Hace exactamente 45 años, el 28 de abril de 1980, las tiendas de discos recibieron un álbum que dejó a muchos seguidores de Grateful Dead con la boca abierta. En la portada, los integrantes de la banda aparecían con elegantes trajes blancos sobre un fondo de nubes. Una imagen muy alejada de su habitual estilo hippie y psicodélico. Se trataba de «Go to Heaven», un trabajo que hoy celebramos por ser el punto de partida de una de las etapas más queridas y dinámicas del grupo.
Lo más importante de este disco fue la llegada de Brent Mydland. Tras la salida de los esposos Godchaux, Brent entró con energía renovada. Aportó no solo su habilidad en los teclados y sintetizadores, sino también una voz potente que encajó de inmediato. Canciones como «Far from Me» y «Easy to Love You» mostraron un lado más cercano al pop. Algo que en su momento generó debate entre los fans más antiguos. Pero que le dio un aire fresco y moderno a la banda en plena década de los 80.
El disco nació bajo la presión de su sello discográfico para conseguir un éxito en las radios. Pese a eso, el tiempo le ha dado la razón a la calidad de sus composiciones. De este álbum salieron joyas que se volvieron fijas en sus conciertos durante años. «Althea», por ejemplo, se convirtió en una de las canciones favoritas de Jerry Garcia por su ritmo relajado y su letra profunda. Por otro lado, «Alabama Getaway» demostró que el grupo todavía sabía cómo rockear con fuerza y atraer a nuevas generaciones.
Otro momento brillante del disco es la combinación de «Lost Sailor» y «Saint of Circumstance». Estas piezas mostraron la capacidad de Bob Weir para escribir arreglos más técnicos y sofisticados. Aunque en el estudio el sonido era muy limpio y pulcro, en vivo estas canciones se transformaban en viajes musicales increíbles. Esa mezcla entre lo profesional del estudio y la libertad del escenario es lo que hace que «Go to Heaven» sea una pieza clave en su historia.
La estética del álbum, con esos trajes blancos que recordaban a la música disco de la época, fue una broma interna de la banda hacia las exigencias del mercado. Fue su forma de decir que, sin importar cómo se vistieran, su esencia seguía siendo la misma. Al final, «Go to Heaven» fue el último disco de estudio que sacaron en siete años. Así, sirviócomo el puente perfecto hacia su mayor éxito comercial años más tarde.
Hoy, a 45 años de su estreno, escucharlo es recordar a una banda que no tenía miedo de probar cosas nuevas. Fue el inicio de la era de Brent Mydland y la confirmación de que Grateful Dead podía sobrevivir a los cambios de década manteniendo su magia intacta. Es un disco que merece ser rescatado y disfrutado por su sonido brillante y por regalarnos algunas de las mejores interpretaciones de la carrera de Jerry Garcia.
