En su más reciente trabajo, la psicoanalista y escritora Constanza Michelson invita a los lectores a sumergirse en los microdramas. Estas son pequeñas escenas de la vida cotidiana que, aunque parecen insignificantes, revelan quiénes somos realmente. A través de una mirada que mezcla el ensayo, la narrativa y el psicoanálisis, Michelson aborda dilemas humanos fundamentales a partir de gestos mínimos: subir una escalera, cortarse la chasquilla o escuchar una conversación ajena. Sobre esto, conversó con Andrea Moletto y Álvaro Paci en Palabras Sacan Palabras.
La vida en la encrucijada
El concepto de microdrama nació de una observación sobre la tragedia griega, específicamente el mito de Edipo. Michelson explica que la verdadera crisis de Edipo no ocurre por un mandato divino espectacular, sino en una situación mundana: un camino estrecho donde se encuentra con otro hombre y ninguno cede el paso.
“El gran asunto de Edipo es lo que él hace en la encrucijada. Todo el día tenemos encrucijadas. Su escena crucial es en un camino estrecho que se cruza con un hombre; ninguno se deja pasar y, por una estupidez donde no interviene ningún dios ni ninguna maldición, uno mata al otro. Eso es una escena: dejar pasar, no dejar pasar, hacerse el tonto, caerle encima al otro, decir o no decir. Eso nos pasa todo el tiempo en la casa, en la calle, en la oficina. En todo eso hay decisiones”.
Para la autora, es en estas pequeñas escenas donde se juega la verdadera identidad de las personas, más allá de las teorías o juicios que se emiten en abstracto.
Una definición de salud mental
Uno de los puntos centrales de su reflexión es cómo los seres humanos lidiamos con el dolor y el pasado. Al conectar la vida diaria con la tragedia griega, Michelson identifica que el mayor peligro humano es quedar «congelado» en una emoción destructiva.
“Las tragedias se tratan de quién se queda fijado en la melancolía o se congela en una venganza. Los trágicos son los primeros psicólogos en el sentido de mostrar de lo que somos capaces los seres humanos para autodestruirnos o perder la vida con tal de vengarnos. La salud mental es poder pasar a otra cosa, que significa no melancolizarse, no quedarse. Nos pasamos la vida pegados en un montón de cosas”.
Esta capacidad de «separarse» es un proceso constante. Según la autora, siempre nos estamos separando de alguien, de un trabajo o de una idea, pero el desafío ético reside en lograr efectivamente ese desprendimiento para continuar viviendo.
La Biblia como lectura antropológica
En su libro, Michelson también recurre a los relatos bíblicos, no desde una perspectiva espiritual, sino como una advertencia sobre la condición humana. Historias como las de Adán y Eva, Caín y Abel o el Diluvio sirven para ilustrar cómo el ser humano se enfrenta a los límites y a la culpa.
“Entro por la vía de pensar la Biblia igual que la mitología griega, como relatos de nuestros ancestros para explicar la condición humana y advertir cosas. El mensaje casi siempre es el mismo: no te creas Dios. Se nos olvida todo el tiempo. Progresar no es llegar más alto, no es la torre de Babel”.
Al analizar el relato del Diluvio, Michelson destaca un «Dios retirado» que entrega las leyes y deja la responsabilidad en manos de los hombres. “Yo nunca más voy a destruir el mundo. Si se destruyen, es culpa de ustedes”, resume la autora sobre el pacto divino, subrayando que el mal no se puede erradicar de raíz sin cometer un mal mayor.
Lo que sostiene el mundo: la ética de lo cotidiano
Frente al pesimismo contemporáneo y las narrativas de «fin del mundo», Michelson propone una mirada hacia lo doméstico y lo encarnado. Critica la postura de ciertos filósofos actuales que han optado por el pesimismo o la deserción, y rescata el valor de la atención cotidiana.
“Al mundo no lo sostienen los Trump ni los críticos, sino la persona que sabe dónde están los calcetines. El mundo se sostiene, incluso cuando se cae, por quienes siguen diciendo: ‘¿Sabes qué hay mañana? Hay que alimentar a alguien, hay que tener un gesto, hay que encontrar las tijeras porque mañana se van a necesitar’. Esa atención a la trama es lo que sostiene la vida”.
Para la psicoanalista, la profundidad humana no se encuentra en una búsqueda mística o espiritual abstracta, sino en el acto mismo. “¿Quieres hacer el bien? Trata de hacerlo cuando te toque. Esa es la profundidad encarnada, no buscar salvación”.
Vivir sin «salvavidas»
Finalmente, Michelson aclara que su obra no ofrece soluciones pedagógicas ni recetas de felicidad. En un mundo obsesionado con las etiquetas y la información rápida, defiende la incertidumbre como parte esencial de la existencia.
“No hay una solución porque todo continúa. La buena noticia es que nada se aprende para siempre y cada situación te va imponiendo una nueva pregunta. La información no salva. La ética es ver qué hace uno cada vez que se ve enfrentado a un dilema. Hoy está de moda definirse con millones de etiquetas, pero eso no dice nada de quién es uno realmente”.
Su propuesta, en cambio, es permanecer atentos ante las herramientas tecnológicas como la inteligencia artificial y ante los dilemas del día a día, reconociendo la torpeza y la nobleza que conviven en la experiencia humana.
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