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¿Cuándo debería usar distorsión?

Te traducimos un artículo publicado originalmente en Premierguitar, por Jim Lill.

La distorsión es como el azúcar. Sabe bien. Cuando tenía 13 años, mi primer ampli fue, casualmente, uno de bajo Epiphone de 10 watts. Un amplificador de bajo. No precisamente lo mejor para tocar fuerte.

Pero la primera vez que me conecté a un ampli de verdad… wow. Mi primo chico tenía una Strato Squier rosada de Hello Kitty que tenía un pequeño amplificador Squier. Estaba aburrido y la conecté. Como Marty McFly en el taller del Doc, rasgué esas oxidadas cuerdas y quedé loco por el poder de la distorsión. Deliciosa distorsión.

Me pasé toda una hora pasando por todos los licks rockeros que me sabía. De repente eran coherentes. Los double-stops en «Johnny B. Goode», los power chords en «The House Is Rockin'», los bends en «Simple Man», todos funcionaban. Hasta ese punto, sólo había sido como Crackers y cereales Quaker. Era la primera probada de algo que luego sería una bien merecida Pop-Tart.

Lamentablemente, se transformó en una adicción.

Llegué a un punto donde en la perilla de gain no había ningún número de un dígito que me dejara satisfecho. Mi leche con chocolate era más chocolate que leche. No podía tocar sin que cada nota tuviera un sustain infinito y un 200% de compresión sin posibilidad alguna de dinámicas. Fue una época triste en mi vida y me castigo cada vez que veo un video mío haciendo ruido con mi instrumento por tantos años.

En algún punto, un guitarrista mucho más inteligente me introdujo al concepto del «gusto», y empecé a moderarme un poco. Tenía sus desventajas. Todo lo que tocaba antes ahora era basura. Mi tono flaqueaba, mi groove estaba atrofiado. El mundo estaba desaturado. Todo sabía mal. Pero tenía un metrónomo que pedí prestado del hermano mayor de un amigo que había dejado de tocar trombón, y ese metrónomo fue uno conmigo. Pasé horas, días, meses con él limpiándome. Y pese a que ese metrónomo ya lo tiene otra persona, su espíritu lo llevo conmigo en mi bolsillo como app en mi teléfono. Una app que visito muy frecuentemente en mi teléfono.

Mira, la distorsión no es algo malo, pero hay una epidemia arrazando con nuestro país que no saldrá en las noticias, y se trata de la dependencia excesiva de la distorsión.

Si sufres de lo que yo viví, entonces no estás sólo. No eres una víctima, eres un sobreviviente. Repasemos algunas recetas en las que la distorsión es un ingrediente muy rico, y además descubrirás algunas situaciones donde el overdrive está demás.

Si crees que eres adicto a la distorsión, no pierdas la esperanza. Aún puedes rehabilitarte.

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