COLUMNA DE OPINIÓN

Sebastián Rodríguez: “Preferir a las mascotas para no enfrentar la complejidad de los vínculos humanos es una salida fácil”

El psicólogo y coach analiza cómo el vínculo con las mascotas puede convertirse en un refugio frente a la complejidad de las relaciones humanas y los riesgos de su humanización.

Hector Muñoz Tapia |

Mascotas Hijos 02 Getty Web

Mascotas Hijos 02 Getty Web

En la actualidad, el rol de los animales de compañía ha experimentado una transformación profunda en la estructura social. Lo que antes era una relación de convivencia funcional, hoy se ha desplazado hacia espacios emocionales y biológicos que antes pertenecían exclusivamente a los seres humanos. Sebastián Rodríguez, psicólogo y experto en dinámicas vinculares, profundiza en su columna de Palabras Sacan Palabras en este fenómeno, advirtiendo sobre las implicaciones de utilizar a las mascotas como un escudo frente a los desafíos de las relaciones interpersonales.

El refugio ante la complejidad humana

Para muchos, la decisión de centrar su vida afectiva en un animal responde a un cansancio generalizado respecto a los conflictos propios de nuestra especie. Rodríguez señala que existe un discurso donde el perro o el gato aparecen como el compañero perfecto frente a la «dificultad» del otro.

Al respecto, el especialista comenta: “Las relaciones humanas son tan complicadas, tan enredadas, que mejor me quedo con mi perro, que es una maravilla. Mi perro que es lindo, es amoroso, siempre me recibe con afecto, siempre me acompaña, nunca se queja. Las mascotas dan mucho amor, mucha energía, pero no es lo mismo que un vínculo humano que tiene todas las dificultades, complejidad y desafíos que tiene una relación”.

Esta tendencia, según el psicólogo, puede interpretarse como un síntoma de individualismo. Muchas personas proyectan en sus mascotas un «statement» de autosuficiencia emocional. “Hay un discurso así como que hay gente que dice: ‘Yo no necesito pareja, yo no necesito hijos, yo con mi gato, yo con mi perro soy feliz’. Es un statement político que uno dice: ‘Yo no necesito a nadie, yo no necesito más enredos’”.

La mascota como sustituto de la paternidad

Uno de los puntos más sensibles tratados por Rodríguez es el uso de mascotas por parte de parejas con problemas de fertilidad o que, por razones económicas, deciden postergar la llegada de hijos. En estos casos, el animal no es solo una compañía, sino el receptáculo de un amor maternal o paternal que no ha encontrado otra vía de salida.

Rodríguez explica el riesgo emocional de esta situación: “Esa persona que no ha podido tener un hijo y que tiene un perro y decide darle todo el amor que tenía para la maternidad a ese perro, claramente le va a costar mucho más tomar una decisión sobre vida y muerte sobre su mascota. Se lo va a tomar verdaderamente como si fuera su hijo y va a hacer todo lo posible por mantenerlo con vida”.

Esta sobrecarga de expectativas también tiene un impacto en la salud mental del animal. El experto advierte que la humanización extrema está generando patologías que antes no eran comunes en especies domésticas. “La humanización de las mascotas también hace que las mascotas tengan enfermedades mentales que antes no tenían. Tienen ansiedad, tienen obesidad, tienen diabetes… participan de peleas y discusiones de pareja adentro de la cama. Hay cosas que las mascotas de hoy están viviendo que antes probablemente no vivían”.

El costo de la «salida fácil»

Aunque tener una mascota parece, en principio, más sencillo y económico que criar a un hijo, Rodríguez sostiene que esta percepción puede ser engañosa y llevar a un colapso cuando se pierde el equilibrio. El psicólogo es tajante al definir este desplazamiento de roles.

“Ocupar lugares que antes eran el de los hijos o el de las parejas ya empieza a ser más complicado. Es una solución, por decirlo de alguna manera, fácil; es una solución fácil como tapar un hoyo y poner un perro, dos perros, tres perros, un gato… y esa solución, de repente, llega al colapso”.

El impacto del duelo y la energía psíquica

Finalmente, la intensidad de estos vínculos se manifiesta con crudeza ante la pérdida. Cuando una persona ha depositado toda su «energía psíquica» en un animal, el duelo puede ser tan devastador como la pérdida de un familiar humano.

“Hay personas que nunca han tenido un amor más puro que el que han tenido con su animal. Cuando uno depositó tanta energía psíquica en una mascota y la idealizó a tal punto, la pérdida de esa mascota es tremenda. Porque tú ahí encontrabas que estaba todo lo bueno del mundo. Para una persona que depositó casi todo su amor en esa mascota, es como casi perder un hijo. Es una cosa que puede ser devastadora en términos psíquicos”.

Para Sebastián Rodríguez, el desafío actual no es dejar de amar a los animales, sino comprender que el perro o el gato no pueden, ni deben, reemplazar la evolución y los desafíos que proponen los vínculos entre seres humanos.

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