Ozzy Osbourne en Chile: Gracias por una locura que tiene para rato

09 May, 2018

En Futuro, repasamos el notable regreso del príncipe de las tinieblas a nuestro país en este (al parecer supuesto) “Farewell World Tour”

Por: Javier Sandoval

Me cuesta encontrar uno o más términos que logren dimensionar todo lo que Ozzy Osbourne significa para nosotros y su importancia en la música que tanto amamos. Me resultaba complicado antes, cuando era un pequeño escolar que recién comenzaba a escuchar una banda llamada Black Sabbath, y me es mucho, pero mucho más difícil ahora que vengo saliendo de un Movistar Arena totalmente repleto por fanáticos que perdieron la voz gracias a la maestría en vivo del príncipe de las tinieblas. No hay palabras; no puede haber. El nacido en Birmingham nos brindó un espectáculo redondo y conciso que no sólo nos hizo sentir estar escuchando un disco de grandes éxitos interpretado en directo, sino que también olvidar en varios pasajes que este concierto está enmarcado en su gira de despedida, algo que, más directa que indirectamente, se puede descartar.

El ambiente previo a sonar el primer riff ya era una verdadera marea negra donde los asistentes daban todo su aguante para estar lo más cercanos al escenario, el mismo que tenía instalado una imponente cruz y, a su lado, dos pantallas que una vez apagadas las luces comenzaron a mostrar imágenes sobre toda la vida y evolución de Ozzy hasta convertirlo en la estrella eterna que es ahora. Acto seguido, aparece la locura… la maldita y exquisita locura.

Ozzy Osbourne entra al escenario provocando el primer estallido al ritmo de “Bark At The Moon” para luego continuar con “Mr. Crowley”, “I Don´t Know”. Estos últimos no sólo nos anticiparon que veríamos un espectáculo cargado de himnos, sino que también escucharíamos un set cargado principalmente a los discos “Blizzard of Ozz” (1980) y “No More Tears” (1991).

Hay distintos factores que se pueden tomar en cuenta para dimensionar lo bueno del recital. Uno sumamente importante es la solidez que demuestra la banda en su puesta en escena. Por más que Zakk Wylde se robe todas las miradas, ya sea por sus solos o por su mera presencia, no hay que quitarle mérito a la columna vertebral formada por Rob “Blasko” Nicholson (bajo) y Tommy Clufetos (batería) y a las capaz atmosféricas plasmadas por Adam Wakeman (teclados).

Otro punto importante es que Ozzy Osbourne nos vuelve a demostrar que sabe cómo armar un show de calidad. Nada de esperas, inexistentes rellenos, atractivos medley (“Miracle Man”/“Crazy Babies”/“Desire”/“Perry Mason”), canciones aptas tanto para el fanático talibán como para el que fue a “vivir la experiencia”. Una hora y media precisa de buen rock. Tres cucharadas y a la papa para darle en el gusto al público. Recalcar también las sorpresivas inclusiones respecto a las anteriores presentaciones del “Madmen”: La fantástica “No More Tears” y el debut de “Flying High Again” en este tour.

Junto a las clásicas “Suicide Solution”, “I Don’t Wanna Change The World”, “Crazy Train” y “Mama I’m Comming Home” (qué momento más bello y emotivo con juego de luces incluido), el concierto también repasó el histórico legado de Osbourne con Black Sabbath gracias a una tripleta sacada del álbum “Paranoid”: “Fairies Wear Boots”, “War Pigs” (con magistral solo de Wylde) y la homónima “Paranoid” con que el cantante se despidió de un país rendido a sus pies.

“No me estoy despidiendo, volveré pronto”, fueron algunas de las palabras que a sus 69 años de edad John Michael Osbourne (Ozzy) le dijo a su fiel fanaticada criolla. ¿Qué se saca de esto? Algo que deducimos con simplemente ver su energético estado en el show: Aún hay príncipe de las tinieblas para rato. Y, de no ser así, no quedaría más que agradecerle con el más profundo reconocimiento al personaje que nos presentó algo llamado heavy metal y que terminamos por convertirlo en esa música que nos acompañará hasta el día que volvamos a ver en persona a Lemmy en donde quiera saber uno. Gracias por darnos rituales musicales llenos de locura y tinieblas que quizás digan adiós, pero que recordaremos siempre que ladremos sus himnos a la luna. No hay más palabras posibles.

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