COLUMNA DE OPINIÓN

De Joe Rogan a «La Cofradía»: Cómo la «manosfera» y el machismo digital llegaron a las redes sociales y el streaming en Chile

El Coach Sebastián Rodríguez analiza el fenómeno de "La Cofradía", la influencia de Joe Rogan y el impacto del discurso de odio en los jóvenes.

Hector Muñoz Tapia |

Sebastian Rodriguez Psp 28 Julio Web

Sebastian Rodriguez Psp 28 Julio Web

La reciente polémica en torno a un video de Italo Omegna, exasesor del diputado Hans Marowski, ha puesto el foco en un fenómeno digital creciente. En dicho registro, Meya y otros integrantes de «La Cofradía» realizaban comentarios despectivos sobre menores de edad y personas del espectro autista. Este incidente no es un hecho aislado, sino que forma parte de una tendencia global conocida como la «manosfera».

El origen del fenómeno: De Joe Rogan a los hermanos Tate

Para entender lo que ocurre en Chile, es necesario mirar hacia Estados Unidos. En su columna de Palabras Sacan Palabras, el psicólogo y coach Sebastián Rodríguez identifica a Joe Rogan como el precursor de este estilo. Según explica, «este es un formato ya bien conocido. En Estados Unidos Joe Rogan es como el gurú de estos formatos de conversación de hombres». Rogan presenta un programa «donde se toma, se fuma y se habla cosas de hombre. Es un programa masculino, relajado y uno puede estar tres horas hablando. Casi nunca invita a mujeres».

Sin embargo, el fenómeno ha evolucionado hacia versiones más extremas. Rodríguez destaca la diferencia con los hermanos Tate, a quienes describe como la «competencia vulgar» de Rogan. Los Tate promueven un estilo de vida de lujo extremo y una visión «que es misógina de verdad. Hablan muy mal de las mujeres y muestran videos siempre ellos como campeones de todo en Lamborghinis, con una visión muy denigrante de las mujeres».

«La Cofradía» y el aterrizaje en Chile

En el contexto nacional, programas como «La Cofradía» replican estas dinámicas bajo una fachada de camaradería informal. Sebastián Rodríguez señala que este espacio «entra en esta tendencia. Es un grupo de amigos de hombres que se toman unos tragos y hablan libremente las cosas que hablarían antes los hombres en el living de su casa. Ahora lo hacen por streaming».

A diferencia de un video privado filtrado, estos programas de streaming alcanzan a audiencias masivas. El especialista advierte sobre la gravedad de lo transmitido: «Miles de personas vieron en vivo estos comentarios bastante tristes sobre la hermana de uno de los participantes». En estos espacios, el humor se utiliza para validar una supuesta supremacía masculina. Rodríguez afirma: «Son humoradas en un mundo hipermasculinizado, en que uno se ríe de las mujeres. Es mostrar un poco esta supremacía masculina».

El negocio del odio: Clicks, criptomonedas y apuestas

La permanencia de estos discursos no es casualidad; responde a una estrategia comercial rentable. Los contenidos que denigran a las mujeres o generan polémica atraen algoritmos y financiamiento. «Se empezó a ver que hablar mal de las mujeres en público da rating. Mientras más bestia tú eres en tu comentario, tienes más clics y más likes».

Este modelo de negocio suele estar vinculado a nichos específicos. Según el experto, estas plataformas «están asociadas a estas empresas que empiezan a promocionar estos productos deportivos para tener más músculo, las criptomonedas, las casas de apuestas». El contenido, denominado en inglés como woman bashing, genera un movimiento constante en internet que se traduce en ingresos para los creadores.

El riesgo para los jóvenes y la masculinidad frágil

El público objetivo de estos programas son hombres de entre 15 y 35 años. Para los adolescentes, estos comunicadores se convierten en modelos de éxito. Rodríguez advierte que «buscan en estas personas modelos de éxito. Les parecen modelos exitosos porque son bacanes, fuman puros, viajan por todo el mundo, tienen los autos que quieren. Para un niño de 15 años, es un modelo a seguir».

Además, el especialista analiza que el consumo de este material revela una carencia profunda en la audiencia. «Este tipo de programas tienden a reafirmar una fragilidad masculina. Uno ve estos programas para sentirse más macho o más bacán, y todo eso habla de una fragilidad muy grave».

Finalmente, surge el debate sobre la libertad de expresión y sus límites. Aunque estos grupos se escudan en este derecho, Rodríguez es enfático: «La libertad de expresión no puede ser sobre los discursos que yo considero que ya son discursos de odio a esta altura. Esas personas no están haciendo humor». El impacto en la infancia y la familia es, según el psicólogo, la mayor preocupación, ya que estos discursos «están violentando valores muy tradicionales» bajo la excusa de la libre expresión.

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