A siete años de las manifestaciones de octubre de 2019, la sociedad chilena reflexiona sobre el impacto del estallido social. Recientes encuestas revelan que el 59% valora negativamente el evento, aunque su aprobación aumentó por primera vez desde 2020.
Para Carabineros de Chile, la fecha representa un punto de quiebre histórico. Claudio Fuentes, director del Instituto de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales (UDP), destaca en su columna de Palabra Que Es Noticia que este hito marca la memoria institucional del país. «El 18 de octubre es un marcador social. Estamos haciendo una investigación sobre seguridad y entrevistamos a más de un centenar de carabineros. Para ellos, cualquier referencia al Chile contemporáneo es automática: el punto de partida es el estallido social», parte comentando.
La necesidad de comprender la violencia urbana
Durante las conmemoraciones, la discusión pública suele concentrarse en el recuento de daños o en la condena moral. Sin embargo, se analizan poco las razones profundas de la rabia contenida.
El académico señala la necesidad de indagar en la lógica de quienes destruyen bienes públicos, comparando el escenario chileno con episodios recientes en Francia. «Gabriel Salazar nos llevaba a la historia y decía que esto es recurrente en Chile: hordas que vienen a romper con todo, de alguien que no tiene atadura con el sistema. Existe esa idea de qué irracional es romper un paradero si otorga un beneficio público. Sin embargo, para quien dice ‘¿qué me importa si nunca me ha servido para nada?’, opera una racionalidad distinta», explica.
Por lo tanto, la sociedad debe superar el mero reproche para comprender las dinámicas detrás de la acción destructiva. «Todos hoy día condenan la violencia y yo me hago parte de eso. Sin embargo, tenemos que explicarla: debemos entender por qué sucede y por qué alguien está dispuesto a romperlo todo sin mediar consecuencias», añade.
Superar las trincheras políticas para analizar el problema
Por otro lado, el debate político permanece atrapado en interpretaciones reduccionistas. Esta polarización impide construir soluciones efectivas para la convivencia nacional.
Fuentes advierte que encasillar el conflicto bajo paradigmas rígidos dificulta el diagnóstico social. «Nos arrinconamos en una trinchera desde la interpretación política: quedarse en la discusión del estallido delincuencial versus el estallido social. No salir de esa trinchera nos impide analizar los procesos sociales en una mayor complejidad y nos impide pensar en soluciones a mediano plazo», indica.
Asimismo, las personas aplican sesgos psicológicos para validar la violencia según su propia postura. «Tenemos que entrar en dimensiones que son subjetivas pero que ayudan a explicar este fenómeno. Existen atajos cognitivos donde las personas, en pos de un objetivo, empiezan a justificar y darle sentido tanto a que un policía le pegue o le dispare a alguien, como a que un manifestante lance una piedra o queme una iglesia», propone.
El fracaso del sistema político ante las demandas sociales
Por otra parte, la respuesta institucional no logró traducir el malestar en mejoras sustanciales. El doble proceso constituyente concluyó en fracaso, dejando postergadas las demandas de dignidad.
En consecuencia, persiste la frustración ciudadana ante la falta de soluciones concretas. «La solución política fue un doble fracaso en el doble proceso constituyente. Esto deja pendiente demandas sociales que tienen que ver con el sentido de dignidad detrás de una vida respetuosa y armónica. Eso no ha llegado y difícilmente llegará con el sistema político que tenemos», argumenta.
El investigador enfatiza que el malestar responde a múltiples factores interconectados. «El error ha sido pensar que todo esto es un solo proceso unicausal, cuando en realidad es un enredo. Aquí conviven ciclos de alienación con grupos anómicos, jóvenes violentados, grupos articulados con agenda política y personas que se manifestaron de manera pacífica», asevera.
Además, los sectores políticos procuraron apropiarse del fenómeno según sus intereses electorales. «La izquierda lo interpretó como un cambio estructural al modelo y la derecha más extrema como una vuelta al orden. Cada sector llevó el agua a su propio molino desde su visión de sociedad, pero el fenómeno es mucho más complejo que eso», acota.
Explosiones episódicas y ausencia de liderazgos
Por último, las protestas actuales difieren sustancialmente de las organizaciones del pasado. La ausencia de liderazgos tradicionales da paso a convocatorias anónimas impulsadas por redes sociales. «Estas expresiones ya no son movimientos sociales orquestados por partidos políticos. Son explosiones episódicas de descontento que salen a la calle, dejan la embarrada y luego vuelven a un ciclo de pasividad. Al no haber liderazgos tradicionales, aparecen figuras simbólicas de monos animados que reflejan un estado de ánimo», concluye en Palabra Que Es Noticia.
En conclusión, Chile vive una pasividad acompañada de incertidumbre económica. Sin apoyo a los sectores marginados, la amenaza de nuevos desbordes continuará latente.
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