Hay discos que suenan a estudio de grabación y otros que suenan a sudor, válvulas quemadas y una urgencia casi animal. Un día como hoy, hace exactamente 49 años, AC/DC lanzaba ‘Let There Be Rock’.
El que fue su cuarto trabajo de estudio y el álbum que, para muchos puristas, define la verdadera esencia de la banda: un blues pesado, acelerado y con los dientes apretados.
Bajo la producción de los legendarios Harry Vanda y George Young, el triunvirato compositivo de Bon Scott, Angus y Malcolm Young logró capturar una energía que sus trabajos anteriores apenas susurraban. Aquí no había espacio para la sutileza; era la proclamación de una nueva religión eléctrica.
Los pilares del trueno
El álbum abre fuego con «Go Down», pero es con «Dog Eat Dog» donde sentimos el ritmo implacable de Malcolm, esa mano derecha que funcionaba como un metrónomo de acero. Sin embargo, el disco se inmortaliza con tres cortes que hoy son piezas de museo del rock:
«Let There Be Rock»: El himno homónimo es una epopeya que narra la génesis del rock con la voz bíblica de Bon Scott. El duelo de guitarras al final de la canción es, posiblemente, uno de los momentos más frenéticos de la carrera de Angus.
«Whole Lotta Rosie»: Inspirada en una de las conquistas de Scott en Tasmania, esta canción se convirtió en el cierre obligado de sus shows. Es puro groove y una oda a la honestidad del rock callejero.
«Hell Ain’t a Bad Place to Be»: Un medio tiempo machacante que demuestra que no necesitaban ir a mil kilómetros por hora para sonar pesados.
La mística del estudio
La grabación de este LP de AC/DC está rodeada de leyendas. Se dice que durante la toma de la canción que da nombre al disco, el amplificador de Angus Young comenzó a sacar humo y a derretirse. En lugar de detenerse, George Young le hizo señas para que siguiera tocando hasta que el equipo muriera. Esa urgencia quedó plasmada en el audio: es el sonido del colapso eléctrico.
Además, fue el último álbum que contó con Mark Evans en el bajo, quien fue despedido poco después debido a diferencias creativas con Angus, dando paso a la era de Cliff Williams.
El legado de ‘Let There Be Rock’
En su estreno, la crítica británica y estadounidense se mostró dividida; algunos no entendían la crudeza casi primitiva del sonido. Pero el tiempo, el juez más justo del rock, le dio la razón a los australianos. ‘Let There Be Rock’ fue el puente que sacó a AC/DC de los clubes y los lanzó a los estadios.
Hoy, a casi medio siglo de su salida, el disco sigue siendo la referencia absoluta para cualquier banda que quiera entender cómo se toca el Hard Rock. Sin este álbum, no existiría el Thrash Metal ni la actitud del Punk-Rock más pesado.
