PALABRAS SACAN PALABRAS

Un riff integral

Equipo Futuro |

Editorial de Freddy Stock, jueves 04 de septiembre.

Me cargaba Soda Stereo… Detestaba su pose de niños cursis, de argentinos prepotentes, “conchetos” del otro lado de la cordillera que venían a llenarse de gloria con sus canciones ramplonas y sus pintas de británicos a medias. Me reía de eso de que tras el boom del rock argentino gracias a la censura de la música en inglés por la Guerra de las Malvinas, la banda más sobresaliente que llegó acá se quería parecer a The Police.

De pronto, algo paso. Soda lanzó “Doble Vida”: Sonó “En la ciudad de la furia”; “Los Languis”; “Lo que sangra…” Con otro Chile instalado, llegó luego “Canción Animal”. Soda Stereo parecía romper su propia jaula y Gustavo Cerati ya era un felino que comenzaba a avanzar en nuevas praderas del rock, en territorios que él mismo parecía estar descubriendo. En verdad, a partir de entonces, Cerati jamás volvió a ser parte de una jaula, desechó los rótulos, se burló de las etiquetas. Cuando el mundo de la música y la crítica se rendía al rock a veces duro, a veces sicodélico, Cerati lanzó la otra cara de la moneda de “Canción Animal”: “Dynamo”. El sonido se hizo secuencia, el arreglo se deformó aún más. Gracias a estos dos discos que juntos parecen el “Album Blanco” del rock argentino, la década de los noventa se abría incandescente, como cantaría el propio Gustavo, llegarían allá, donde revientan las estrellas.

Y faltaba lo mejor, su independencia. Como solista, Cerati corrió por la música como un tren sin rieles. Le sacó sonidos a lo que se le puso por delante, lo mismo valía una cuerda desafinada que una perilla atada a un “pro tools”. La misma furia de un Mi Mayor en la Fender la encontró en un trip electrónico. Por eso, fue un riff integral inundado de talento: desde la cáscara del marketing y la actitud a la profundidad de la composición, el talento de cantar bien y ser un soberbio guitarrista.

Gustavo Cerati abandonó este mundo como la encarnación del rockstar libre y fatal. Nunca fue capaz de tener una soga al cuello o un anillo al dedo. Lo vimos ya en la música, pero también en su mundo paralelo y personal. Sus amores hechos verso, su música hecha himno, sus cientos de letras desparramadas de verdades, de metáforas, de sensaciones ilimitadas. Se paró en la vida como una estrella que nunca dejó de brillar como tantos ídolos del rock que se fueron como con el trabajo inconcluso, todavía intactos, aún palpitantes, pero con la suficiente luminosidad para ser considerados, para siempre, una enorme leyenda…

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