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Pink Floyd y los 43 años de «The Final Cut»: el último álbum de Roger Waters que debió haber sido un soundtrack

En un principio se ideó que LP fuese un apoyo auditivo para el film "The Wall" de 1982, sin embargo, la visión de Waters cambió las cosas.

Gabriel Ávila Morán |

Pink Floyd

Pink Floyd

Un 21 de marzo de 1983, las estanterías de las disquerías recibieron un álbum que, bajo el nombre de Pink Floyd, escondía en realidad el epitafio de su formación más clásica. «The Final Cut» cumple hoy 43 años, y más que un disco, es el documento sonoro de una banda rompiéndose en mil pedazos bajo el peso de la guerra, el trauma personal y un ego inabarcable.

Originalmente concebido como una banda sonora para la película The Wall (bajo el título provisional de Spare Bricks), el estallido de la Guerra de las Malvinas cambió el eje creativo de Roger Waters. El bajista transformó el proyecto en una crítica feroz al conflicto bélico y en un exorcismo personal dedicado a su padre, muerto en la Segunda Guerra Mundial.

El «Solo de Waters» con el logo de la banda

El proceso de grabación entre julio y diciembre de 1982 fue un campo de batalla. Waters tomó el control absoluto, acreditándose como autor de todas las canciones. La tensión con David Gilmour llegó a un punto de no retorno: el guitarrista, cuya voz e identidad melódica son pilares del grupo, se le relegó a cantar en un solo tema, el frenético «Not Now John».

La utilización abrumadora de músicos de sesión no fue una decisión artística, sino una necesidad ante la nula comunicación entre los miembros. Gilmour fue enfático en años posteriores: «The Final Cut se sintió como un disco solista de Roger en el que nosotros solo éramos empleados». No es coincidencia que este sea el único álbum de la banda donde el tecladista Richard Wright no aparece, tras su expulsión por Waters durante las sesiones de The Wall.

Una controversial pero histórica Ópera Rock

A pesar de la atmósfera tóxica, el álbum es una obra maestra del diseño sonoro. Repitiendo el esquema de ópera rock de «The Wall», utiliza efectos de sonido holofónicos que sumergen al oyente en trincheras y despachos gubernamentales. La portada, diseñada por el propio Waters, muestra galones militares y una amapola, símbolo de los caídos en guerra.

El éxito comercial fue inmediato, pero la crítica se dividió: algunos lo vieron como una obra conceptual brillante y otros como un panfleto excesivamente personal. El lanzamiento fue acompañado por un cortometraje que profundizó en la narrativa visual del disco.

El corte final

Tras el lanzamiento, ocurrió lo inevitable. Roger Waters anunció su salida creyendo que Pink Floyd moriría con él. La batalla legal que siguió por el nombre del grupo es historia conocida, con Gilmour y Mason defendiendo la marca en tribunales. Debido a este desprecio mutuo, Pink Floyd nunca tocó «The Final Cut» en vivo, quedando esas canciones reservadas exclusivamente para las giras solistas de Waters.

Hoy recordamos este álbum como una joya oscura. Un disco difícil, amargo, pero esencial para entender cómo el dolor de un hombre terminó por disolver a la banda más grande del rock progresivo.

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