Unión Bellavista: un burócrata hunde al campeón de Antofagasta

14 Ene, 2016
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En diciembre de 1964, los dirigentes del Unión Bellavista llegaron con una tremenda sorpresa a Santiago: su postulación para integrarse a partir de la temporada siguiente a la Segunda División. Sin anestesia, el club más popular de Antofagasta pretendía extender en casi un millar de kilómetros nuestra estructura de torneos, cuya frontera norte estaba en La Serena.

En las oficinas de la Asociación Central de Fútbol se escucharon carcajadas: ¿quién diablos iba a costear los traslados al Norte Grande? Viajar por tierra suponía un viaje espantoso que tomaba dos días como mínimo; los pasajes de avión eran prohibitivos para delegaciones de al menos 20 personas.

El Unión Bellavista, sin embargo, iba más que preparado. Por un lado, el municipio local comprometió su apoyo para solventar más de la mitad los tickets aéreos de los visitantes; por otro, Lan Chile anunció que liberaría cupos gratis para los planteles profesionales. Además estaba la garantía de que los forasteros regresarían a casa con un saco de plata, considerando que entonces la recaudación de los partidos del Ascenso se dividía mitad y mitad.

Y en Antofagasta recién se había inaugurado un elefante blanco: un monumental estadio que apenas se ocupaba. En los meses previos, el coloso había acogido a 20 mil personas para ver enfrentarse a los reservas de la U con una selección provincial; semanas después, los juveniles de la UC habían convocado a 12 mil almas. Y en una visita de Colo Colo, como vemos arriba, el estadio se llenó hasta las banderas.

“Antofagasta -hablemos más bien del Bellavista- significaría el aporte de una provincia que es terreno casi inexplorado para que el fútbol clave sus garras al conjuro de una competencia seria. Las razones de distancia se ven compensadas con la realidad de un estadio cuya capacidad total es de 35 mil personas. O sea, lo que no tiene ningún equipo de primera división”, escribió Julio Martínez.

Entonces cundió el entusiasmo. En Santiago, muchos se sobaban las manos pensando en ir a recaudar platita dulce al norte; en Antofagasta, los leales hinchas del Unión Bellavista de verdad creyeron factible el sueño del profesionalismo. Méritos tenían: fundados en 1896 como un modesto club de barrio, a lo largo de las décadas se había convertido en multicampeón de las ligas amateur locales; de hecho, los rojinegros tenían casi mil socios al día.

Hasta que llegó febrero, cuando el Consejo de Delegados de la ACF votó las postulaciones de los candidatos al Ascenso. Así lo describió Estadio: “Lo de Antofagasta fue dramático. Su exposición resultó convincente y la aprobación parecía segura”. ¿Qué pasó entonces? Pues bien, tomó la palabra el delegado del equipo de la Universidad Técnica del Estado, quien también era administrativo de esa casa de estudios.

A su juicio, el tema de la distancia era insalvable: “Antofagasta queda muy lejos”, sentenció. “Para eso está el avión, señor delegado. Y no importa, porque el estadio es inmenso y las recaudaciones pueden ser muy buenas”, retrucó el representante del Bellavista, subrayando que entre Santiago y Antofagasta había sólo 3 horas de vuelo. “¿Tres horas? Hace diez días que yo quiero enviar dos obreros allá y no hay manera de hacerlo. Aquí están los pasajes sin ocupar”, mostró el funcionario de la UTE.

Insólitamente, con esas palabras del burócrata murió el sueño del Bellavista. Los otros delegados quedaron convencidos de que viajar en avión al Norte Grande implicaba un lío descomunal y así la postulación fue desechada. Al cabo, la ACF se lavó las manos y eligió como nuevos miembros del Ascenso a Huachipato y Ovalle Ferroviario; un tercer cupo quedó “pendiente”. Para consolar a los antofagastinos, la dirigencia central quedó comprometida a estudiar dentro de un año la candidatura nortina. Eso efectivamente sucedió, pero acabó en un monumental despelote. Ya lo veremos.

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