THE BEATLES

El beatle favorito en 4 momentos

Por Héctor Muñoz Tapia.

Creo que la pregunta más injusta que te pueden hacer es “¿cuál es tu beatle favorito?”. ¿Cómo contestar a eso, si te formaste con ellos y cada uno tiene el tremendo lugar ganado en el corazón de todos nosotros?

Se podría decir que en la vida pasamos por fases lideradas por un beatle. Si te inclinas por Lennon, no pescas a McCartney. Si Harrison te da el norte, la otra dupla deja de tener tanto sentido. ¿Y Ringo? El baterista es el amigo con el que puedes contar toda la vida. Es del tipo de persona que es incapaz de hacerte pasar un mal rato. Hay pocos así.

Por experiencia propia, sé que la fase Lennon llega con el momento en que comienzas a hacer tu personalidad en la adolescencia. La rebeldía intrínseca en esos años de inseguridad y de carencias nos pone en un plano más crudo. Más intenso y fuerte. No queremos una revolución en la medida de lo posible, queremos gritar a mango y tocar con el volumen a 10 una guitarra rítmica. Nos resulta un credo usar la ironía frente a los que no nos simpatizan, y no dudamos en mandarlos al carajo si nos parece. Ah, y siempre con la guitarra encima. Tener una Epiphone Casino con tono natural se convierte en un anhelo… y cuando la tienes en tus manos con el fruto de tu trabajo, cierras el círculo. The dream is over, como dijo el mismísimo John Winston en 1970.

Si tenemos inquietudes inmanentes, nos pasa exactamente lo mismo que vivió George Harrison a sus 25 años, aburrido de la vida acelerada del Swinging London de mediados de los 60 y de ser uno de los Fab Four. Hay otras formas de lograr plenitud, y esas vienen haciendo el switch en la cabeza, como lo hizo George. ¿Cuántas veces nos cansamos del ritmo acelerado de nuestras propias vidas, mientras estamos con mucha carga en la universidad, o recién empezando a trabajar? Es más o menos lo mismo que le pasó a Harrison. Estamos aburridos de “vivir en el mundo material” y su ejemplo resulta motivante. Salen buenas juntas (los Traveling Wilburys) y nos embarcamos en financiar un sueño (“ver la película en el cine”, cuando les pasó el presupuesto a Monty Python para “La Vida de Brian”). Eso sí, sin dejar de lado el sentido del humor.

Por más que digan que Paul McCartney es el beatle dulzón, todo indica que eso está muy lejos de la realidad. McCartney las sufrió desde niño, perdiendo a su madre a los 14 y sorteando una vida de clase obrera, a diferencia del joven Lennon. Sir Paul, desde muy temprano, aprendió que la vida es una maratón extensa, en la que no tienes que olvidar quién eres ni de dónde vienes. Estar justo en el punto intermedio entre la crudeza de un buen rock and roll que te deje la garganta hecha pebre y una melodía conmovedora, pasando por las ganas de querer dejar tu huella. McCartney lo hizo con varios himnos, los mismos que sigue tocando con orgullo a estadios repletos por el mundo. Con la misma entrega y entusiasmo con la que tuve la suerte de verlo 3 veces. Paul McCartney te muestra en el tipo que podrías llegar a convertirte si no traicionas tu lugar de origen. Sin rabia, sin darle muchas vueltas… sólo haciéndolo. ¿A los 30? Es relativo, pero McCartney es de esos que no tuvo problema en comenzar de nuevo. Como todos nosotros.

El caso de Ringo es el que nos cuesta reconocer en nosotros mismos. Más bien, somos testigos de su eco. A Ringo lo podemos ver en esos amigos que están con nosotros en las buenas y en las malas, los que nunca se fueron. Los que te vieron crecer y a los que ayudaste devolviendo la mano. Una curiosidad no menor es el hecho de que todos sus ex compañeros colaboraron en los discos que Starr lanzó en los 70, ya sea componiendo canciones (”Photograph” está firmada por Harrison) o aportando en el estudio (los tres, por separado, hacen lo suyo en el homónimo de 1973). Ringo es el mediador de un conflicto, el que tiene la salida ingeniosa, el que te ofrece el primer trago y el que te levanta el ánimo si andas mal. Y con esa misma jovialidad lo vimos en Chile en noviembre del año pasado, comandando su All Starr Band. Ringo, el amigo de todos nosotros.

Con estas esencias tan distintas, me queda bien en claro que los Beatles eran un solo ser, que lo hacían cuatro partes que se complementaban como nadie jamás lo imaginó. Como la serie de dibujos animados o en el largo “Yellow Submarine”, también en las películas. Esa es la imagen que se te queda pegada de cada uno de ellos en la cabeza, esas son las personalidades que asignas a los monos articulados que tienes en tu pieza de chico, poniendo plastilina para los bigotes y pelos postizos para recrear la portada del Sgt Pepper. Esos Beatles te acompañan de toda la vida, y cada uno de ellos te muestra qué hacer. Y eso lo llevamos todos los días, siempre vivo.

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