer el «Deseo, Carne y Voluntad» y un fenómeno único e irrepetible

Una apología de lo análogo. A lo largo de los más de 120 minutos, vimos personas sobre el escenario, mesas, una casa pequeña, velas, banderas, proscenios, telas, papel picado, máscaras y voces entre el público, como elementos que formaban esta obra que se desplegaba con un magnetismo pocas veces antes visto en mis 20 años siguiendo tocatas de la escena local.

El rito era acompañado por equipos que volaban por una cúpula que lucía hermosa. Qué lindo lugar para ver y escuchar música. La recorrí completa. Vi el show desde todos los rincones. En cada lado, el sonido fluía, el espacio brillaba y nos permitía, por momentos y liderados por la perfecta iluminación, mirarnos unos a otros. Todos incrédulos ante la majestuosidad de la obra propuesta.

El futuro no está escrito. Quién lo sabe, pero, como le dije a Franco —alma y espíritu, junto a Javiera, de todo, bajo mi percepción—, la próxima vez que los vea ya van a haber recorrido España y eso no tiene vuelta atrás. Creo que todos sentimos algo parecido: estábamos siendo parte de algo que está cambiando, que aún no sucede del todo y que parece forjarse después de esa noche, como una nueva historia que comienza a nacer.

Un cierre alocado y una ofrenda a un público fiel

El final de la presentación se fue al carajo. Terminando de interpretar el disco con una perfección que asombra vino un cambio de vestuario que ahora tenía a la banda de blanco. Matías dejó atrás ese abrigo rojo furioso para llegar al momento de las “canciones extras”, las del “Ahora o Nunca”, su álbum debut. Tal como nos gusta a varios, la cosa se desordenó. El setlist planificado cambió y, aun cuando no estaban anunciadas, la felicidad tomó forma de peak con “Dedo Chico” y “Señales”. Como ofrendas de la banda para un público tan respetuoso como lo fue ese día, hasta ese momento.

En mi vía crucis personal, caminé por segunda vez a la cancha. En ese momento, pude observar el show desde el último lugar que me faltaba: desde arriba del público, levantado por la masa como el único cable a tierra. Treinta segundos volando entre manos compañeras, en un acto que se lo recomiendo a todo quien llegó leyendo hasta acá. La confianza, el apañe y la celebración en movimiento, como acto de fe y seguridad. Valores que Candelabro día a día parece abrazar con firmeza y convicción, sin perder la ternura y el respeto. Fueron las sensaciones con la que tocaba irse a la casa, corriendo al Metro o pasando a saludar al equipo en una pequeña muestra de cariño para sus más cercanos. La jornada estaba concluida.

Imposible no emocionarse. La invitación para ver a esta nueva banda de rock está hecha. Y, como ya lo dije, el futuro no está escrito. Pero quiero dejar aquí declarado que, desde que vengo siguiendo a la música chilena, lo que aquí veo se asimila al fenómeno que significó para mí la aparición de Los Tres o Los Bunkers. Un hito que se recordará con los años al nivel de Los Jaivas, Electrodomésticos, Fulano, Congreso y tantos más. Larga vida a Candelabro, a su gente y salud, por una noche excepcional.


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