Durante la Guerra de las Malvinas en 1982, mientras el régimen chileno proclamaba oficialmente su neutralidad, en el extremo sur del país se desarrollaba una historia radicalmente distinta. A través de vuelos de inteligencia, radares encubiertos y acuerdos tácitos, la dictadura de Augusto Pinochet se convirtió en un aliado clave para el Reino Unido.
A más de cuatro décadas del conflicto, el periodista e investigador Daniel Avendaño analizó este episodio en entrevista con Palabras Sacan Palabras. Junto a Mauricio Palma, Avendaño es coautor del libro El pacto perfecto, obra que reconstruye esta alianza estratégica.
En la conversación radial, el académico de la Universidad Adolfo Ibáñez destacó que el debate sobre las islas ha vuelto a la palestra pública por diversos hitos contingentes. En este sentido, Avendaño explicó el impacto de gestos simbólicos recientes en la opinión pública trasandina.
Al respecto, el investigador señaló: «Tiene una vuelta al presente las Malvinas desde que un grupo de jugadores, después de un partido tan clave como una semifinal contra Inglaterra, despliega un lienzo señalando que las Malvinas son argentinas. Ahí obviamente se concentraban dos piedras fundacionales del pueblo trasandino como son las Malvinas y la selección».
La alerta temprana de la Armada y la tensión del Beagle
Por otro lado, la colaboración entre Santiago y Londres no comenzó improvisadamente tras la invasión del 2 de abril de 1982. De acuerdo con Avendaño, los organismos de inteligencia de la Armada de Chile advirtieron previamente al gobierno británico sobre las intenciones argentinas.
Esta advertencia se sustentaba en una relación histórica y bicentenaria entre ambas instituciones navales. Sobre esta alerta temprana, el periodista afirmó: «Comienzan con informes de inteligencia sobre una posible invasión o recuperación de las islas por parte de Argentina. Eso se le advierte de parte de la Armada de Chile al gobierno británico un mes o seis semanas antes del conflicto que comienza el 2 de abril de 1982».
Asimismo, el contexto geopolítico del Cono Sur en 1982 estaba marcado por una altísima tensión beligerante con la dictadura argentina. Cabe recordar que apenas cuatro años antes, en 1978, ambos países estuvieron al borde de la guerra por el Canal Beagle y las islas Nueva, Picton y Lennox.
Por esta razón, la junta militar chilena percibía al régimen de Leopoldo Galtieri como una amenaza directa. Avendaño recordó que, entre abril y junio de 1982, se registraron graves violaciones a la soberanía nacional.
En sus propias palabras, el escritor puntualizó: «Con Argentina no estábamos en buena sintonía porque cuatro años antes del conflicto ocurre casi un conflicto por el Canal Beagle. Durante el conflicto, tropas argentinas por espacio aéreo, mar y vía terrestre hicieron vulneraciones de nuestro territorio en más de 22 incursiones entre abril y junio de 1982».
Sydney Edwards y el uso de bases aéreas chilenas
Para coordinar la logística de espionaje en el terreno, el gobierno británico envió secretamente a Chile al expiloto de la RAF Sydney Albert Edwards. En Santiago, Edwards estableció una estrecha relación de trabajo con el comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, el general Fernando Matthei.
Ambos militares compartían un perfil técnico similar y habían coincidido anteriormente cuando Matthei fue agregado aéreo en Londres. Como consecuencia de esta alianza, Chile puso a disposición de los británicos infraestructura aeroportuaria estratégica.
Respecto a la misión desempeñada por el enviado de Margaret Thatcher, Avendaño detalló: «Sydney Edwards era un expiloto de la Fuerza Aérea británica, piloto de Hawker Hunter y hablaba español. El general Fernando Matthei estuvo como agregado aéreo en Londres entre 1971 y fines de 1973, ya tenía amistades allá. Coincidieron por características comunes».
En esa misma línea, el investigador enfatizó el rol operativo de Edwards: «Llega muy rápidamente a Chile al poco andar del conflicto y facilita que las pistas de aterrizaje de Chile se les presten a los aviones de reconocimiento aéreo británicos. Tanto en Isla San Félix, Carriel Sur, Punta Arenas, Isla de Pascua y Cerrillos, los ingleses tuvieron pistas abiertas para hacer vigilancia aérea y espionaje de los movimientos argentinos».
El trueque militar con el Reino Unido y el fin de la amenaza
Aunque Chile se restó de votar a favor de Argentina en la Organización de los Estados Americanos (OEA) bajo una fachada de neutralidad, el intercambio real fue un pacto directo de pertrechos militares. Tras el triunfo británico y la posterior detención de Pinochet en Londres en 1998, los documentos desclasificados del Reino Unido confirmaron los términos de esta negociación.
Por consiguiente, la asistencia logística prestada por el régimen chileno no fue gratuita, sino que implicó una sustancial contraprestación en armamento pesado. Avendaño, quien investigó personalmente en los Archivos Nacionales del Reino Unido, explicó el alcance de esta transacción.
Sobre este punto, el historiador y periodista subrayó: «Si bien Chile prestó espacio, también hubo un trueque. El trueque inmediato fue que Chile se quedó con aviones de reconocimiento Canberra. Una nueva partida de Hawker Hunter. Y un radar que se puso en Balmaceda. Sobre todo significó que la victoria británica hiciera que Argentina dejara de ser una amenaza para Chile. Y que la venta de armamento británico a Chile volviera con una suerte de fast track».
El dilema estratégico de la junta militar
Finalmente, las declaraciones amenazantes de la junta militar argentina dejaban entrever que, de haber vencido a los británicos, Chile habría sido el siguiente objetivo bélico. La célebre arenga de Galtieri y las consignas populares en Buenos Aires confirmaban los peores temores en Santiago.
En consecuencia, el apoyo a Gran Bretaña se transformó en una decisión pragmática para la supervivencia del régimen chileno. No obstante, Avendaño dejó abierta la reflexión sobre el juicio histórico que merece esta actuación encubierta.
Para concluir, en Palabras Sacan Palabras, el autor expuso la encrucijada que enfrentaron las autoridades chilenas: «La junta militar se ve en una encrucijada: ¿qué hace cuando se enfrenta con este tipo de amenazas? ¿Espera el resultado de la guerra o empieza a operar subrepticiamente con aliados históricos que no iban a caer bien dentro del Cono Sur? Ese juicio le corresponde al lector».
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