A finales de la década de los ochenta, Aerosmith vivía una de las resurrecciones más espectaculares en la historia de la música pesada.
Tras dejar atrás los excesos y reencontrarse con su mejor nivel compositivo, la dupla conformada por Steven Tyler y Joe Perry sorprendió al mundo el 15 de agosto de 1989 con el lanzamiento de «Love in an Elevator».
Grabado en los míticos Little Mountain Sound Studios de Vancouver bajo la experta producción de Bruce Fairbairn, el track de «Pump» condensó la fórmula perfecta del hard rock de Aeromisth.
De una anécdota indiscreta a un clásico de estadio
Lejos de cualquier metáfora solemne, el origen de la canción surgió de una vivencia real y bochornosa del propio Steven Tyler. El vocalista reveló que la idea nació luego de protagonizar un apasionado encuentro con una mujer dentro de un ascensor, instante exacto en el que las puertas se abrieron ante la mirada atónita de los presentes. «Pareció una eternidad esperando que esas puertas se cerraran», recordó el cantante sobre el cómico y tenso episodio.
Esa picardía y desenfado se trasladaron de lleno a la pantalla chica a través de un icónico videoclip dirigido por Marty Callner. Ambientado en los grandes almacenes Bullocks Wilshire de Los Ángeles, el clip contó con la recordada participación de la exmodelo de Playboy Brandi Brandt. Lo que sumó una alta rotación en MTV y catapultó la imagen de la banda hacia una nueva generación.
Aerosmith volvía a la grandeza
El impacto comercial fue arrollador: «Love in an Elevator» escaló hasta el puesto número 5 del Billboard Hot 100 y se convirtió en el primer número 1 de Aerosmith en la lista Billboard Album Rock Tracks. (actual Mainstream Rock), obtuvo la certificación de disco de oro por la RIAA.
La contundencia del track le valió una nominación en los Premios Grammy de 1990 en la categoría de Mejor Interpretación de Hard Rock. Sin embargo el premio quedó en manos de Living Colour con su clásico «Cult of Personality».
A casi cuatro décadas de su estreno, «Love in an Elevator» se mantiene como una pieza infaltable en el ADN del rock and roll. Es un himno cargado de adrenalina, actitud callejera y un estribillo monumental hecho para corearse a todo pulmón en los estadios del mundo.
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