Hacia el año 2000, el nu metal se había transformado en el sonido hegemónico de la juventud y de las ondas radiales globales. Limp Bizkit surfeaba la cresta de esa ola: su placa anterior, Significant Other (1999), los había catapultado a la categoría de superestrellas mundiales.
Lejos de sucumbir a la presión que representaba entregar un sucesor a la altura, el quinteto ingresó a los estudios con una seguridad arrolladora. Para Wes Borland, la premisa era nítida: no había miedo ni titubeos. Además, sabían con claridad hacia dónde llevar el sonido para entregar una placa aún más ambiciosa y distinta.
Fiestas en el estudio y la broma detrás del título
La banda convocó al experimentado productor Terry Date para asegurar un muro sónico nítido e implacable. Con un estatus que les permitía contar con cualquier colaborador que desearan, sumaron aportes de figuras como Scott Weiland (Stone Temple Pilots). También contaron con la visión del productor Swizz Beatz para la reversión hip hop «Rollin’ (Urban Assault Vehicle)» junto a DMX, Method Man y Redman. Finalmente, integraron a John Abraham en el armado sonoro.
Como explicaría el propio Durst, el disco capturó esa alineación de planetas donde la agresividad del rock pesado y la frescura de los ritmos urbanos se dieron la mano por primera vez de forma masiva. Millones de seguidores estaban ávidos de novedades.
A diferencia de otros procesos conflictivos de la era, la fase de composición fluyó con una ligereza inusual. El bajista Sam Rivers recordaría esas semanas de trabajo como una verdadera fiesta constante sin presiones, con sesiones de grabación colectivas donde las canciones iban tomando forma sobre la marcha. Finalmente, el cantante concluyó espontáneamente que el material estaba listo.
Esa soltura desenfadada terminó bautizando al álbum. El larguísimo y estrambótico título reunió bromas internas del propio grupo:
- Chocolate Starfish: Una expresión vulgar que Durst adoptó con humor autocrítico para referirse a la manera en que detractores y parte de la prensa lo catalogaban en ese momento.
- Hot Dog Flavored Water: Un chiste acuñado por Borland a raíz del sabor insípido de ciertas marcas de agua embotellada en ruta.
Durst sintetizó la idea definiéndolo como su particular lectura de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band: un escaparate conceptual. En este escaparate conceptual, él asumía el personaje antipático para que la maquinaria funcionara sin complejos.
El récord histórico de Nielsen Soundscan y el impulso del cine
Si bien la fecha oficial de lanzamiento fue el 17 de octubre del 2000, el camino venía pavimentado con meses de anticipación gracias al impacto de «Take a Look Around». Compuesta para la banda sonora de la taquillera película Mission: Impossible 2, la pista reelaboró el clásico compás de Lalo Schifrin bajo la impronta de la banda. Es más, trepó con fuerza en las listas de rock moderno durante todo el verano y terminaría sumando una nominación a los premios Grammy.
Cuando Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water aterrizó en las tiendas, el resultado reescribió las marcas de la industria:
- 1.054.511 copias despachadas en solo su primera semana en EE.UU., instalándose directamente en el primer lugar del Billboard 200.
- Se consolidó como el debut más grande en ventas iniciales para un álbum de rock desde que se instauró el sistema de medición Nielsen Soundscan en 1991, reteniendo el liderazgo durante dos semanas consecutivas.
De «Rollin’» a la resaca de la sobreexposición
El arsenal de cortes promocionales copó inmediatamente los medios. «My Generation» golpeó con la base rítmica implacable de John Otto y Sam Rivers, salpicada por citas pop que iban desde The Who y Guns N’ Roses hasta referencias cinematográficas.
Sin embargo, fue «Rollin’ (Air Raid Vehicle)» la que selló su estatus icónico: un videoclip filmado en las alturas de las Torres Gemelas con apariciones de Ben Stiller y Stephen Dorff, donde el grupo se mofó de su propia omnipresencia en pantalla llenando el plano de gorras rojas volteadas y atuendos exagerados. Además, el disco extendería su reinado con otros dos éxitos de alta rotación como «My Way» y la oscura «Boiler».
No obstante, la saturación no tardó en cobrar la cuenta. En la cima de su popularidad, la banda debió encarar el recelo de colegas como Trent Reznor y una creciente hostilidad de la crítica musical. Durst admitió el desgaste emocional que implicó convertirse en el centro de todas las miradas. También reconoció el costo de encarnar a ese personaje público que tanto fanáticos como detractores consumían con devoción y desprecio.
A 26 años de su llegada a las vitrinas, el polvo de la polarización ha quedado atrás. La generación que creció con aquellos ritmos abraza hoy el trabajo como el documento sonoro definitivo del cambio de siglo: un bloque macizo de decibeles que Wes Borland y los suyos reconocen como el auténtico titán de su historia, un hito que fijó para siempre el punto más alto de la marea nu metalera.
