El 17 de octubre de 2010 quedó marcado a fuego en la memoria de los melómanos chilenos. No fue simplemente un concierto; fue una «EXPERIENCIA» largamente esperada que congregó a cerca de 45 mil personas en un Estadio Nacional recién remodelado.
Tras décadas de espera y una frustración previa cuando la banda solo llegó a Brasil en 2002, la cita con Geddy Lee, Alex Lifeson y Neil Peart se convirtió en un hito de «una sola vez en la vida».
El emotivo guiño a los «33 de Atacama»
Uno de los momentos más memorables de la noche ocurrió cuando la banda demostró que, más allá del virtuosismo, tiene «sangre en las venas». Apenas cuatro días después del histórico rescate en la mina San José, Alex Lifeson lució una calcomanía con el número «33» en su guitarra Gibson Les Paul durante la interpretación de «Stick it out», un gesto de profunda conexión con la actualidad nacional de ese momento.
Tres horas de maestría y humor
El show, parte de la gira «Time Machine Tour», destacó por su generoso setlist de casi tres horas que recorrió toda su discografía. Los asistentes pudieron disfrutar de:
- Humor canadiense: El inicio con el video «Don’t be Rash» mostró la faceta más lúdica y cercana de los músicos.
- «Moving Pictures» completo: La banda interpretó íntegramente su álbum más emblemático, desatando el delirio con clásicos como «Tom Sawyer» y la instrumental «YYZ», coreada nota por nota por la multitud.
- La leyenda de Neil Peart: El fallecido baterista, considerado el mejor de la historia del rock, ofreció un solo magistral que justificó por qué su visita era un imperativo para cualquier fan de la música.
Una comunión irrepetible
A pesar de que durante años se bromeó sobre lo «poco cool» que podía ser el rock progresivo, esa noche en el Nacional unió a la banda con sus fans en una comunión absoluta. Con un cierre épico al ritmo de «Working Man», Rush se despidió de Chile dejando un vacío que, tras la muerte de Peart y el retiro de la banda, nunca podrá volver a llenarse.
Para quienes estuvieron allí, el recuerdo de esos tres tipos normales tocando con una sonrisa genuina bajo las luces de Santiago sigue siendo, hasta hoy, el concierto más emotivo y comprometido que ha visto el coliseo de Ñuñoa.
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