El 16 de mayo de 1966, de la mente brillante (y ya entonces atormentada) de Brian Wilson, nacía Pet Sounds.
Seis décadas después, el undécimo álbum de estudio de The Beach Boys no solo se mantiene intacto como una de las cumbres de la música popular, sino como el testimonio definitivo de un hombre que se atrevió a competir con los titanes del otro lado del Atlántico, transformando su propia angustia en una sinfonía eterna.
El refugio de un genio y la respuesta a Rubber Soul
La mitología del rock suele simplificar la gestación de Pet Sounds como una competencia amistosa. Si bien es cierto que Brian Wilson quedó completamente obnubilado tras escuchar el Rubber Soul de The Beatles, su verdadera motivación corría por carriles mucho más profundos y complejos.
A finales de 1964, acosado por una timidez pública invalidante, el miedo a volar y devastadores ataques de pánico, Wilson tomó la decisión drástica de abandonar las giras y cederle su lugar en la ruta a Glen Campbell. Mientras el resto de la banda facturaba éxitos en vivo, Brian se encerró en el estudio. De hecho, ese espacio estaba lejos del ruido del mundo y de las presiones de su padre y mánager, Murry Wilson. Este insistió en exprimir la fórmula comercial del surf rock y las armonías tradicionales. Por eso, ese lugar se convirtió en su laboratorio. Además, fue su trinchera.
Inspirado por el Wall of Sound de Phil Spector, Brian ya había dado pistas de su ambición en joyas como Don’t Worry Baby o el LP The Beach Boys Today! lanzado en 1965.
Sin embargo, en enero de 1966, el músico decidió subir la apuesta a un nivel nunca antes visto en la industria pop. Durante los siguientes tres meses de obsesión milimétrica, y con un presupuesto que superó los 70 mil dólares de la época, lo que lo convirtió en uno de los LPs más caros de la historia, Wilson se hizo cargo de todo. Así, asumió composición, arreglos, orquestación y producción.
Más allá del pop tradicional
Mientras sus compañeros de banda cantaban en escenarios lejanos, Brian reclutó a la crema y nata de los músicos de sesión de Los Ángeles. Junto al letrista Tony Asher, comenzó a esculpir un paisaje sonoro inédito que expandió la paleta instrumental del pop. Por eso, integró elementos del jazz, el folk, la música clásica y la experimentación exótica.
Al estudio ingresaron clavicémbalos, mandolinas, ukeleles, theremins, acordeones y majestuosas secciones de cuerdas y metales, además de efectos percusivos poco convencionales como latas de Coca-Cola, campanas de bicicleta y los ladridos reales de los propios perros de Brian, un juego conceptual que terminó dando nombre al disco.
El nivel de exigencia era tal que los arreglos se armaban y se desechaban en cuestión de horas. Además, las líneas vocales de un miembro de la banda se reemplazaban por las de otro buscando la perfección armónica absoluta. El peso de Brian era tan dominante que el track de cierre, la bellísima e invernal Caroline, No, se editó originalmente como su debut en solitario. Así, quedó en claro quién era el verdadero arquitecto detrás del proyecto.
Un cancionero inmortal y el concepto de la sinfonía pop
A nivel comercial en Estados Unidos, el álbum fue incomprendido inicialmente por su propio sello discográfico, alcanzando un modesto puesto diez que significó su peor registro en años, aunque en el Reino Unido fue un éxito rotundo llegando al número dos.
El tiempo, por supuesto, terminó poniendo las cosas en su lugar a través de sus sencillos. “Sloop John B”, que fue el punto de partida del proyecto en 1965, escaló hasta el número tres. Además, unió el pasado folk del grupo con el nuevo estándar sonoro. Por su parte, “Wouldn’t It Be Nice” ofreció una apertura luminosa que escondía una profunda melancolía sobre la inocencia juvenil.
La cumbre emotiva llegó con “God Only Knows”, interpretada majestuosamente por Carl Wilson. Catalogada unánimemente como una de las canciones más hermosas jamás escritas, provocó que el mismísimo Paul McCartney declarara más tarde que no existiría el Sgt. Pepper de The Beatles sin este disco.
De cierta manera, Pet Sounds se consolidó como uno de los primeros álbumes conceptuales de la música popular, un ciclo de canciones sobre la alienación, el desamor, las drogas y la madurez, que pavimentó el camino para lo que Wilson llamaría más tarde una sinfonía adolescente a Dios.
El principio del fin y el legado incalculable de Brian Wilson
El costo humano de esta obra maestra fue altísimo. El comportamiento cada vez más errático de Brian Wilson durante las sesiones sembró las tensiones que, a la postre, terminarían por fracturar la interna de The Beach Boys. La debacle posterior del inacabado proyecto Smile y el colapso mental de Brian detuvieron su progresión por décadas. Sin embargo, lo que dejó plasmado en esos 36 minutos de Pet Sounds fue suficiente para asegurar su inmortalidad.
Durante estas mismas sesiones, además, se empezó a gestar la innovadora Good Vibrations, el eslabón definitivo que unía este álbum con el futuro que el cerebro de Wilson visualizaba.
A 60 años de su publicación, Pet Sounds no suena viejo porque la honestidad y la belleza no envejecen. Fue un disco concebido en el aislamiento y la intimidad de un estudio. Sin embargo, una vez que salió al mundo, se instaló para siempre en el ADN de la música contemporánea. Felices 60 años a la sinfonía pop definitiva.
