La búsqueda de una mejor convivencia social en espacios públicos abrió un debate global sobre los límites del ruido urbano. En el Reino Unido, por ejemplo, se anunciaron multas para quienes utilicen altavoces en el metro. Esta medida invita a reflexionar sobre cómo los estímulos sonoros impactan en la salud mental y en la vida comunitaria.
En este escenario, el doctor en Neurociencia y director del Centro de Estudios en Neurociencia Humana y Neuropsicología de la Universidad Diego Portales (SEN UDP), Francisco Parada, analizó n su columna de Palabra Que Es Noticia el fenómeno de la contaminación acústica urbana. Según el especialista, la discusión abarca la salud comunitaria y la responsabilidad social.
La convivencia en el espacio público y la norma social
El uso de parlantes sin audífonos en el transporte colectivo genera tensiones cotidianas. A diferencia de los parques, los vagones encierran a las personas en un entorno compartido del que no pueden alejarse fácilmente. Por lo tanto, la emisión de ruido no deseado altera las dinámicas sociales básicas.
Según el Dr. Francisco Parada, «si tú estás escuchando música a todo chancho en una plaza, tú le das la libertad a alguien que diga: ‘Me voy a ir de esta plaza’. Pero en el metro o en una micro estás encerrado ahí. Tú estás monopolizando el espacio público, y la gracia del espacio público es que no es de nadie, sino que es de todos».
Además, el académico diferencia la responsabilidad gubernamental de la individual. Por un lado, medidas como la electrificación de los autobuses dependen de políticas públicas del Estado. Por otro lado, la conducta sonora diaria es una decisión de cada ciudadano. En consecuencia, «este es uno de los pocos temas que puede parecer trivial, pero que tiene una profundidad importante porque habla efectivamente de esta responsabilidad individual con una responsabilidad más sistémica».
Pérdida de control, salud mental y sentido de agencia
El ruido urbano constante genera efectos psicológicos acumulativos en la población. La exposición a sonidos molestos deteriora el bienestar de los pasajeros cuando estos sienten que han perdido el control sobre su entorno. En este sentido, la neurociencia destaca la relevancia del denominado sentido de agencia.
De este modo, el Dr. Parada afirma que «ahí es donde creo que hay un tema superimportante para la salud mental, que es el sentido de agencia, la sensación de que tú puedes hacer cosas. Cuando uno se siente sin ningún tipo de control sobre la situación, ahí es donde empezamos a tener un deterioro de la salud mental».
Así, el transporte colectivo se transforma en un factor de estrés si suma ruido a condiciones preexistentes de hacinamiento. De acuerdo con el investigador, «si tú pasas dos horas arriba de la locomoción colectiva y esta ya puede tener problemas como que está llena, calurosa o con un olor poco agradable, e identificas que más encima le pones ruido, realmente la locomoción colectiva se está transformando en algo que está deteriorando la convivencia a nivel social y la salud mental individual».
La física del sonido frente al contexto
Desde el punto de vista biológico, el oído opera como un receptor puramente mecánico. Específicamente, las ondas de presión atmosférica mueven pequeños receptores internos que envían impulsos eléctricos directamente al cerebro.
Al respecto, el neurocientífico precisa que «el sistema auditivo es completamente mecánico. Tiene unos pelitos adentro que se van moviendo y cada vez que se mueven generan potenciales de acción, generan electricidad que se va hasta las profundidades del cerebro. Esta actividad cerebral es literalmente por cambio en la presión atmosférica».
Sin embargo, la interpretación de esos impulsos depende completamente del entorno y de las experiencias previas. Por esta razón, un mismo volumen provoca placer o molestia según el significado cultural o el estado de ánimo. En palabras del Dr. Parada, «una vez que se propaga esa actividad en el cerebro, vamos a tener el significado. Y esa es la parte más misteriosa y más bonita, porque no se trata de decibeles malos o buenos. Lo que va a marcar la gracia de todo esto es el contexto».
Los audífonos como tecnología ética y neuromodulación
Por otra parte, la música posee la capacidad demostrada de alterar la actividad cerebral. Debido a esta propiedad, la investigación neurocientífica la considera un neuromodulador natural. En relación con esto, el especialista explica que «la música es reconocida como un neuromodulador. Modula y cambia la actividad cerebral. Piénsalo: voy a ir a correr, te pones música más activa; quiero descansar, pones música más bajita. Eso es neuromodulación buena».
De igual manera, usar audífonos demuestra un compromiso ético de respeto hacia los demás pasajeros en el espacio compartido. Por consiguiente, Francisco Parada califica esta costumbre como una conducta responsable: «cuando yo voy en el metro y me pongo el audífono, es también un dispositivo superético porque estoy cuidando al otro que está al lado».
Finalmente, el investigador advierte sobre los riesgos del volumen excesivo en reproductores personales y eventos masivos. Por ende, concluye que «es una acción de cuidado, es una tecnología muy sencilla, pero si escuchas los audífonos a todo chancho, también puede generar daño auditivo, no hay almuerzo gratis». Para prevenir secuelas en recitales, su recomendación es enfática en Palabra Que Es Noticia: «cuando vayamos a un concierto, los tapones son esenciales. Hay harto daño auditivo».
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