En la sociedad contemporánea, la estructura familiar está experimentando una transformación profunda. Lo que antes se limitaba a la crianza de hijos biológicos, hoy integra a los animales domésticos bajo una nueva categoría emocional. En su columna de Palabras Sacan Palabras, el psicólogo y coach Sebastián Rodríguez profundiza en esta realidad, describiendo un fenómeno que ha pasado de ser una anécdota a una constante en su consulta profesional.
El auge de los «perrijos» y las nuevas familias
La humanización de las mascotas no es solo una tendencia en redes sociales; es un cambio en la dinámica del hogar. Según explica Rodríguez, el concepto de familia se ha expandido para incluir a los animales en roles que antes eran exclusivamente humanos. El psicólogo señala que “hay un tema que me parece muy interesante que son las nuevas familias, este concepto de que ahora las mascotas, los animales, ya a veces se habla de perrijos, así como que son mis hijos”.
Esta nueva visión se manifiesta en comportamientos que hace una década habrían resultado impensables. Rodríguez observa en su práctica diaria cómo el lenguaje de la paternidad se traslada al mundo veterinario. “Uno ve mascotas que van en cochecitos de guagua, uno ve parejas donde realmente la mascota es su hijo y uno empieza a escuchar en consulta que los niños se fueron al colegio o al jardín, y después uno descubre que ese jardín es un jardín de perros”.
El conflicto de los abuelos: expectativas vs. realidad
Uno de los puntos más críticos de esta tendencia es la colisión generacional. Muchos jóvenes optan por no tener hijos, pero esperan que sus padres asuman un rol de abuelos con sus mascotas. Esta expectativa, según el experto, está tensionando los vínculos familiares de manera significativa.
Rodríguez advierte sobre el desajuste emocional que esto provoca: “El último ingrediente es el de los abuelos que esperan nietos y hay hijos que esperan que sus papás se contenten con sus mascotas, y que los quieran como si fueran nietos”. Además, detalla situaciones cotidianas donde esta demanda se vuelve explícita. “Les entregan las mascotas y se van a la playa y quieren que les cuiden la mascota. Tú encuentras que, en vez de quedarte con los nietos mientras tu hijo va a un matrimonio, te quedas con el perro. Y tú debieras estar contento porque tienes una oportunidad de compartir como abuelo con el perro”.
Esta imposición genera roces que trascienden la anécdota. El psicólogo afirma que “hay gente que espera que traten igual de bien a sus perros que como tratarían a un hijo. Esos fenómenos están generando tensión no solamente en la pareja, sino en el círculo familiar”.
La mascota como ensayo de la paternidad moderna
Para muchas parejas jóvenes, la adopción de un animal funciona como un termómetro para medir su capacidad de compromiso. En un contexto económico y social complejo, el perro se convierte en un paso previo a la paternidad biológica. Sebastián Rodríguez describe este proceso como una evaluación de competencias: “La mascota parece como un primer buen ensayo. Es como un training para ver si se la pueden hoy en día con todos los niveles de exigencia que requieren las paternidades y las maternidades”.
El profesional añade que esta decisión no es azarosa, sino que responde a miedos profundos sobre la crianza. “Se ven las expectativas de la maternidad y la paternidad como más exigentes, más difíciles, de mayor compromiso y dicen: ‘tal vez no estoy preparado, ensayemos con un perro’”. Sin embargo, este ensayo también conlleva responsabilidades que imitan a las humanas, desde cuidados médicos complejos hasta la imposibilidad de dejar al animal solo por temor a denuncias legales por maltrato animal.
Separaciones y «tuición» compartida
Finalmente, el psicólogo destaca que los problemas legales y emocionales de las separaciones de pareja ahora incluyen a las mascotas de forma casi idéntica a los hijos. La falta de un marco legal claro para estos casos aumenta el desconcierto en las consultas terapéuticas.
“Se empiezan a dar fenómenos muy parecidos como en las separaciones: ¿quién se queda con el perro?, ¿cuál es el tipo de tuición que vamos a tener? También las enfermedades: ¿quién se hace cargo del costo económico de una quimioterapia?”. Rodríguez enfatiza que este escenario afecta incluso a las nuevas parejas de las personas separadas: “La nueva pareja tiene que entender que su actual pareja comparte el perro con su anterior pareja y que hay todo un conflicto relacional porque una semana está conmigo y una semana está con mi ex”.
En conclusión, lo que comienza como una relación afectiva con un animal de compañía termina revelando temas profundos sobre la soledad, el compromiso y las nuevas estructuras sociales que el mundo de la psicología apenas comienza a procesar.
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