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El rock está muerto, gracias a Dios

Es hora de aceptar que el pop, el hip-hop y el EDM eclipsaron al rock y que, de hecho, eso podría ser algo positivo para el género.

Te compartimos un ensayo publicado originalmente en Noisey, por Dan Ozzi.

Es hora de aceptar que el pop, el hip-hop y el EDM eclipsaron al rock y que, de hecho, eso podría ser algo positivo para el género.

La frase “el rock ha muerto” hace enojar a la gente. Si la susurras en la cima de los Himalayas, 30 tipos con playeras de bandas de rock se te aparecen para educarte con su «Bueno, de hecho»… El tema es un trolleo tan gastado en Internet, que defender el honor del rock se ha convertido en un tipo de periodismo muy básico. La mayoría de los muchos (muchos) artículos que afirman que el rock no ha muerto, caen en defensas predecibles. A veces están escritos por periodistas de la vieja escuela —los adoradores del riff de épocas de gloria pasadas— cuyas reacciones impulsivas son como el meme del director Skinner que se pregunta si está desconectado de la cultura juvenil para decidir que no, que son los niños quienes están equivocados. Otras veces, escritores más conectados con la realidad, señalan que el rock no está muerto, sino que evolucionó para ser más inclusivo con las mujeres y las personas de color, y acto siguiente elogian sus ejemplos favoritos. Y aunque eso es cierto y es algo bueno, no es a lo que nos referimos al decir que «el rock ha muerto». A lo que la gente se refiere es que, desde el punto de vista de la industria, el género ha sido eclipsado en todas las medidas de lo que es popular y lo que es rentable, por el pop, el hip-hop y el EDM. Y bajo esos estándares, pues sí, el rock ha muerto.

Es un trago amargo, lo sé, en especial para los no se asoman más allá de las fronteras del género. ¿Cómo puede ser que el rock esté muerto cuando tu banda favorita acaba de agotar los boletos para un concierto, o el nuevo álbum súper innovador de rock salió como Best New Music en Pitchfork? En la superficie, el futuro se ve prometedor; pero estos no son más que destellos en las olas del mar llevándose el cadáver a flote.

Todos las pistas están ahí desde hace tiempo. En los últimos años, las listas de rock de Billboard han sido un escaparate para: artistas de pop que de vez en cuando utilizan guitarras eléctricas como accesorios de moda (mientras escribo esto, Imagine Dragons ocupa los tres primeros puestos en la lista de mejores canciones de rock); bandas de antaño que han mantenido su estatus de abuelos como Godsmack y Arctic Monkeys; y los álbumes de rock antiguos que de pronto se vuelven relevantes porque su creador murió o se convirtió en noticia por algo. A ver, gente, no hay un indicador más elocuente que el hecho de que que el año pasado la banda sonora para The Guardians of the Galaxy 2, dominó las listas de rock durante 22 semanas, y llegó incluso al número uno.

El hip-hop tiene un poder tan estricto sobre la música nueva que Kanye West, quien ha dominado los titulares internacionales este año por asociarse con la basura ideológica más odiada del planeta, se tiró un pedo a manera de «chiste trolleo dadá poopity scoop» que acumuló la friolera de más de siete millones de reproducciones y estuvo a nada de entrar a los Billboard Hot 100; además de que, claro, el álbum que lanzó días después conquistó el número uno. Ni siquiera literalmente cagarse en el micrófono mientras te pones la gorrita oficial de la xenofobia fue capaz de desviar el impulso del que goza el hip-hop.

El rock es tan irrelevante en la industria actual que los Grammys ni se molestaron en transmitir la categoría de rock en su ceremonia de este año. Avenged Sevenfold —al parecer, gracias a algún tipo de error administrativo— fue nominado para un Grammy por «Mejor canción de rock», pero tuvieron la decencia de no presentarse a la entrega de premios no televisada. (Foo Fighters se llevó a casa el premio de todos modos: los Grammys se pusieron peligrosamente cerca de reconocer a una banda que ha existido menos de dos décadas).

Más allá de las ventas y transmisiones, el cadáver del rock se puede ver en otros frentes. No sé cuánto tiempo pasen entre los adolescentes estos defensores del «rock no ha muerto», pero les urge darse una vuelta. El fin de semana pasado me crucé con una pared de adolescentes en el festival de Nueva York Governors Ball, uno de esos eventos para todas las edades, al aire libre, y que abarca una amplia gama de géneros. Cuando se les presentó con una variedad de opciones, adivina qué escogieron estos chicos. Así es, Esa Otra Cosa Que No Es Rock. Japandroids y The Menzingers, dos bandas de esas que tocan en lugares de pequeños a grandes, se presentaron en campos medio vacíos mientras la muchachada se agolpaba en masa para ver a Halsey y Post Malone. Incluso The Gaslight Anthem, rockeros bien amados que regresaron de su semi-retiro para tocar su álbum insignia, se presentaron ante un campo más bien vacío. Mientras tanto, a unos doscientos metros de distancia, el mar de adolescentes que estaba viendo a Travis Scott era tan grande, que alguien tuvo que subir al escenario antes de su presentación para pedir a la multitud que retrocedieran porque estaban aplastando a la gente hasta el frente.

Aún siendo un fanático de Gaslight desde hace mucho, admito que no estaban tan ad hoc con el ambiente. Si bien el set de la banda de Nueva Jersey fue íntimo y adornado con un banner sencillo, el set de Travis Scott parecía Tokio en éxtasis: una fiesta multimedia donde el escenario estaba decorado con pantallas, máquinas de niebla y lásers, con Scott sin camisa saltando de un monitor a otro. Para una generación educada con filtros de Snapchat y trucos de humo de vapes, claro que ésta era la opción correcta.

Incluso Galantis, que tocó en el mismo escenario que Gaslight unas horas antes, atrajo a una multitud más sustancial, a pesar de ser —por lo que pude ver— los Hoobastank del EDM. Su acto fue idéntico, aunque no biológicamente. Se trataba de hombres con micrófonos supuestamente funcionales, que exaltaron a la multitud durante 45 minutos mientras que llamas de casi 4 metros de altura salían del suelo. No me importa qué tipo de música escuches o qué edad tengas, los lanzallamas están bien. Más allá de su atractivo visual, no es difícil descubrir por qué Galantis fue popular en un festival de música para todas las edades. Su música, incluso si nunca la has escuchado, suena familiar. Suena como comercial para producto cool.

La codiciada demografía juvenil está siendo bombardeada con comerciales más que nunca. Los anuncios están en todas partes y la música pop no es la excepción. La publicidad indirecta es un elemento básico del video musical moderno. Por ejemplo, Miley Cyrus usando su EOS en «We Can’t Stop«, Migos mostrando 19 marcas como Chanel y Segway (y cantando, claro) en «Bad and Boujee«; y prácticamente todos los artistas del planeta publicitando Beats by Dre. Uno de los videos musicales más importantes de este año —la colaboración psicodélica de Spike Jonze con FKA twigs— en realidad fue un comercial de cuatro minutos para la bocina HomePod de Apple. Las empresas están promocionando de manera tan agresiva a la audiencia más joven que las marcas y su mensaje del «feel good» parece omnipresente, lo cual explica por qué la música popular, objetivamente hablando, es tan mala. Para tomar prestada una broma de John Mulaney, cada canción trata de cómo esta noche es nuestra noche y solo tenemos esta noche. Así que no es de extrañar que los chicos que van a festivales quieran escuchar canciones que suenen a comerciales. Los adolescentes quieren sentirse identificados. Los jóvenes quieren música para bailar y drogarse. Quieren Galantis.

Pero a pesar de que las cosas se ven sombrías para el rock, aquí está el lado bueno: el género siempre ha funcionado como underdog. De hecho, cada vez que el rock ha tenido una oportunidad para ser mainstream, lo echa a perder. Si bien es tentador mirar hacia atrás al auge del grunge en los 90 como los últimos días de gloria del rock, es fácil olvidar que los períodos de auge por lo general sólo beneficiaron a un pequeño número de personas y dejaron al resto morir. Mientras que Nirvana, Smashing Pumpkins y Soundgarden son recordados con cariño, miles de bandas quedan en el olvido; o en one hit wonders. Por cada Green Day, y su gran éxito de ventas Dookie, hay un centenar de Jawbreakers cuyo Dear You decepcionó a tanto a las disqueras, que fueron barridos bajo la alfombra de la historia. Se dice que el buen tiempo levanta todas las flores, pero nadie habla de las semillas que no germinan.

Otra cosa que siempre se pasa por alto al recordar períodos de bonanza dentro de un género musical, son las vergonzosas secuelas. Cada vez que un artista verdaderamente innovador define un nuevo sonido, el resto copia réplicas durante al menos una década hasta que lo que queda es una abominación que no se parece en nada al espíritu del original. El Ten de Pearl Jam engendró una nueva ola de scruff-rock en 1991, y casi 30 años después todavía estamos atrapados con Chad Kroeger imitando a Eddie Vedder en Nickelback. Sucede en todos los géneros, cuando los clones sin talento copian y pegan una fórmula para crear algo desprovisto de alma y, eventualmente, matarlo. En metal, era Winger. En pop punk, era SR-71. En hardcore, fue cada banda después de Minor Threat.

Puedes terminar de leer este artículo en Noisey.


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