En el marco de un nuevo hito del Gran Malón, iniciativa impulsada para reactivar el espacio público y fomentar la vida de barrio, la especialista en seguridad e investigadora del centro VioDemos, Alejandra Luneke, analizó en Palabra Que Es Noticia la compleja realidad que atraviesan diversos sectores vulnerables del país. A partir de una extensa trayectoria de trabajo cualitativo e intervenciones en comunas como Lo Espejo, la experta abordó la evolución del fenómeno delictivo, el alcance de las medidas estatales y la urgencia de revalorizar el tejido social.
Diagnóstico territorial: 25 años de violencia focalizada
Por un lado, la investigadora enfatizó que los problemas de violencia no abarcan a comunas completas, sino a sectores altamente delimitados. Según explicó Luneke, «Lo Espejo, así como otras comunas de la zona sur, han sido objeto de intervenciones públicas en seguridad por más de 20 o 25 años». Asimismo, recordó que en los inicios de estas políticas el foco estaba puesto en el microtráfico local: «En esos minutos era principalmente a través de una estrategia para controlar el tráfico de drogas en las poblaciones de la zona sur. Al hablar del año 2000, el uso de armas de fuego, el tráfico de drogas y las bandas estaban hiperlocalizados en pasajes y calles específicos».
Por esta razón, la experta remarcó la importancia de precisar los diagnósticos para evitar la estigmatización territorial. En este sentido, sostuvo que «para no etiquetar a una comuna entera ni a una población completa, se trata de calles y pasajes que ya hace 25 años estaban mapeados por concentrar problemas de violencia criminal e inseguridad».
Además, la especialista advirtió sobre las consecuencias de no abordar a tiempo las dinámicas sociales subyacentes. De acuerdo con su análisis, «cuando hay condiciones que generan el involucramiento de jóvenes en el delito y se pasa a una segunda y tercera generación, se produce una sedimentación del problema que es lo que vemos hoy».
La mutación del crimen: armas, tecnología y bandas intermedias
Sin embargo, aunque las causas estructurales persisten, la naturaleza de la delincuencia ha experimentado cambios sustanciales en las últimas décadas. Al respecto, Luneke detalló los factores determinantes de esta transformación: «Se han mantenido las condiciones y causas de estos fenómenos, pero han cambiado tres cosas principales: la circulación de armas de fuego, la consolidación de mercados impulsada por la tecnología y la globalización, y las tecnologías de la información».
En consecuencia, el alcance del crimen organizado ha traspasado las fronteras tradicionales mediante herramientas digitales. Sobre este punto, la investigadora advirtió que «hoy es posible que una banda de jóvenes chilenos funcione como célula de un cartel brasileño debido a la irrupción de la tecnología».
Por otra parte, la especialista aclaró la estructura de las agrupaciones delictivas que operan en el país. Frente a las percepciones habituales sobre la presencia criminal extranjera, Luneke precisó que «la presencia de extranjeros en el crimen organizado sigue siendo proporcionalmente baja». En lugar de grandes estructuras globales, señaló que «lo que existe son disputas territoriales entre bandas chilenas re-recicladas que operan incluso desde la cárcel en niveles intermedios, no necesariamente grandes carteles transnacionales». En la misma línea, agregó que «el problema principal son las bandas intermedias, donde existe mayor anomia y es más difícil mapear sus interrelaciones».
El límite del patrullaje: «Una aspirina que controla el síntoma»
En cuanto a las respuestas implementadas por el Estado, la investigadora cuestionó la efectividad de las medidas basadas únicamente en la presencia policial. Por consiguiente, subrayó la necesidad de aplicar una estrategia centrada en el territorio: «El concepto clave es la proximidad. Cuando se diseñan estrategias sin considerar el contexto local y territorial próximo, falla la articulación estatal para abordar un problema multidimensional».
De igual forma, la experta ofreció una crítica directa al sobreuso de la vigilancia sin prevención social. Al referirse a este enfoque, afirmó que «si solo se responde con vigilancia, hiperpatrullaje e intrusión policial, se está aplicando una aspirina que controla el síntoma pero no la enfermedad».
Por lo tanto, Luneke insistió en que el control delictivo requiere transformaciones de fondo en la acción pública. A este respecto, concluyó que «han fallado las políticas estructurales y de prevención integral. Ningún Estado ha controlado el delito solo mediante copamiento policial o militar si las causas sociales no se abordan debidamente».
Cohesión social y el Gran Malón: recuperar la confianza vecinal
Frente a este escenario de inseguridad y aislamiento social, la especialista destacó el valor de iniciativas comunitarias como el Gran Malón. Al definir el sentido de esta propuesta, explicó que «el Gran Malón es una invitación a la ciudadanía para encontrarse en el espacio público. Generar vínculos de confianza y convivir de manera fraterna y solidaria».
Igualmente, diferenció este encuentro de las respuestas asistenciales ante emergencias. En palabras de la investigadora, «a diferencia de una olla común o un plato único ante una emergencia, aquí el objetivo es juntarse simplemente por el deseo de conocerse y compartir».
Asimismo, Luneke reflexiona sobre el impacto del temor en la vida diaria y la distinción entre control penal y bienestar social. Sobre esta materia, planteó que «la seguridad abarca no solo el control del crimen. Sino también el bienestar social. No se puede hacer comunidad si vivimos encerrados por el miedo al vecino».
Finalmente, la especialista en seguridad hizo un llamado a rechazar las respuestas individuales violentas y a fortalecer los lazos afectivos en los barrios. Al respecto, enfatizó en Palabra Que Es Noticia que «frente a la inseguridad, la respuesta no es armarse ni sospechar de todos, sino activar valores prosociales en lugar de convertirnos en policías de nuestros propios barrios».
