Charlie Watts no era el típico rockstar. Mientras Mick Jagger y Keith Richards personificaban los excesos de la fama, el legendario baterista de los Rolling Stones se consolidaba como el pilar rítmico que sostenía la banda, manteniendo siempre los pies en la tierra. Watts, un apasionado del jazz, evitaba el foco de atención, rara vez concedía entrevistas y prefería la discreción frente al ego desbordado del rock. Sin embargo, detrás de su elegante calma, se escondía un talento arrollador y anécdotas increíbles que definieron la historia de la música.
De diseñador gráfico a motor rítmico de la banda
Nacido en Londres en 1941, en una casa prefabricada tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, Charles Robert Watts creció escuchando jazz de Jelly Roll Morton y Charlie Parker. Aunque sus padres le regalaron su primera batería a los 13 años, inicialmente estudió arte en Harrow y trabajó como diseñador gráfico en una agencia de publicidad.
En 1961 comenzó a tocar en Blues Incorporated con Alexis Korner. Allí conoció a Brian Jones, quien lo introdujo a unos jóvenes Rolling Stones que buscaban baterista. El ingreso de Watts aportó una destreza musical invaluable. Junto al bajista Bill Wyman, construyó la base perfecta que contrastaba con la espectacularidad de Jagger y las guitarras de Richards y Jones.
Además, su experiencia gráfica dejó huella: diseñó la portada del álbum Between the Buttons (1967) y ayudó a crear los escenarios de sus imponentes giras. Incluso ideó promover la gira de 1975 tocando en un camión en movimiento por Manhattan, una técnica inspirada en el jazz de Nueva Orleans y copiada más tarde por bandas como AC/DC y U2.
El legendario gancho de izquierda a Mick Jagger
A pesar de su carácter pacífico, Watts sabía poner límites muy firmes. La relación con Mick Jagger tuvo momentos de alta tensión. El episodio más legendario ocurrió en 1984, durante una estancia en un hotel de Ámsterdam.
Un Jagger ebrio llamó de madrugada a la habitación de Watts preguntando arrogantemente: «¿Dónde está mi baterista?». Charlie no dudó: se vistió impecablemente de traje, bajó a la habitación de Mick, le propinó un soberbio gancho de izquierda y le espetó con frialdad: «No me vuelvas a llamar ‘tu baterista’ nunca más; tú eres mi maldito cantante». Esta emblemática reacción demostró que nadie podía pasarle por encima.
Un «anti-rockstar» hogareño y fiel
Mientras los Stones protagonizaban escándalos por sus aventuras amorosas, Watts llevaba una vida diametralmente opuesta. Rechazaba por completo a las groupies y se mantuvo fiel a su esposa Shirley, con quien se casó en 1964.
Con una fortuna de 80 millones de libras, Watts prefería el retiro en su granja de Devon. Allí criaba caballos árabes, coleccionaba plata antigua y acumulaba autos clásicos que ni siquiera podía conducir, pues nunca aprendió a manejar. «Se supone que esto es sexo, drogas y rock ‘n’ roll«, bromeó una vez, «pero yo no soy así realmente».
Crisis de los 80 y su eterno amor por el jazz
No obstante, Watts no fue del todo inmune. A mediados de los 80 sufrió una crisis que lo sumergió en el alcohol y la heroína. Su familia también pasaba momentos duros: su esposa luchaba contra el alcoholismo y su hija Seraphina fue expulsada del colegio por fumar cannabis.
La situación empeoró tanto que el propio Keith Richards le ordenó recuperarse. Afortunadamente, con el apoyo vital de Shirley, Charlie superó la adicción tras dos años difíciles.
El rock le dio fama, pero el jazz le otorgó libertad creativa. Fuera de los Stones, Watts lideró orquestas y quintetos, rindió tributo a Charlie Parker y tocó en el legendario Ronnie Scott’s. Charlie Watts falleció a los 80 años dejando un vacío enorme. Demostró al mundo que se puede reinar en el rock con la elegancia y la cordura del jazz.
