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El pacto secreto en Berlín: Cómo David Bowie rescató a Iggy Pop para crear una obra maestra del rock

El 29 de agosto de 1977, La Iguana sellaba en Berlín Occidental una obra maestra grabada en apenas ocho días. Un manifiesto de redención.

Gabriel Ávila Morán |

Iggy Pop

Iggy Pop

Para 1974, tras la implosión definitiva de The Stooges, la carrera (y la vida) de Iggy Pop parecían destinadas a un final prematuro. Estaba hundido en el abuso de sustancias y, además, había pasado por una institución psiquiátrica. Por eso, el futuro del cantante era un lienzo en blanco hasta que la mano cómplice de David Bowie cambió el guion.

Instalados juntos en un departamento del barrio de Schöneberg en Berlín Occidental para desintoxicarse y crear sin descanso, ambos dieron vida a un prolífico 1977. Tras la atmósfera densa y electrónica de The Idiot, el 29 de agosto de 1977 vio la luz Lust for Life. Este fue el segundo álbum solista de Iggy y también el testamento definitivo de su resurrección rockera.

Ocho días de frenesí en los estudios Hansa

Grabado a contrarreloj en los célebres Hansa Studios (a pocos metros del Muro de Berlín), el disco se gestó y registró en apenas ocho días. Con la misión práctica de optimizar el presupuesto de RCA Records, el equipo creativo operó bajo una combustión espontánea. En la producción estaban acreditados como Bewlay Bros, la alianza entre Bowie, Pop y el ingeniero Colin Thurston.

Llegaron al estudio con pocas letras cerradas y melodías apenas esbozadas, pero respaldados por una banda formidable. En efecto, tenían la arrolladora sección rítmica de los hermanos Hunt Sales (batería) y Tony Sales (bajo), las guitarras afiladas de Carlos Alomar y Ricky Gardiner, y el propio Bowie comandando los teclados y segundas voces. Así, la improvisación y el pulso visceral de la banda terminaron por pulir nueve cortes directos y cargados de dinamismo.

Dos himnos para la eternidad

El álbum abre con la pista homónima, «Lust for Life», impulsada por un ritmo de batería imparable y galopante ideado por Hunt Sales sobre una maqueta de ukelele de Bowie. Además, tenía líricas que retrataban los excesos urbanos a través del mítico personaje Johnny Yen. El tema se convirtió en un himno de supervivencia y cobraría una segunda vida planetaria en 1996 al musicalizar la apertura de la película Trainspotting de Danny Boyle.

En la misma placa brilla «The Passenger», una de las piezas más influyentes de la historia del rock. Se inspiró en las noches en las que Iggy recorría Berlín en automóvil junto a Bowie. Además, incluye un guiño lírico a la poesía de Jim Morrison. Gracias a la hipnótica progresión de acordes de Ricky Gardiner y el icónico coro de «la-la-la-la» a destiempo entre Pop y el Duque Blanco, inmortalizaron la mirada del observador errante.

La sonrisa de la supervivencia

La foto de portada, capturada por Andy Kent, mostraba a un Iggy Pop sonriente, limpio y rebosante de energía, contrastando con la oscuridad de sus años previos.

A casi medio siglo de su publicación, Lust for Life no solo salvó la trayectoria de la mayor fuerza escénica del proto-punk. Además, demostró que, aun al borde del precipicio, la sed de vivir y la furia del rock and roll pueden ganar la batalla en La Radio del Rock.

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