Hay momentos clave en la historia de la música que, con el paso del tiempo, parecen escritos de antemano. La primera vez que Ringo Starr tocó en vivo con The Beatles es uno de esos momentos. No fue un debut planeado ni anunciado, sino una combinación de azar, urgencia y una conexión que ya existía desde hacía años.
Antes de compartir escenario, Ringo y los Beatles se conocían bien. Coincidían en los mismos clubes de Liverpool y Hamburgo, donde las bandas tocaban durante horas. Ringo, entonces baterista de Rory Storm and the Hurricanes, solía ir a verlos. Él mismo lo recordó con humor: “Hay muchas fotos de ellos tocando, y yo estoy sentado justo al lado del escenario: ‘¡Hola, chicos!’”. La relación era cercana, aunque todavía informal. En Hamburgo se hicieron amigos, compartieron noches largas y música sin descanso. Ringo recordaba cómo, de madrugada, se sentaba a escucharlos y les pedía canciones más lentas. Sin embargo, nunca habían tocado juntos… hasta que una ausencia lo cambió todo.
Pete Best, el baterista de los Beatles en ese momento, enfermó y no pudo presentarse en dos conciertos programados para el mismo día. Rory Storm and the Hurricanes tenían descanso, así que Brian Epstein fue directo a buscar a Ringo. “Una mañana, sobre el mediodía, mi madre llamó a la puerta del dormitorio y dijo: ‘Ha llegado Brian Epstein’”, contó Ringo. “Me pareció extraño que los Beatles tuvieran mánager; las demás bandas no”.
La invitación fue directa: cubrir el concierto del mediodía en The Cavern Club. Ringo aceptó sin dudar. “Dame un minuto para tomarme una taza de té y ponerme los pantalones, y te acompaño”, recordó entre risas. Brian lo llevó en su coche y, casi sin ensayo, Ringo se subió al escenario. Y el comienzo fue improvisado. “Subí al escenario solo con platillos, y poco a poco me trajeron el resto de la batería”, explicó. Hubo nervios, errores y bromas. “Claro que me equivoqué, y se reían de mí, pero sabía que solo eran bromas amistosas”. El público también notó algo distinto: el ritmo encajaba de otra forma.
George Harrison lo entendió de inmediato. Años después lo resumió con una frase clave: “Cada vez que Ringo se unía, parecía que era el momento. Al final nos dimos cuenta de que debíamos tener a Ringo en la banda a tiempo completo”. No era solo técnica, era actitud, tiempo y personalidad. Esa misma noche, Ringo volvió a tocar con ellos en el Kingsway Club de Southport. Todo fluyó con naturalidad. “Todo salió genial, nos lo pasamos bien”, dijo Ringo. Pero al terminar, se fue sin dramatismo: “Era mi hora. ‘¡Hasta luego! Nos vemos pronto’”.
Ese “nos vemos pronto” no era una despedida cualquiera. Sin discursos ni anuncios, aquel día dejó claro que The Beatles habían encontrado al baterista que necesitaban. Poco después, Ringo Starr se convertiría en parte permanente del grupo y en una pieza esencial de su sonido. El resto, como suele decirse, es historia.
