En el marco de las celebraciones de septiembre, el debate sobre el patriotismo vuelve al centro de la discusión pública. Recientemente, en su columna de Palabra que es Noticia, el neurocientífico Francisco Parada, director del Centro de Estudios de Neurociencia Humana y Neuropsicología de la UDP, aportó una mirada científica para explicar cómo nuestro cerebro procesa esta identidad colectiva.
La patria como infraestructura cognitiva
Para comenzar, Parada aclara que la patria no es física. En sus palabras, el experto sostiene que «efectivamente la patria, por así decirlo, obvio obvio que no está dentro del cerebro absolutamente, sino que se construye, diría el profesor Maturana, en el lenguaje. Y ahí es donde lo voy a agarrar para analizarlo desde la neurociencia, en donde es una, por así decirlo, una infraestructura cognitiva, es un espacio cognitivo que te dice qué cosas se pueden hacer, qué cosas no se pueden hacer, qué cosas vale la pena defender.»
De esta manera, la patria se convierte en un marco cognitivo operativo. Por lo tanto, los símbolos adquieren sentido a través de las interacciones diarias con el entorno, como la cordillera o el mar. En consecuencia, si un ciudadano no conecta con la bandera, es porque ese objeto no logró consolidar un significado real en su experiencia personal.
El patriotismo ciego frente al patriotismo maduro
Por otro lado, la literatura científica distingue varias formas de apego. Entre ellas destaca el patriotismo ciego, que valida todo sin autocrítica. Sin embargo, el Dr. Parada propone un enfoque saludable. El especialista describe esta aproximación como una postura que «no es como este patriotismo ciego, que está bien porque todo lo que hacemos está bien, sino que desde esta madurez, así como uno se puede, en psicoterapia o en lo que sea, uno puede llegar a tener una crítica, una autocrítica, esa idea de madurez acerca de mí mismo que yo puedo decir: ‘Bueno, yo fallo en esto, yo fallo en esto otro, pero también soy bueno en esto otro’. Lo mismo uno puede aplicarlo para el patriotismo.»
Por esta razón, un patriotismo maduro no exige una defensa ciega de la nación. Al contrario, se basa en una autoevaluación honesta. De este modo, permite reconocer tanto los defectos como las virtudes del propio país.
La trampa del nosotros contra ellos
Adicionalmente, el especialista aborda una dinámica evolutiva muy arraigada: la polarización del nosotros frente a ellos. En efecto, Parada explica que «la psicología social ha hecho grandes trabajos en términos de ver qué es lo que define el nosotros versus el ellos. Y es complicado porque hoy en día uno ve que la política polarizante, que está muy en boga, varios presidentes están metidos en esto, y entonces, para poder generar una suerte de nosotros, de cohesión, necesitan poner un ellos.»
Por lo tanto, la cohesión social basada en la exclusión tiene raíces profundas. No obstante, la humanidad destaca por superar esta barrera ancestral. Como destaca el científico, «lo bonito de la historia que nosotros nos contamos de que somos humanos es que nosotros podemos trascender ese tipo de cosas.» En consecuencia, el verdadero desafío de la civilización es trascender la agresión territorial primitiva.
La civilización como cooperación biológica
Por último, Parada advierte sobre el peligro de que los líderes institucionales utilicen un lenguaje que divide. El experto indica que «es súper peligroso cuando uno trabaja desde el nosotros y el ellos, porque para poder generar un nosotros necesitamos poner a esos otros como peligrosos, como el enemigo, y eso no es necesario. Yo creo que un patriotismo de forma madura, adulta, no requiere necesariamente este tipo de ellos versus nosotros.»
Frente a esta polarización, el científico critica actitudes divisivas en la arena internacional: «cosas como el presidente Milei, que habla desde esta posición institucional, para mí es una cosa incivilizada, literal.»
Frente a este escenario, la cooperación destaca como nuestra mayor herramienta evolutiva. De hecho, Parada concluye en Palabra Que Es Noticia: «La competencia que emerge en el mundo natural es razonable y es comprensible. Los recursos son limitados y es mucho más fácil eliminar alguna suerte de problema, pero la cooperación también es un mecanismo para poder salir de las crisis. De hecho, se ha demostrado que los humanos, históricamente junto con los primates, somos animales de cooperación.»
Finalmente, la neurociencia nos recuerda que, para construir una patria civilizada, debemos superar los instintos primarios de exclusión y apostar por la colaboración social.
