La tensión entre Roger Waters y David Draiman explotó sin filtro y cruzó todos los límites. Acusaciones de “traición”, insultos extremos y hasta polémicas referencias a bombas en medio del conflicto en Gaza encendieron una de las disputas más crudas del rock en años.
Todo comenzó cuando Draiman, líder de Disturbed, participó en el podcast de Billy Corgan. Ahí no se guardó nada. Acusó a Waters de una “traición masiva a los judíos” y cuestionó duramente sus posturas políticas sobre Israel.
El músico incluso fue más allá y lanzó una frase incendiaria, aseguró que si se encontrara con Waters, lo golpearía antes de conversar.
Pero el contexto es clave. Draiman ha sido blanco de críticas desde 2024, cuando firmó un proyectil del ejército israelí durante una visita a la zona de conflicto, gesto que él defendió como apoyo a la defensa de su pueblo.
En paralelo, Waters, histórico integrante de Pink Floyd, ha sido una de las voces más fuertes del mundo musical contra la política israelí, denunciando violaciones a los derechos humanos en Gaza, según consignó NME.
“Psicópata racista”: la respuesta que incendió todo
La reacción no tardó. Waters publicó una carta abierta donde destrozó a Draiman con calificativos extremos, llamándolo “psicótico, racista y nazi”.
Además, lo acusó directamente de escribir mensajes en bombas antes de ataques en Gaza, una afirmación que elevó aún más la polémica.
Lejos de bajar el tono, el ex Pink Floyd defendió su postura. Aseguró que su lucha apunta a los derechos humanos “para todos, sin importar religión o nacionalidad”, mientras calificó a Israel con duros términos.
Draiman respondió con una estrategia distinta. Criticó el tono del músico británico, pero insistió en que aún estaría dispuesto a dialogar. “Es decepcionante, pero predecible”, lanzó.
Más que música: política, identidad y el nuevo campo de batalla del rock
Este choque no es solo un cruce de egos. Refleja una fractura más profunda en la industria musical. Artistas cada vez más activos políticamente, audiencias polarizadas y redes sociales que amplifican cada declaración.
Por un lado, Roger Waters representa una tradición de rock político, heredera de décadas de activismo. Por otro, Draiman encarna una postura identitaria fuerte, vinculada a su historia familiar y al conflicto actual.
El resultado. Una disputa que ya no se queda en la música y que conecta directamente con uno de los temas más sensibles del escenario mundial.

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