Luego de las intensas catástrofes medioambientales producidas por diversos frentes climáticos, cada nuevo aviso meteorológico reactiva en miles de personas una alerta constante. En la actualidad, lluvias imprevistas, olas de calor extremo, aluviones e incendios provocan una sensación de incertidumbre cotidiana que resulta difícil de apagar. Por esta razón, el malestar emocional provocado por el deterioro del planeta ha pasado de ser una preocupación lejana a convertirse en una consulta recurrente en la atención psicológica.
Frente a este escenario, es imprescindible comprender que estas manifestaciones emocionales no son infundadas. Por el contrario, responden a transformaciones concretas del entorno que afectan la rutina y la estabilidad de la población.
¿Qué es la ecoansiedad y por qué se intensifica en la juventud?
La ansiedad climática o ecoansiedad se define como una preocupación persistente y angustiante ante la amenaza del cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos. Aunque esta inquietud lleva más de dos décadas en debate público, anteriormente solía ser desestimada como una exageración.
Sin embargo, el panorama actual ha cambiado radicalmente. El psicólogo y coach Sebastián Rodríguez explica en su columna de Palabras Sacan Palabras el carácter real de este fenómeno al señalar que «si bien no es una patología —la ecoansiedad no sale en la APA— sino que es una preocupación elevada, el tema es que es una preocupación por un tema real». Por consiguiente, ya no se trata de un temor abstracto sobre el futuro distante de glaciares o especies, sino de eventos disruptivos inmediatos.
Asimismo, esta angustia altera la estabilidad cotidiana. Sobre este punto, el especialista destaca que «empiezan a haber cosas que nos conectan con una emoción que es bien mala, que es la incertidumbre, que puede ser una incertidumbre desde cómo me visto hoy, hasta qué va a pasar con mi casa». En consecuencia, estas constantes interrupciones generan síntomas ansiosos tradicionales, como alteraciones del sueño y malestares físicos.
El peligro del «Doomscrolling»: El fin del mundo en la pantalla
Uno de los factores que más intensifica la ecoansiedad en la población joven es el consumo desmedido de noticias trágicas a través de dispositivos digitales. Este hábito se conoce técnicamente como doomscrolling, un término que describe la acción compulsiva de revisar contenidos catastróficos durante periodos prolongados.
En palabras de Sebastián Rodríguez, «hay un concepto que me gustó mucho que se llama Doomscrolling, que es esto de scrolear noticias catastróficas en tu teléfono mucho rato». Además, el psicólogo describe el impacto de esta sobreexposición constante al afirmar que «tú empiezas a scrolear desde las protestas en París, el cambio climático, el aluvión, las tormentas, y de repente el mundo se acaba en 20 minutos viendo Instagram».
Por lo tanto, la exposición ininterrumpida a imágenes trágicas genera una percepción desmedida de descontrol. Al irse a dormir bajo este estímulo, las personas experimentan dificultades para conciliar el sueño y enfrentan la jornada siguiente con desaliento y fatiga.
Del estrés a la fatiga: Comprendiendo el burnout climático
Cuando la ansiedad se sostiene de manera prolongada y sin herramientas de contención, evoluciona progresivamente hacia el agotamiento emocional. Este estado, denominado burnout climático, se manifestaba inicialmente en científicos y climatólogos expuestos a décadas de investigación desgastante.
No obstante, hoy en día esta condición afecta de forma amplia a jóvenes e investigadores por igual. Al respecto, el experto advierte que «la gente se fatiga, se cansa, entra en un estado más depresivo… Estos dos fenómenos, la ecoansiedad y el burnout climático, ya no son tan de expertos».
En este sentido, el frustrante sentimiento de que los esfuerzos individuales resultan insuficientes conduce a un cansancio moral profundo. Cuando una persona siente que cada informe o noticia refleja un fracaso constante en la preservación del entorno, el impulso ansioso da paso a una fatiga de carácter depresivo.
Estrategias prácticas: Dieta hipoinformativa y acción cotidiana
Para mitigar el impacto del desgaste emocional, el especialista propone adoptar medidas orientadas al autocuidado y la desconexión selectiva. En primer lugar, resulta fundamental aplicar lo que él denomina una «dieta hipoinformativa». Esta práctica consiste en reducir drásticamente la verificación compulsiva de alertas meteorológicas y aplicaciones del clima.
En segundo lugar, es vital transformar la paralización en acciones sostenibles concretas. Rodríguez enfatiza que «hay que buscar acciones concretas para mejorar un poco la situación», agregando que «hay mucho que hacer». Entre las alternativas recomendadas se encuentran:
- Plogging: Salir a trotar o caminar llevando una bolsa para recolectar residuos del entorno.
- Movilidad sostenible: Optar por la bicicleta o el transporte público en lugar del vehículo particular.
- Huertas y reciclaje: Crear espacios de cultivo en el hogar y mantener hábitos de reciclaje activo.
- Apoyo comunitario: Conversar sobre el malestar emocional en grupos de contención, dado que «lo que más se requiere hoy es apoyo emocional para estas personas que lo pasan mal».
Conclusión: Redefinir el relato futuro a través del activismo
Finalmente, enfrentar la angustia ambiental requiere abandonar las narrativas puramente distópicas. Aunque el activismo ha sido denostado históricamente, hoy representa una vía saludable recomendada por organismos de salud mental para construir pertenencia, comunidad y tejido afectivo.
En definitiva, la clave reside en mantener una postura activa ante el presente. Como concluye de forma contundente Sebastián Rodríguez en Palabras Sacan Palabras: «Estamos vivos, somos parte de esto. ¿Qué más podríamos hacer?».
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