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Joaquín Sabina se despide en Chile: canciones que duelen, versos que no se apagan

En el Movistar Arena, el trovador español ofreció un concierto íntimo, acompañado de su banda y de una audiencia que lo escuchó con el alma

Lucas Araya López |

Joaquín Sabina

Joaquín Sabina

El Movistar Arena fue escenario del adiós de Joaquín Sabina en Chile. Un concierto cargado de emociones, memoria y complicidad, donde el cantautor español, a sus 76 años, no solo cantó: puso sobre el escenario su vida entera, hecha canción.

Con su gira Hola y adiós, Sabina cierra un círculo que comenzó hace medio siglo en los bares de Londres, cuando cantaba en el exilio con más sueños que certezas. Desde entonces, ha construido un cancionero monumental que cruza la trova, el rock, la crónica urbana y la poesía. Más que un músico, Sabina es un género en sí mismo.

Comienza el último vals

En esta despedida chilena, estuvo acompañado por una banda de primer nivel: Mara Barros, su imponente segunda voz; Antonio García de Diego en piano y guitarra; Jaime Asúa con su guitarra eléctrica y complicidad de décadas; la bajista argentina Laura Gómez Palma; Pedro Barceló en batería; y José Miguel Sagaste, con su saxofón y una falda que no pasó desapercibida

El show comenzó con el videoclip de El último vals, donde Sabina aparece junto a Andrés Calamaro y Ricardo Darín en un bar. Un guiño a la amistad, el whisky y la despedida. Mientras se proyectaba, los músicos fueron tomando sus lugares como si afinaran una ceremonia íntima. Luego apareció Sabina. De pie, con su sombrero blanco y traje negro, saludó al público y se sentó, cruzando las piernas como un viejo poeta en su rincón favorito.

Canciones que son cicatrices

El primer tema fue Lágrimas de mármol, cantado con la voz áspera del que ha sobrevivido a todo. Sabina convierte el desamor en una obra de arte tallada con precisión: sus lágrimas no son de agua, son de mármol. Duras, frías, eternas. Es la forma que encuentra para no derrumbarse.

Siguieron clásicos como Lo niego todo, Mentiras piadosas, Ahora que y Calle Melancolía, coreada con devoción. Una canción en blanco y negro, donde Sabina camina sin rumbo entre bares cerrados, recuerdos que duelen y mañanas que no llegan.

Entre canción y canción, Sabina rindió homenaje a Chile, mencionando a Violeta Parra, Víctor Jara, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Nicanor Parra y Raúl Zurita. El público aplaudió emocionado.

Uno de los momentos más esperados fue 19 días y 500 noches. La rabia elegante del despecho más afilado resonó con fuerza. Una canción escrita con insomnio, con la herida todavía abierta.

Mara Barros, protagonista

Cuando Sabina se retiró brevemente a cambiarse de ropa, el escenario quedó en manos de Mara Barros. Su interpretación de Camas vacías fue uno de los puntos más altos de la noche. Cada nota tiene la fuerza de lo vivido. Mara no es corista ni invitada: es protagonista.

Después vino Pacto entre caballeros, en la voz de Jaime Asúa, con sabor a rock canalla y nocturno. Es el momento de desahogo del concierto, cuando el Sabina bandido revive en la guitarra de su compañero de ruta.

El boulevard de los sueños rotos llegó con teatralidad incluida: Mara se sentó en las piernas del trovador. Sabina evoca a Chavela Vargas, a los que ya no están y a los que aún sueñan, con esa mirada melancólica del que ha visto pasar la vida desde la barra de un bar.

Despedidas que se cantan de a dos

Uno de los instantes más aplaudidos fue el dueto Y sin embargo te quiero / Y sin embargo, interpretado por Mara y Sabina. Ella canta con el alma en carne viva. Él, con ironía y ternura. La tragedia de ella y el desencanto de él se abrazan en un mismo escenario.

Luego llegó el turno de Noche de bodas y Y nos dieron las diez, donde Sabina cantó al amor que se desea aunque duela, al que se queda por un instante antes de irse.

El encore fue total. Un minuto de aplausos cerró el primer tramo del show, pero el final verdadero llegó con joyas como La canción más hermosa del mundo, Tan joven y tan viejo y, por supuesto, Contigo. Una declaración de amor cotidiano, sin promesas eternas, pero con una verdad que desarma: compartir lo real, lo simple, lo que duele y también lo que salva.

Sabina se va, pero sus canciones se quedan

Y así, entre versos que duelen y melodías que abrigan, Joaquín Sabina se despidió de Chile con la dignidad de los grandes y la ternura de los que ya no tienen nada que demostrar. No hubo saltos ni artificios, pero sí poesía viva. Se fue como llegó: cantando lo que somos cuando se apaga la fiesta. Porque Sabina no se va del todo. Sus canciones  seguirán habitándonos, acompañándonos en la soledad de una noche en vela, en la barra de un bar o al fondo de una canción que, inevitablemente, nos sigue doliendo. Y mientras alguien lo cante, Joaquín Sabina nunca dirá su último verso.

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