No hay otra razón que mejor fundamente la idea de que el metal chileno pasa (nuevamente, como muchas veces) por un buen momento que la aparición de una serie de álbumes que, tanto como su calidad individual, abran el paisaje sonoro a variados estilos dentro de una misma categoría. Y esto vale para tanto para las bandas nuevas como para las que regresan tras un periodo de silencio, como es el caso de Execrator que tras catorce años publica nuevo material.
La primera sensación que deja “Cultos de muerte” es que el álbum anterior, “Tuo da gloriam Satan” (2012) ha envejecido muy bien. La segunda es que no es posible apreciar este nuevo disco en su totalidad sin antes darse una vuelta por el primer demo de la banda. “Non nobis” apareció en 1992 y, pese a la precariedad del sonido, es un reflejo del momento, cuando para muchos el death metal se había despegado definitivamente del thrash.
Aunque para el caso de Julio Espinoza y Álvaro Lillo estas consideraciones no eran relevantes. Sus fundadores se relacionan con la música desde antes que el underground se masificara. Por lo tanto, no extraña que su apuesta seenfoque a rescatar la vibra orgánica. Y, por decirlo así, los enjambres rítmicos que definen al buen metal.
El disco fue grabado por Juan Pablo Donoso en el estudio Sade y además tuvo a cargo las baterías. La producción es deliberadamente limpia. No hay caverna, no hay guitarras saturadas. Está todo ahí, todo en frente, lo cual, en vez de esconder, resalta sus virtudes
La estética de Execrator siempre los ha remitido al death metal. Incluso en el álbum previo, la mano se apegaba al lado oscuro, pero después oír la apertura de este disco con “Demons of Fire”, llena de coros y momentos sinuosos, queda claro que lo esencial es la catarsis del metal sin apellidos y hacer música posible de ser presentada en vivo sin defraudar a nadie. De hecho, en el último tiempo han tocado en distintas partes de Chile quizás como nunca antes, y con una formación que se completa con el regreso del guitarrista Roberto Nervi y Felipe Zavala en batería.
El segundo tema del disco, “De sangre y fuego”, tiene un sentido más dramático y ciertas reminiscencias al black metal de la nueva generación. Pero además de funcionar como la declaración de principios de este nuevo ciclo, es la antesala a la secuencia de temas que componen el centro del álbum. Es decir, “While my Enemies Die”, “Old Wizard” y “Blasphemous Flame”.
Lejos de la grandilocuencia, en “Cultos de muerte” Execrator apunta hacia la construcción de canciones con estructuras variadas. Y lo que suena pesado, lo que suena metalero, al final no es la cantidad de efectos que pongan, ni siquiera la afinación. Sino la composición. La voz de Lillo es mucho más limpia que en otras producciones. Y si bien en momentos la acompañan algunas capas graves, gana por la urgencia con que canta.
“Cultos de muerte” es pura vibra. Pareciera que la consigna que lo cruza es que el metal suene a metal y nos devuelva la capacidad de asombro. Y, en una de ésas, a la época en que la música era lo más importante. No por nada, el arte de carátula es obra Álex Ortega, el mismo artista que ilustró el primer demo. De seguro que las razones que entonces tenían para formar una banda son las mismas que hoy los mantienen vivos.

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