El 28 de marzo de 1994, el mundo del rock se detuvo para escuchar el decimocuarto capítulo de la historia de Pink Floyd. Tras la fría recepción de A Momentary Lapse of Reason, David Gilmour decidió que era momento de volver a las raíces: la improvisación en conjunto.
El resultado fue ‘The Division Bell’, un álbum que no solo exploró la falta de comunicación humana, sino que sirvió como el testamento musical del legendario tecladista Richard Wright.
El regreso de la armonía y la pluma de Polly Samson
Lo que hace especial a este LP es la recuperación del espíritu de banda. Fue el primer trabajo desde el icónico The Dark Side of the Moon en el que Wright volvió a tomar un rol protagónico, no solo en las texturas de los sintetizadores, sino también como voz principal. Sin embargo, la gran sorpresa vino de la mano de Polly Samson. La entonces prometida de Gilmour y reconocida novelista, aportó una sensibilidad lírica que ayudó a David a canalizar los conceptos de aislamiento y diálogo que recorren todo el disco.
De Astoria a las listas de éxito
La producción fue un despliegue de ingeniería y paisajes. Desde los estudios Britannia Row hasta la mística Astoria (la casa flotante de Gilmour convertida en estudio), el álbum contó con la magia de viejos conocidos como el productor Bob Ezrin, el ingeniero Andy Jackson, el saxo inconfundible de Dick Parry y el bajo sólido de Guy Pratt.
Aunque la crítica de la época fue mixta (muchos aún extrañaban el cinismo de Waters), el público dictó otra sentencia. El álbum debutó en el Top 10 en decenas de países, alcanzando el número 1 en EE.UU. y el Reino Unido, donde logró el doble platino el mismo año de su lanzamiento y el triple platino hacia finales de los 90.
El cierre de una puerta y un legado eterno
‘The Division Bell’ marcó una pausa de dos décadas para Pink Floyd. Sería el último álbum de estudio que vería a la formación Gilmour-Mason-Wright completa antes del fallecimiento de Richard en 2008. Cuando la banda regresó en 2014 con The Endless River, lo hizo utilizando sesiones de este mismo disco como un tributo póstumo a Wright, confirmando que la magia de aquellas grabaciones de 1994 era inagotable.
