En la historia del rock, hay artistas que se dedican a coleccionar galardones y otros que, simplemente, prefieren seguir tocando. Bob Dylan, el eterno bardo de Minnesota, siempre ha pertenecido a esta segunda categoría.
Hoy, a 19 años de aquel histórico 13 de junio de 2007, recordamos uno de los desaires más memorables e ilustrativos en la carrera del cantautor: el día que ganó el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Artes en España y decidió, fiel a su estilo, que tenía cosas más importantes que hacer que ir a recogerlo.
El presidente del jurado en aquel entonces, José Lladó, había anunciado el fallo deshaciéndose en elogios. Calificó a Dylan como una «leyenda viva de la música popular y estrella guía de una generación que soñaba con cambiar el mundo». Un honor que lo ponía en la misma lista de ilustres ganadores que cineastas de la talla de Woody Allen. La mesa estaba servida para una gala de frac y reverencias, pero el genio del folk tenía otros planes: mandó a todos a tomar aire.
La «espantada» y la regla no escrita del galardón
Aquel sábado en que la realeza y la élite cultural lo esperaban en Oviedo, Dylan se encontraba a miles de kilómetros de distancia. Consciente de la fecha, el músico había agendado a propósito la primera de tres actuaciones de su gira en Chicago.
Para salir del paso, envió una nota protocolar, fría y genérica, que muy probablemente ni siquiera redactó él mismo:
«Permítanme agradecer al Rey, al príncipe Felipe y a los españoles el haberme concedido el Premio Príncipe de Asturias. Soy consciente del enorme prestigio que este premio proporciona, así como también de la larga lista de ilustres galardonados. Es realmente un gran honor. Lamentablemente, no puedo estar ahí para recibir el premio en persona, pero espero regresar pronto a España para manifestar mi gratitud por este galardón».
La jugada de Dylan dejó una herida profunda en el orgullo de la organización. Desde aquel desplante, la Fundación Príncipe (hoy Princesa) de Asturias instauró una regla de oro no escrita: el premio solo se otorga si el ganador garantiza su presencia física en la ceremonia. El rigor de esta medida fue tal que, años después, se le ofreció el reconocimiento a Sir Paul McCartney. Al declinar su asistencia por problemas de agenda, el ex-Beatle fue descartado en absoluto silencio y el premio terminó en las manos del legendario (y siempre dispuesto a asistir) Leonard Cohen, quien ofició de impecable suplente.
Anatomía de un iconoclasta empedernido
El episodio en España no fue un hecho aislado, sino una pincelada más en el frenesí antisistema que define la vida de Dylan. Su alergia a lo políticamente correcto y su pasión por llevar la contraria son legendarias.
Hablamos del mismo hombre que provocó el infarto de los puristas del folk cuando electrificó su guitarra en Newport; del artista que, tras haber profesado el judaísmo, desconcertó a todos abrazando el cristianismo; del músico que años más tarde repetiría la misma dosis de indiferencia protocolar cuando la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura.
Su atrevimiento llega a niveles letales de ironía. En tiempos donde la conciencia climática es imperativa, cobró cinco millones de dólares por protagonizar un comercial subido a un Cadillac Escalade, uno de los vehículos más contaminantes de Estados Unidos. Cuando la revista Rolling Stone le preguntó su opinión sobre el calentamiento global, su respuesta fue una bofetada de sarcasmo: «Pues, aquí donde estamos, hace mucho frío».
Al final del día, Bob Dylan aceptó alguna vez un doctorado honoris causa en una universidad británica, pero tontear con príncipes, reyes o activistas como Al Gore simplemente no encaja en su guion. A 19 años de aquel plantón en Oviedo, la lección sigue intacta: puedes darle a Bob Dylan todos los premios del mundo, pero nunca podrás dictarle qué hacer con ellos.
