El 14 de marzo de 1982, el Radio City de Anaheim, California, fue testigo de un evento que, aunque en su momento pasó desapercibido para el mundo, cambiaría el curso de la música pesada para siempre.
Un grupo de jóvenes ruidosos y hambrientos de gloria, que apenas comenzaban a dar forma a lo que hoy conocemos como Thrash Metal, se subían por primera vez a un escenario bajo el nombre de Metallica.
Aquella formación fundacional distaba mucho de la que conquistaría estadios años después. Con un James Hetfield que aún no se sentía cómodo con la guitarra colgada y se limitaba exclusivamente a las voces, la responsabilidad de las seis cuerdas recaía totalmente en el volcánico talento de Dave Mustaine. Junto a ellos, un hiperactivo Lars Ulrich en la batería y Ron McGovney en el bajo, completaban el cuarteto que esa noche se enfrentó a una audiencia de apenas 200 personas, la mayoría amigos y conocidos de la escena local.
El caos y la furia de los orígenes
La instrumentalización de aquel debut fue rudimentaria pero cargada de una agresividad inédita. Al ser Mustaine el único guitarrista, el sonido era crudo y directo, marcando la pauta de esa velocidad técnica que luego definiría al género. Relatos de la época cuentan que James, a pesar de su timidez inicial sin la guitarra como escudo, ya mostraba esos rugidos característicos que se convertirían en la marca registrada de la banda.
El setlist de esa noche fue una mezcla de temas propios que hoy son leyendas, como «Hit the Lights» y «Jump in the Fire», junto a covers de bandas de la NWOBHM (New Wave of British Heavy Metal) como Diamond Head y Savage. Fue el momento en que Metallica dejó de ser un proyecto de dormitorio para transformarse en una entidad viva, sudorosa y eléctrica.
De un pequeño club a la leyenda global del thrash
Resulta difícil imaginar que los dueños de los escenarios más imponentes del planeta comenzaron en un pequeño club de Anaheim con James Hetfield dudando sobre su rol como guitarrista. Sin embargo, ese 14 de marzo de 1982 fue el «kilómetro cero» de una trayectoria que redefinió los límites del metal.
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