El Senado de la República se prepara para una jornada decisiva. Este miércoles, a partir de las 15:00 horas, comienza la votación general de la megarreforma, un proyecto que llega a la Cámara Alta en un ambiente de alta tensión política y con un conteo de votos más ajustado de lo que el Ejecutivo esperaba originalmente. Para analizar este escenario, el sociólogo y director del Laboratorio de Conversación Pública de la Universidad Central, Axel Callís, entregó en Palabras Sacan Palabras una visión crítica sobre el estado actual del proyecto y la figura del ministro de Hacienda.
Un ministro «tocado» y una reforma podada
Según Callís, el texto que se someterá a votación dista mucho de la propuesta original. El experto destaca que la gestión del ministro Quiroz ha sufrido retrocesos significativos en la negociación parlamentaria. Respecto al estado de la iniciativa, el sociólogo sostiene que el proyecto “llega con un Quiroz que dijo que jamás la iba a tocar y ya le han podado varias cosas él mismo; es decir, no es la misma megarreforma como se anticipó”.
Esta situación ha mermado la autoridad doctrinaria que el jefe de las finanzas públicas intentó proyectar al inicio. Para el investigador, el traspié de intentar reducir el impuesto corporativo del 23% al 22% a última hora fue un error estratégico que el Congreso no dejó pasar. Callís afirma que esto “lo dejó con un ala rota. Ya no es el mismo Quiroz. En el parlamento te calan muy rápido. Sacan la foto y ya saben que Quiroz se equivoca. Que tiene todo el poder pero que se equivoca. Se da gustitos y le va mal”.
La pérdida de potencia de la promesa económica
Uno de los puntos más críticos del análisis es la desconexión entre las promesas de crecimiento y las proyecciones reales de la economía. La idea de que esta reforma sería el motor de un despegue inmediato parece haberse diluido. Callís es enfático: “la promesa de esta megareforma como algo que iba a sacudir la economía ha ido perdiendo potencia”.
El sociólogo argumenta que este debilitamiento responde a dos factores clave: el estado actual de la economía y la falta de garantías sobre un crecimiento cercano al 4%. En sus palabras, “salió de todos los lugares políticos, salvo de la derecha más dura, a decir que esta megareforma no garantizaba un crecimiento del 4% y que cualquier movimiento en la aguja del crecimiento va a ser el 2032 o 2033”.
El fenómeno del «presentismo» ciudadano
La opinión pública, según Callís, no opera bajo cálculos de largo plazo, sino bajo las urgencias del día a día. Eventos como el alza en los combustibles, denominado como el «bencinazo», han tenido un impacto más profundo en la percepción ciudadana que cualquier proyecto de ley estructural.
“El presentismo, el presente de la opinión pública siempre está mandando. Es decir, la política siempre tiene que ver con el presente y el futuro cercano. Pero no tiene que ver con estos cálculos que se hacen a largo plazo”, explica el académico. Bajo esta lógica, los beneficios potenciales de la reforma, al ser proyectados a varios años, quedan fuera del radar del electorado actual. Callís advierte que “el electorado no sé si hará un click y dirá ‘esto se forjó en el 2026’; eso estará olvidado y marcado por el presente de esa época”.
Guerra cultural: El modelo económico en disputa
Para el director del Laboratorio de Conversación Pública, el trasfondo de la gestión gubernamental no es una disputa de valores sociales, sino una batalla por el modelo de desarrollo. Callís sostiene que existe una ruta doctrinaria clara que busca revertir ciertos pilares de las últimas décadas.
“He reiterado que la guerra cultural no es valórica, es económica. El modelo tiene que ver con reposicionar al empresario, el emprendimiento, la reducción del Estado y valores de finanzas públicas y privadas. Permisología de baja intensidad, que el capital fluya y que el mercado mande”. En este sentido, la megarreforma es vista como la herramienta para “reequilibrar el Chile de la transición, que fue un giro de Pinochet a un Boric socialdemócrata con participación relevante del Estado”.
El error de las 52 horas y la flexibilización laboral
Finalmente, el experto abordó las recientes polémicas sobre la jornada laboral. Callís calificó como un desacierto político el haber puesto sobre la mesa la cifra de 52 horas, lo cual contraviene una de las políticas más populares del último tiempo.
“Fue un error de alguien sacar esto de las 52 horas porque las 40 horas es de las políticas más valoradas. Decir que van a tirar 52 horas es quitarle algo que las personas ya tienen a su haber”. En su visión, el debate debe centrarse en cómo adaptar el trabajo a las nuevas generaciones sin caer en dogmatismos: “urge generar formas de trabajar acordes a las generaciones que vienen; las empresas tienen problemas para captar jóvenes que quieran el estilo asalariado”.
