Cuando el ruido se escucha más allá de lo terrenal

05 May, 2015
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Un homenaje a Jeff Hanneman a dos años de su muerte, y a todos los músicos que ya no están entre nosotros.

Por Javier Sandoval G.

Recuerdo que el jueves 2 de mayo del 2013 tuve un inicio de día para el olvido, principalmente por culpa de una desilusión amorosa y un ramo universitario que hasta hoy me cuesta recordar con alegría. Lamentablemente, en esa fecha la cosa fue de mal en peor. Cuando regresé a mi casa después de una jornada de estudio, ingresé a Twitter para distraerme un poco, pero para mi sorpresa uno de los trending topic era “Jeff Hanneman”. Jamás pasó por mi mente que la razón de ese TT era su muerte. No lo quería creer. Me costó asimilarlo. Sabía que él estaba enfermo y que iba a morir en algún momento, pero no que ése iba a ser el momento, cuando apenas tenía 49 años.

Al terminar de leer las noticias sobre su fallecimiento en algunos portales musicales me tapé la cara y lloré. Lloré tal como si se hubiese muerto un cercano, un amigo de parranda, un camarada que me acompañó en mis viajes y en mis momentos de soledad. Tenía claro que si los problemas que antes mencioné no hubiesen existido, igual habría estado mal. También sabía que no era el único con pena, era cosa de ver los miles de comentarios de pésame en las distintas redes sociales de Slayer. Todos los que alguna vez cabeceamos con “War Ensemble” o cantamos a todo pulmón “The Antichrist” nos encontrábamos de duelo, lo curioso es que muchos, la mayoría mejor dicho, nunca conoció a Jeff Hanneman, ni éste los conoció a ellos.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué lloramos por la muerte de Hanneman siendo que nunca lo conocimos en persona? Lo mismo con la muerte de John Lennon, Luis Alberto Spinetta, Chuck Schuldiner, Cliff Burton, Joey Ramone, Joe Strummer… en fin, la lista es muy larga. Este artículo no busca responder exactamente aquella interrogante, ya que la música no es matemática; es un sentimiento, y como tal es de carácter personal y subjetivo. Lo que sí quiere es dar algunos datos que tal vez ustedes encontrarán más acertados –según sus puntos de vista– o con los que se sentirán más identificados, todo con el fin de recordar a aquellos músicos que, sin saberlo, se convirtieron en parte fundamental de nuestro día a día y de nuestras existencias.

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“Lo esencial es invisible a los ojos”

Por más trillada que sea, aquella cita de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (1943) cae de cajón en relación a nuestras emociones hacia artistas que jamás conocimos. Tal vez nunca nos juntamos personalmente con ellos ni entablamos una conversación íntima, pero sí los hemos sentido cada vez que escuchamos sus canciones, cada vez que los vimos en un recital, o cada vez que preferimos usar una polera con la portada del disco de “ese” grupo en vez de otra que no nos identificaba tanto.

Según el fundador de los Talking Heads, David Byrne, en su libro, Cómo Funciona la Música (2012), “la música puede ayudarnos a superar momentos difíciles de la vida, cambiando no sólo cómo nos sentimos por dentro, sino también cómo sentimos todo lo que nos rodea. Es muy poderosa”. Así como hay sujetos que en sus momentos de ira escucharon las potentes guitarras de Jeff Hanneman en Slayer para liberar sus tensiones, cuántas personas no han puesto una canción para bailar, estudiar, caminar, pasar un buen rato con su pareja, o, en el caso contrario, para sentirse más triste y solos de lo que ya creían que estaban, donde la única compañía que tenían es la voz del cantante de dicha banda. Sin que lo notemos, ahí no sólo están las melodías, sino que la esencia de quienes las emiten.

Los músicos nos han traspasado todas sus historias personales al momento en que nosotros escuchamos sus canciones. Estas las hemos asimilado y trasformado en propias. De esa forma, convertimos a dichos artistas en parte de nuestra cotidianeidad. Ya no son sólo tipos que tocan instrumentos, sino que son seres que cantan en la banda sonora de nuestras vidas (que levante la mano quien nunca ha dicho “ese tema me llega” o “aquella letra me identifica”).

Aunque no la podamos ver, la música es parte fundamental en nuestra conducta, ya que está presente en todo instante. Según el académico y Magíster en Estudios Cognitivos, Ricardo Martínez, las canciones nos llevan por dos niveles: por lo que dice su letra y por lo que significa en términos históricos para nosotros. “Un tema o una banda puede ser muy significativa en tu vida porque apareció en un momento determinado. De esa forma, las canciones nos recuerdan las visiones de épocas ya vividas. Por ejemplo, cuántas personas siguen cantando ‘Wish You Were Here’ de Pink Floyd después de llegar de campamento, o cuántos cuarentones y cincuentones recordaron el momento en que tuvieron que interpretar ‘Father and Son’ de Cat Stevens en el colegio cuando éste cantó en Viña del Mar”, comentó.

Martínez también usó como ejemplo el poema “For Whom the Bell Tolls” de John Donne, el que habla de que las personas no somos islas, que todos estamos vinculados, y que cuando alguien muere, muere una parte de nosotros. Aquello lo comparó con la teoría de los seis grados de separación, la que habla que cualquier sujeto en la Tierra está interconectado con otro, sea cual sea su lugar en el planeta, con un máximo de cinco intermediarios. “Tengo un amigo que siempre dice que un músico tal vez compuso una canción en Inglaterra en 1960 y, cuarenta años después, una pareja en Tailandia se casó con ese tema de fondo, y el artista nunca se enteró de eso. Es triste, desde cierto punto de vista, que las cosas no se conecten de manera más explícita, pero a la vez es mágico y demuestra que la música nos enlaza, ya que ésta se mete mucho más en nuestras vidas cotidianas. Por lo mismo, cuando un compositor que nos ha marcado –directa o indirectamente– fallece, muere parte de nosotros”, explicó el académico.

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Still reigning

Hay artistas que nos han dado alegrías y momentos únicos en nuestras vidas. Lo extraordinario es que tal vez ellos jamás supieron que gracias a su trabajo, por ejemplo, un joven comenzó a tocar el bajo después de escuchar “Orion” de Metallica; que una amistad se volvió eterna gracias al tema “Stay Free” de The Clash; o que una pareja se conoció en un concierto de Ramones y decidieron bautizar a su hijo con el nombre de “Joey”. Qué maravillosa eres, música. No te podemos ver, pero una vez que te sentimos ya nos cambias la existencia.

Ahora, enfocándonos en Jeff Hanneman, quizás nunca pensó que al momento de tocar por primera vez su guitarra terminaría convirtiéndose en el principal compositor de una de las bandas más brutales del planeta, en uno de los emblemas de un género que ayudó a marcar sus cimientos, y en una de las entidades más importantes de la historia del metal.

La música es capaz de calmar bestias salvajes, así como también de despertar otras peores, las que terminan siendo inmortales y tocando permanentemente en la banda sonora de nuestra vida. Y es que el amplificador de la guitarra de Hanneman se pudo haber desconectado, pero sus riff continúan y continuarán sonando por toda la eternidad, ya sea en lo terrenal como en el sur del cielo. A dos años de tu muerte, sigues siendo eterno, Jeff.

PD: Recomiendo 100% revisar este comic hecho por los ilustradores de Zen Pencils. Una mezcla perfecta entre la literatura de John Donne y el legado que personajes como Hanneman dejaron entre nosotros.

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