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RESEÑA // Una noche de dioses, leyendas y rock n’ roll

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Reflexiones sobre una noche de metal con Judas Priest y Motorhead en el Movistar Arena.

Por Javier Sandoval G.
Fotos: Juan Pablo Quiroz

Era un deber cívico para todo amante del rock. Casi una obligación para los fanáticos de los riff acelerados, sea cual sea la edad que tuvieran. Haber ido a un recital que tenía en su cartel a dos leyendas de la historia del metal, como lo son Motörhead y Judas Priest, y que después incluyó a los nacionales Inquisición, era –simplemente– imperdible.

Así lo sintieron las cerca de 15 mil personas que llenaron el Movistar Arena, quienes de seguro no regresaron a sus casas con una cara triste, ya que lo que se vivió la noche de ayer fue magistral, digno de aplaudir de pie, o de sacarse el sobrero. Lemmy Kilmister (69) y Rob Halford (63) cumplieron a cabalidad las altas expectativas de los espectadores hacia el evento, incluso dejando a muchos con la boca abierta, ya que varios no podían creer la calidad que ellos mostraron, tomando en cuenta su edad. Si bien los años pasaron, este no se vio reflejado de manera negativa. Cómo iba a pasar eso, si se estaba en presencia de una leyenda y un dios.

Los primeros riff de la jornada

Tras una previa animada al ritmo de Pantera, Inquisición subió al escenario de un Movistar Arena que sólo estaba a medio llenar. El grupo conformado por Paul Domic (voz), Christ Maturana (bajo), Nacho Neanderthal (batería) y su líder, Manolo Schafler (guitarra), mostraron muchas ganas y energía desde el primer minuto que sonaron sus acordes, donde su vocalista ayudó mucho a animar a una buena parte del público.

Fue un show donde el setlist del cuarteto estaba enfocado a mostrar lo mejor de su último trabajo de estudio, el disco conceptual Codex Gigas (2014, Australis), con temas como “Living Sin”, “Call of the Gypsy”, “Codex”, “City of Pain” y “The Valley of St. Mark”, con la que cerraron su espectáculo.

El gran “pero” de la presentación de Inquisición fue que el sonido no los acompañó, ya que sonaron tan fuertes que en varios pasajes no se escuchaba la voz de Domic ni el bajo de Maturana, ocasionando que algunas canciones se escucharan sólo como una masa de ruido.

Los próximos shows de los liderados por Schafler serán el viernes 22 de mayo en Rock y Guitarras abriendo para los británicos Satan; el sábado 23 del mismo mes en el Galón 13 de Concepción; y el 27 de junio en el Bar de René donde lanzarán el vinilo de su primer trabajo, Demo ’95, el que cumple 20 años.

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El regreso de la leyenda viva

Si hay una palabra, o un canto mejor dicho, que se repitió tanto en la fila para ingresar al Movistar Arena, como en el mismo recinto, fue “olé, olé, olé, Lemmy, Lemmy”. Aquel grito aumentó magistralmente cuando Phil Campbell, Mikkey Dee y el mismísimo Lemmy Kilmister salieron a escena a las 20:00 horas. La locura ya estaba planteada, sólo faltaba llevarla a la acción, lo que finalmente ocurrió cuando el legendario vocalista dijo su clásico saludo “we’re Motörhead and we play rock and roll”.

La guitarra de Campbell comenzó a sonar y la fiesta, que a ese entonces tenía 15 mil invitados, dio inicio. “Shoot You in the Back”, “Damage Case” y “Stay Clean” fueron las primeras canciones. La cancha del recital era lo más parecido a una marea humana, ya que nadie se podía quedar quieto. Todos saltaban, hacían pogo, cabeceaban… en fin, todos estaban disfrutando a su manera el tan precioso caos que sólo una agrupación como Motörhead era capaz de dar. Después, el baterista del conjunto, Mikkey Dee, dio el primer avance de lo que iba a ser su soberbia participación con una poderosa intro de “Metropolis”, para luego continuar con “Over the Top”.

El primer descanso para los espectadores llegó con un solo de guitarra de Phil Campbell, quien, envuelto en una verde atmósfera producida por las luces, se ganó unas muy merecidas ovaciones. La calma no fue eterna. Cómo serlo, si se tenía a tales monstruos de la música armados con sus instrumentos frente a uno. De esa forma llegaron temazos, tales como “The Chase Is Better Than the Catch”, “Rock It” y también dos de su último disco Aftershock del 2013: “Do you Believe” y “Lost Woman Blues”, ambas bien acogidas y disfrutadas como se merecen.

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Motörhead sonó potente, con actitud y clase. Una puesta en escena simple, sin parafernalia, pero con la suficiente fuerza para levantar un muerto. Rock and roll a la vena. El único efecto que usaron fue el humo para comenzar uno de los mejores momentos del show: “Dr. Rock”. Digo gran momento no sólo por lo bueno del tema, sino porque demostró una vez más la calidad de baterista que tiene Dee. El sueco se mandó un solo de batería tremendo, manifestando tanto talento como energía, la misma que algunos en cancha parecían haber olvidado, pero que finalmente recuperaron al escuchar “Just ‘Cos You Got the Power” y “Going to Brazil” (en especial esta última).

Lemmy no necesitó moverse de un lado a otro ni hacer un show aparte para prender al público; éste se motivaba con sólo verlo ahí, cantando frente a ellos y haciendo una presencia digna de leyenda, tan legendaria como “Aces of Spades”. Un himno, un clásico de aquellos que dejó, en buen chileno, la cagada. Al menos dos enormes mosh, cada uno más salvaje que el otro, corearon el tema con bengalas incluidas. Luego, la pausa correspondiente de los artistas.

Mientras los músicos descansaban momentáneamente, el Arena hacía todo lo contrario. Los círculos de mosh que dejo “Ace of Spades” seguían intactos, ya que sabían que venía la guinda de la torta. Dicho y hecho. Al volver, los británicos tocaron “Overkill”, con lo que hicieron estallar el reducto. Nuevamente los circle pit, nuevamente las bengalas y nuevamente una ovación final. Motörhead dio por terminado su espectáculo, el que estuvo lleno de energía, actitud, locura de principio a fin, y –principalmente– rock. En lo personal, si mis futuros nietos me preguntaran “¿qué es el rock?”, yo –sin pensarlo dos veces– les respondería, “Lemmy”.

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Simplemente, the metal gods

Antes de que Judas Priest comenzara su esperado concierto, las luces del recinto ubicado en el Parque O’Higgins se encontraban parcialmente apagadas mientras sonaba “War Pigs” de Black Sabbath (la que fue cantada a todo pulmón). Cuando aquella canción iba, más menos, por la mitad, los focos se apagaron completamente y el tema se detuvo. En la pantalla gigante que estaba instalada en el escenario se mostró un rayo que iluminó todo. Luego, apareció un dragón gigante. Después, llegó el turno de los dioses.

Tanto Glenn Tipton, Richie Faulkner, Ian Hill y Scott Travis aparecieron y tocaron los primeros acordes de “Dragonaut”, uno de sus nuevos temas, ante los gritos de euforia de cerca de 15 mil personas. Al rato, se escuchó la voz de Rob Halford, el que finalmente caminó desde el costado derecho del escenario con un bastón hasta el centro para comenzar su show como frontman. Cuando la canción del disco Redeemer of Souls terminó, interpretaron de inmediato “Metal Gods” y “Devil’s Child”. Todas no sólo bien tocadas y cantadas, sino que también correctamente acompañadas por efectos audiovisuales acorde a sus letras, lo que se vio en todo el recital de Judas.

El público estaba entregado, no sólo a las melodías de los oriundos de Birmingham, sino que a la voz de Halford. Lejos de aparentar los 63 años que tiene, el “Dios del metal” se mostró vigente y en buen estado, especialmente cuando le tocó cantar temas como “Turbo Lover”, “Beyond the Realms of Death” o “Victim of Changes”, el que terminó con un grito espectacular.

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Contando la ya mencionada “Dragonaut”, Judas Priest tocó cuatro composiciones de su más reciente álbum. Estas fueron (no en orden cronológico) “March of the Damned”, “Halls of Valhalla” y la homónima “Redeemer of Souls”, donde las dos últimas fueron las mejores recibidas (la canción que le da nombre a su último larga duración es espectacular).

El año pasado se cumplieron tres décadas del disco Defenders of the Faith, por lo que la banda aprovechó de repasar dos de sus mejores partes: “Love Bites” y “Jawbreaker”. Después de la última aludida, llegó otro momento digno de enmarcar. Si hablamos de clásicos del metal, creo yo, es imposible no mencionar “Breaking the Law” del inmortal e inoxidable British Steel de 1980. Al igual que en Motörhead con “Aces of Spades”, los asistentes al evento estaban en trance. Cada uno más loco que el que tenían adelante en el mosh; cada uno cantando con más fuerza que el que tenían a su lado. Ni siquiera una zapatilla se libró de la demencia, ya que ésta voló al menos seis veces de un lado de la cancha a otro. Al terminar, tocaron “Hell Bent for Leather”, el último tema antes del primer encore, con un Halford montado en su moto y con látigo en mano.

Las sorpresas y buenos momentos continuaron, ya que la instrumental “The Hellion” hizo que todo el Movistar Arena preparara su garganta para corear la grandiosa “Electric Eye” al compás de Rob –quien en ese instante usó una chaqueta con espaldera del álbum Screaming for Vengeance– para después hacer lo mismo con “You’ve Got Another Thing Comin’”, en donde Richie Faulkner hizo un largo solo de guitarra al compás del bombo de Scott Travis. Posteriormente, este último le preguntó al público qué tema quería escuchar. La respuesta fue unánime: “Painkiller”. ¡Qué solos y qué gritos se mandaron! La cancha continuó dando todas sus energías mientras corría en círculos alrededor de un par de bengalas, o agitaba su cuello al ritmo de la batería. La forma dio igual, lo importante fue que todos disfrutaron al ritmo de aquella notable obra de 1990.

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Halford constantemente usó su carisma para jugar e interactuar con los asistentes. Ya sea diciendo que “somos los mejores”, hasta hacer que repitieran todas las tonalidades que él hizo. Todo un dios que se despidió cantando junto a todos sus adeptos “Living After Midnight”, cerrando de esa forma una noche que pasará al recuerdo de todos quienes asistieron.

Judas Priest, Motörhead e Inquisición no sólo brindaron cerca de 5 horas de metal de calidad, también hicieron que su público se reencontrara con himnos eternos, con los mismos que ellos se criaron y con que otros lo harán algunos años más adelante, cuando escuchen por primera vez un poderoso riff que les vuele la cabeza. Rob y Lemmy ya abandonaron el país, en cambio la satisfacción de quienes los vieron, no; en lo más mínimo. Esta no se ha ido ni se irá en un buen tiempo, sino que perdurará igual que el legado que aquellos dioses y leyendas del maldito rock and roll dejaron en nosotros.


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