El 2 de mayo de 1989 es una fecha sagrada para la música británica. Mientras el mundo miraba con atención los últimos destellos de la década, cuatro jóvenes de Manchester liderados por Ian Brown lanzaron su álbum homónimo de debut.
Lo que parecía ser simplemente una propuesta fresca de la escena local terminó convirtiéndose en un verdadero terremoto cultural. Hoy, al cumplirse 37 años de su lanzamiento, recordamos el disco que sembró las semillas de lo que años más tarde dominaría el planeta. Eso sería el Britpop.
El grito que anticipó al britpop
Antes de que Blur y Oasis disputaran la corona del Reino Unido en 1995, The Stone Roses ya habían trazado el mapa de navegación. Además, con una confianza que rozaba la arrogancia y una propuesta estética que mezclaba las parkas holgadas con el misticismo psicodélico, la banda de Manchester le devolvió el orgullo a la clase trabajadora inglesa.
El álbum homónimo de The Stone Roses no solo fue una colección de canciones; fue el primer grito de una generación cansada del sintetizador frío de los 80 que buscaba volver a las guitarras rítmicas, las melodías coreables y la actitud desafiante. Por otra parte, figuras como Liam y Noel Gallagher han declarado en múltiples ocasiones que ver a los Roses en esa época fue el catalizador exacto para formar Oasis.
El sonido Madchester
Gran parte del éxito de este trabajo radica en la brillante producción de John Leckie. Él logró capturar la esencia de lo que se conoció como el sonido Madchester. De hecho, el disco es una fusión perfecta entre la tradición melódica de los Beatles y los Byrds con el groove bailable y lisérgico de la cultura rave. Esta cultura estallaba en el mítico club The Haçienda.
El verdadero motor de este sonido fue la sección rítmica compuesta por Mani en el bajo y Reni en la batería. Así, ellos crearon una base bailable y elástica sobre la cual John Squire desplegó algunas de las líneas de guitarra más imaginativas y virtuosas de la historia del rock alternativo. Sobre todo eso, la voz susurrada y desganada de Ian Brown aportaba esa dosis de peligro y magnetismo. Por eso, eso convirtió a la banda en un mito de culto.
Himnos para la eternidad
El álbum abre con la majestuosa «I Wanna Be Adored», una declaración de principios atmosférica y oscura. Está impulsada por una línea de bajo hipnótica que es historia pura. Luego, temas como «Waterfall» y «She Bangs the Drums» inyectan una luminosidad pop psicodélica que derrocha frescura.
Por supuesto, no se puede hablar de este disco sin mencionar «Made of Stone». Esta es una de las composiciones más dramáticas y melódicas de Squire y Brown, o el monumental cierre con «I Am the Resurrection». Esta última, una pieza de más de ocho minutos, pasa de ser un himno pop directo a convertirse en una jam instrumental bailable y funk. Así, esto demostró la destreza técnica de los cuatro músicos y cerró el LP con broche de oro.
TEn su momento, la crítica especializada británica no tardó en rendirse ante los Roses. La crítica catalogó el álbum como un clásico instantáneo. Además, con el paso de las décadas, su estatus no ha hecho más que crecer. Por eso, ha sido posicionado de manera habitual en las listas de los mejores discos británicos de todos los tiempos.
A 37 años de su estreno, el debut de The Stone Roses sigue siendo considerado una de las obras más grandes que la música de las islas ha visto nacer. Es el puente perfecto entre la psicodelia de los 60, el indie de los 80 y el auge masivo del rock británico en los 90. Por tanto, es un disco imperecedero que nos recuerda que, a veces, solo se necesita un álbum perfecto para alcanzar la inmortalidad.
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