“Stranger Things” es quizás el fenómeno cultural más relevante en la era del streaming. Siendo la serie que posicionó a Netflix y que definió una nueva forma de ver televisión, se sabía que su final podía dividir a sus fans y espectadores en el mundo entero. Y da gusto ver que este último capítulo, estrenado justo en la víspera de Año Nuevo, no se haya traicionado su esencia y deje todo bien cerrado. Perfectamente podría haber sido de otra forma, pero los hermanos Duffer no olvidaron el porqué de todo esto.
Y era muy fácil olvidarlo, dado la forma de contar las historias propia de estos tiempos que el propio Netflix ha sistematizado. Hay sobreexposición asumiendo que le pusiste play para dejar de fondo, una torpeza narrativa que a estas alturas es imposible de ignorar. O que aquella lejana primera temporada que cristalizó la nostalgia al punto de recurrir a referencias visuales rápidamente identificables. Y el hecho de que un solo cuadro, una línea, una pequeña secuencia, bastara para hacerse viral. “Stranger Things” se convirtió en el epítome del cómo compartimos lo que vemos.
Pero todo eso es solo forma. No olvidemos el fondo, tal como sus creadores no lo hicieron en el punto final a su relato. “Stranger Things” se trata sobre dejar los miedos y jamás perder la noción de tus afectos y tus amigos. De apoyarse unos con otros y jamás juzgar. Poner el hombro y construir un lazo para toda la vida. El corazón puro de estas cinco temporadas en que vimos crecer a Eleven, Will, Mike, Dustin, Lucas y Max. Ellos siempre fueron los que importaron, no la mitología ni el Upside Down ni Vecna o la promesa de una batalla épica interdimensional.
Pero es cierto que lo irregular del camino genere suspicacias. Lo del corazón es netamente emocional, es lo que nos llega en el interior y nuestra experiencia personal. Desde la apreciación, este recorrido de 42 horas en prácticamente una década de televisión pareciera caerse a pedazos a medida que avanza, volver a lo importante en el penúltimo paso y cumplir con la difícil misión de darle un cierre armónico a todo. Y esto se logra, les guste o no. Aunque no cumpla las afiebradas teorías debatidas en redes sociales y el hecho de que no veas una masacre en pantalla. ¿En qué nos convertimos si esperamos a que todo sea de alto impacto? No hay que perder el foco en lo medular.
Y eso es algo que, en su último suspiro, “Stranger Things” no olvidó hacer. Le dio un cierre redondo al que tiene que ser el relato de toda una generación, ese mismo que rindió homenaje a lo que vino antes como no habíamos visto antes. La retromanía puesta en pantalla y llegándote hasta la última célula, el último átomo. Hacerte sentir en casa viendo cómo juegan con los mismos juguetes que tenías siendo un niño, esos que probablemente tienes aún guardados a pesar de las mudanzas y la adultez. Un lugar seguro al cual recurrir cuando lo necesites. Ahí, a un click de distancia en tu TV con Netflix instalado. Ese espacio vivirá para siempre.
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